«No veo diferencia entre ser escritor y ser granjero o camarero»

«No veo diferencia entre ser escritor y ser, por ejemplo, granjero o camarero. Es sólo un trabajo, aunque quizá un poco más raro», explica Nickolas Butler (1979, Allentown, Pensilvania) mientras remueve por millonésima vez su café con leche y, quién sabe, quizá repasa mentalmente un currículum en el que se amontonan empleos como vendedor de perritos calientes, dependiente de una licorería o empleado de mantenimiento en un Burger King. «No había tenido ni un solo trabajo decente», enfatiza, para intentar ilustrar cómo era su vida antes de que su primera novela, «Canciones de amor a quemarropa», le convirtiese como por arte de ensalmo en uno de las autores revelación de las letras estadounidenses.

Cubierta de «El corazón de los hombres»
Cubierta de «El corazón de los hombres» - ABC

No es casual que, tres años después de dar la campanada con un relato generacional protagonizado por un grupo de amigos de un pequeño pueblo de Wisconsin y en el que algunos quisieron ver un retrato más o menos biográfico de Justin Vernon, líder de Bon Iver y antiguo compañero de colegio de Butler, el autor ya fantasee con retomar la historia de aquellos personajes en una nueva novela.

De momento, lo que Butler se trae entre manos es «El corazón de los hombres» (Libros del Asteroide), una segunda novela en la que lo fía todo a la carta de la amistad para retratar la historia de tres generaciones de hombres que estrechan y enredan lazos a partir de sus experiencias en un campamento de boy scouts. Un relato algo más oscuro y melancólico, en el que, apunta Butler, no existen ni héroes ni villanos y abundan las relaciones complejas, las flaquezas y la decadencia de los valores.

¿Qué es lo que ha cambiado entre «Canciones de amor a quemarropa» y «El corazón de los hombres»?

El primero lo escribí entre 2010 y 2012; teníamos a Obama y un país lleno de esperanza y optimismo. Este, en cambio, coincidió con las primarias republicanas, justo cuando se empezaba a ver cómo América se convertía en un lugar más airado. Hubiese preferido hacer otro libro como «Canciones de amor a quemarropa», pero mi obligación es ser honesto con lo que ocurre en el mundo. Me preocupa mi país y creo que como ciudadano lo que puedo hacer es escribir un libro. Creo que, en este sentido, «El señor de las moscas» es un libro idóneo para intentar emular.

¿Eso quiere decir que su siguiente libro será aún más oscuro?

Lo único que he aprendido con este libro es que debes escribir lo que quieras escribir. Aunque sean tiempos oscuros, eso no quiere decir que todo el mundo quiera leer libros oscuros.

Antes ha mencionado «El señor de las Moscas». ¿Qué otros libros o autores influyen en su trabajo?

Jim Harrison, Cormac McCarthy, Rick Bass, Annie Proulx, Ken Kesey, John Steinbeck, Hemingway cuando era joven...

¿Ya no?

Sigue siendo una gran influencia, pero es curioso cómo todo el mundo le juzga desde la perspectiva del siglo XXI, algo que me parece injusto. En realidad, él y Steinbeck fueron los primeros autores «literarios» que leí.

En la novela, los boy scouts parecen ser el reflejo de todos los cambios que han sufrido los Estados Unidos en las últimas décadas.

Así es, sí. El scouting empezó como una manera de ayudar a formar mejores padres y hombres de negocios, pero su importancia ha ido decreciendo. Hubo un momento, sobre todo durante el siglo XX, en que todo el mundo podía estar más o menos de acuerdo en que era algo bueno. Eran chicos aprendiendo a comportarse como hombres. Ahora, en cambio, ya no es así, y eso nos obliga a cuestionarnos el papel de las instituciones culturales en América. Parte del trabajo de este libro es ver a un chico que cree totalmente en un código moral y acaba fracasando aferrado a ese código moral.

¿Quiere decir esto que se han perdido valores?

En cierto modo, sí. Para mí este también es un libro sobre cómo los hombres se relacionan entre sí y cómo tratan a las mujeres. No hay más que ver lo que está ocurriendo ahora con todos los escándalos de Hollywood. Como decía, parte del libro lo escribí durante las primarias republicanas, viendo cómo esos políticos se hablaban y trataban como si fuesen abusones de doce años.

De lo que no hay duda es que le atraen los personajes que cargan con alguna herida especialmente profunda.

El lector quiere tener conexión emocional con el personaje, y si tú también la consigues puedes deslizar más fácilmente partes de tu propio pensamiento, reflexiones políticas o sobre el medio ambiente.

Aunque no tiene la misma presencia que en «Canciones de amor a quemarropa», la música sigue siendo un elemento destacado de su narrativa.

Es algo que siempre está ahí. Vivimos en Eau Claire, un pueblo pequeño que, sin embargo, es un lugar dinámico artísticamente. Tenemos un gran festival y, claro, tenemos también a Justin Vernon.

Hablando de Justin, ¿al final leyó «Canciones de amor a quemarropa»?

No lo sé y tampoco me preocupa.Lo que me importa es que siga haciendo su música. A veces, tú escribes un trabajo de ficción y la gente se empeña en leerlo como si fuera no ficción.

¿Es lo que ocurrió con la novela?

Con algunos lectores creo que sí. Y creo que tuvo mucho que ver con cómo apareció el libro en la prensa. La manera más fácil de presentarlo era diciendo que, como fuimos juntos al colegio, era un libro sobre Justin Vernon.

¿En qué le ha cambiado el éxito de su primera novela?

El cambio ha sido tremendo, aunque también me he dado cuenta de que lo mejor de escribir tu primera novela es que puedes hacer lo que quieras: si no tienes expectativas, hay una suerte de honestidad mágica que es muy difícil de replicar. Es complicado volver a ese momento en que no tenías expectativas de ningún tipo.

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