Patente de corso

Probemos a decir la verdad: si el espectacular festival de la incongruencia que está resultando el arranque de Sánchez lo hubiese rubricado un presidente del otro bando, el ruido mediático sería atronador. Los ciudadanos españoles se levantarían cada mañana con la sensación de que el país se derrumba, sobresaltados por un clamor de tertulianos sulfurados rasgándose las vestiduras. Las televisiones habituales martillearían a la opinión pública con programas políticos maratonianos dedicados a despellejar y ridiculizar al nuevo Ejecutivo. Se hablaría de su «pisoteo a la democracia», de «un clima irrespirable de corrupción», de «parálisis legislativa total» y de «rectificaciones constantes». Las redes sociales gritarían furia e insultos. En la mayoría de los medios, el presidente que jamás ganó unas elecciones y que fue vapuleado dos veces en las urnas sería tachado de «ilegítimo» por ocupar el poder con las peores amistades imaginables. Por supuesto asistiríamos a un campaña televisiva y radiofónica de sol a sol demandando elecciones ya, para que los votantes «puedan elegir a quién les gobierna y no se suplante la democracia».

Un Gobierno de gas, instalado en el márketing y sin margen de maniobra para hacer leyes es saludado como la gran esperanza de España. ¿Qué se diría si Rajoy hubiese tenido que echar por fraude fiscal a un ministro a los seis días de llegar y hubiese nombrado a otro sabedor previamente de que estaba imputado? Ardería Troya. ¿Qué se diría si Rajoy hubiese prometido elecciones nada más llegar al poder para luego atornillarse en La Moncloa negándole al pueblo el derecho a elegir a su presidente? ¿Qué calificativo merecería un político que prometió derogar la reforma laboral y luego no lo hizo, que aseguró que reformaría la financiación autonómica y tampoco, que ha dado marcha atrás en los permisos de paternidad, en la reforma constitucional (que un sábado era viable y el lunes ya no lo era), que quiere gobernar con unos presupuestos que decía que le provocaban urticaria? ¿Callarían las mujeres progresistas, como hacen con Óscar Puente, si el portavoz de la Ejecutiva del PP hubiese despreciado a una mujer por haber sido dependienta? A estas horas ya habría dimitido por el clamor mediático.

Sánchez, reconozcámoslo, disfruta de patente de corso, debido a la principal dejación de Rajoy: descuidó por completo la política mediática y hoy no existe una sola televisión fuerte que defienda las ideas liberal-conservadoras. Los españoles no se dedican a leer a Hegel y a escuchar los madrigales de Monteverdi, se pasan casi cuatro horas al día frente al televisor. Sánchez sobrevive con su política de pompas de jabón porque, salvo excepciones como este periódico, no existe un escrutinio metódico de su tarea. Le basta con golpes de efecto que distraen de su inanidad, como desenterrar a Franco, al que dados los constantes servicios que está prestando a Ferraz imaginamos muy pronto recibiendo a título póstumo la medalla de oro y diamantes del PSOE.

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