«Mi vecino es un okupa»

«Cuando llega el buen tiempo, la situación se convierte en insoportable. El ruido nos impide descansar. Ellos, como no tienen oficio ni beneficio, duermen de día, viven de noche y montan un jaleo terrible en el que no faltan las peleas, las fogatas ni las borracheras», aseguran un grupo de vecinos a ABC.

«Ellos» son un grupo de unos 30 o 40 okupas de todo pelaje, desde perroflautas a yonquis, que tomaron un bloque entero de viviendas, situado en el número 91-93 de la calle de la Virgen de Lluc en Pueblo Nuevo (Ciudad Lineal) hace unos cinco años. No se llegó a vender ningún piso, no saben el motivo; solo que la constructora, Setian Promociones 2003 S.A., tiene embargos y notificaciones de otros inmuebles. Todo estaba por estrenar, pero el mal uso de los «inquilinos», que practican el gratis total y no respetan la propiedad privada, ha hecho mella en el inmueble, cuyo deterioro es palpable.

El edificio parece que ha sufrido una explosión y está deshabitado, pero no. Una bandera pirata corona la fachada y hay pintadas en los cristales y balcones, arrasados por las llamas. Los únicos cambios desde el verano pasado es que han puesto sábanas sucias en las ventanas, así como tablones de madera para que no se vea el interior de los pisos. Y los que conservan las persianas las tienen bajadas. «Antes, hasta les veíamos practicando sexo: no ser cortaban un pelo y esta calle es muy estrecha», explica María (nombre ficticio).

«Hace meses pusieron un cartel en el que se leía:"Hotel de tres estrellas". Luego, tuvieron otro rótulo que rezaba: "Si gana Podemos, con Carmena lo tenemos". Lo mantuvieron hasta después de las elecciones», relata Manuela (nombre falso): «Con ellos no se puede dialogar. Tiran la basura por la ventana, las latas y las botellas de cristal las dejan fuera de los cubos y tienen muchos perros, pero no recogen sus excrementos. E incluso han llegado a orinar o vomitar hacia la calle; son unos guarros. Hasta llegaron a tener jabalíes y ratas como mascotas».

«Dame una cervecita»

«Estamos hartos, gritan, hacen mucho ruido y con el buen tiempo viene lo peor, porque se les oye mucho más. Igual ocurre los fines de semana: organizan fiestas, el edificio se llena de gente, ponen la música a todo volumen, hacen barbacoas e, incluso, fogatas en la azotea, se emborrachan y se pelean. Una vez prendieron fuego a una casa en una riña y nos desalojaron porque las llaman venían hacía nuestro bloque. Esto es insoportable. No hay quien duerma», subraya la resignada mujer.

Estos residentes aseguran que la Policía Municipal y Nacional acude a menudo, pero los okupas no se van: «Si les dicen que apaguen el fuego, lo hacen y, en cuanto se dan la vuelta, lo encienden otra vez». Relatan que sus denuncias son constantes y que entonces los usurpadores se van. «Hay antiguos, pero el resto son nuevos. Yo diría que los veteranos cobran al resto por las habitaciones», explica Rubén (también nombre ficticio). Todos coinciden en la inseguridad que ocasionan y en el hecho de que estén siempre pidiendo dinero «para cervecita». «Y,si te ven fumando, tabaco. Yo les tuve que decir que vivo por aquí y no puedo darles más», dice Beatriz, una joven estudiante.

«Este bloque debe de ser famoso porque un día al salir del Metro una chica me preguntó: ¿Dónde está la casa okupa?». Para ella, que comparte piso con varios compañeros, «hay un trasiego de gente que no es normal;no sé si trapichean o qué».

Maltratan a los animales

Otro inquilino que vive junto al edificio fantasma, recalca que lo que más le molesta «es que se metan con las mujeres, maltraten a los animales cuando están ebrios o drogados y los enganches de luz ilegales que realizan a las viviendas aledañas que están deshabitadas», dice. «He llamado a la Policía; por eso no quiero decir mi nombre, porque toman represalias y me rayan el coche». Explica que las veces que acude la compañía eléctrica a cortarles la luz, no tardan nada en volver a «pincharla». «A mí no me hace gracia tener que pagar lo que ellos malgastan», recalca Beatriz.

No tienen agua y acuden a una fuente cercana con garrafas y se duchan en la terraza, donde suben todos los trastos y muebles viejos que encuentran. Los residentes lamentan su suerte. «Esto era un sitio tranquilo, bien situado junto a la calle de Arturo Soria. Y ahora es insufrible. Los fines de semana nos vamos fuera», explica Laura.

Otros no tienen esa suerte.

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