La vida de Netflix de Hugo Aguilar: de cazar a Pablo Escobar a ir a la cárcel

Colombia es el país Netflix. Da para todo tipo de documentales, series, con trama, trauma y drama, escenarios majestuosos, personajes pintorescos y grotescos cargados de contradicciones entre el bien y el mal. Muchos de temer, pocos para adorar; casi todos con escenas en eventos de la realidad que tienen tintes propios de Narcos, mientras otros parecen protagonistas de un spin-off de House of Cards.

Hugo Aguilar parece de serie de ficción. Sin embargo, forma parte de nuestra realidad. El primer registro suyo es famoso, ideal para un tráiler o una escena de apertura: un hombre de pie sobre un tejado, con un poblado mostacho, pelo negro y evidente mirada de satisfacción mientras agarra a su «presa» ?con cierto asco en los dedos- del borde de la manga de la camiseta tipo Polo azul oscura que lleva puesta. Lo hace para darle vuelta y que se le vea el rostro. Que se vea.

Y, claro, aunque ensangrentada es esa cara tan buscada en el mundo: Pablo Escobar, el Bin Laden del narco, el capo de capos, el patrón de todos los males que hizo del mal un patrón y modelo a seguir por los narcos y por los siglos de los siglos. Tejas rotas, militares armados, un muerto famoso y este joven oficial vestido de sport, con grado de Mayor y cabeza del Bloque de Búsqueda, grupo élite de la Policía Nacional que a principios de los 90 fue conformado por su confiabilidad y rectitud a toda prueba, y entrenado por las fuerzas especiales del ejército de Estados Unidos.

Delgado y de cuerpo ágil, esa imagen alcanza a captar eso que en Colombia llamamos malicia indígena, la misma que ha llevado a muchos a sospechar del verdadero papel protagónico de Aguilar en la caída de Escobar, aunque otros aún lo consideran materia perfecta para héroe nacional. De eso ya han pasado 25 años y siguen rondando muchos cuentos: que la muerte de Escobar estuvo en manos del hermano de «Don Berna», un conocido paramilitar que operaba en Medellín, hoy paga cárcel en Estados Unidos y la semana pasada entró nuevamente a escena al reactivarse el proceso por paramilitarismo contra el expresidente Álvaro Uribe, para el cual «Don Berna» fue llamado a declarar en 2016 y a la fecha no ha sucedido; que en realidad el disparo mortal lo hizo un agente de fuerzas especiales de Estados Unidos; que el golpe certero de fusil que acabó con el corazón de Escobar fue gracias al buen pulso de Aguilar; mientras que el vicepresidente de Colombia, general (r) Óscar Naranjo, aseguró en la entrevista-libro «El general de las mil batallas» (2017, Editorial Planeta) que fue otro agente de la policía, solo conocido como «Sangre e?yuca», quien lo mató. Este simple debate sobre la autoría del golpe final a Pablo Escobar daría para otro especial de Netflix.

Realidad de ficción

Basta de Escobar. El que ahora tiene enredos con la justicia es él, hoy igualmente mediático a como lo fue en los años 90 pero ya no con el bigote tan poblado, en cambio canoso, con 66 años a cuestas y el paso del tiempo marcado en el rostro. Su cara no tiene esa mirada de satisfacción del 2 de diciembre de 1993. El gesto de Hugo Heliodoro Aguilar Naranjo -sí, hasta el nombre es de guion- del pasado 21 de febrero, justo después de ser detenido en Bucaramanga, parece más bien de malestar, incómodo por la orden de la Fiscalía que pidió su recaptura acusado de lavado de activos y enriquecimiento ilícito por un valor estimado en quince mil millones de pesos, unos 4.300 millones de Euros.

Según las investigaciones, el dinero lavado pertenecería al grupo paramilitar Bloque Central Bolívar (BCB), que presionó de forma decidida su elección como Gobernador en 2003 (el grupo se desmovilizó en 2006), respaldo que en 2011 le representó a Aguilar una condena de nueve años de cárcel por parte de la Corte Suprema de Justicia, de la que pagó poco más de cuatro años y medio. Tiene pendiente por cancelar una deuda originalmente de 6.337 millones de pesos, dinero destinado a reparar a las víctimas del BCB. Como se declaró ilíquido y casi borde de la inopia, Aguilar logró un acuerdo de pago en cómodas cuotas mensuales de 500.000 pesos, es decir unos 140 euros.

Pero si el pez muere por la boca, el lavador de dineros o el testaferro con frecuencia cae por la ostentación. Aunque Aguilar se declaró de pobreza franciscana como para reparar a las víctimas del grupo paramilitar que lo ayudó a llegar a la Gobernación, el año pasado fue visto y fotografiado mientras conducía un Porsche. Escándalo local y nacional que hizo que los investigadores de la Fiscalía enfilaran todas sus baterías a revisar el capital de su exesposa y personas cercanas. El resultado: aumento patrimonial injustificado de sus familiares y 32 bienes que incluyen carros de gama alta, casas, fincas, consultorios médicos, oficinas y estacionamientos, entre otros. Además, un capital de 2.500 millones de pesos a su nombre (unos 715 millones de euros) que no parecen tener justificación alguna.

Para resumir estos primeros capítulos: oficial de la policía mata a Escobar en 1993, se lanza a la política en el año 2000, sale elegido como diputado de la Asamblea de Santander (2001-2003), renuncia a su cargo para ganar la gobernación, apoyado tras bambalinas por los paramilitares (2004-2007). Tiene un primer proceso por parapolítica y es encarcelado (2011-2015), cumple parte de su condena, sale y se dedica a los negocios privados, sin perder por el camino su poder e influencia política.

House of Cards

Aguilar no solo es conocido por su papel en el caso Escobar, sino más recientemente como «capo» electoral en el departamento de Santander, donde se dice que aún hoy tiene las cuerdas en la mano. Aunque la condena de la Corte incluyó inhabilidad por 20 años para ejercer cargos públicos, Aguilar Naranjo sigue ejerciendo su poder en privado. De ahí el doble escándalo de su detención: no solo debe regresar a los estrados judiciales por enriquecimiento ilícito a través de su exesposa Mónica María Becerra (solo en el papel, pues viven juntos), de su suegra Socorro Carreño y de un testaferro identificado como Yeison Albeiro Sáenz Plazas, sino que su caso tiene un impacto en la contienda electoral regional y nacional.

Hugo Aguilar es padre de otro exgobernador de Santander, Richard Aguilar, que por el partido Cambio Radical, creado por el candidato presidencial Germán Vargas Lleras, aspira a quedarse el próximo 11 de marzo con el escaño de senador de su hermano Nerthink Mauricio, que los que saben del ajedrez local dicen se lanzará en 2019 a la gobernación. Así se pasan la posta y los puestos. Un clan con nombres de película y un solo interés común: mantener el poder regional y las rentas que eventualmente puedan derivar de él.

En el plano nacional, el caso de Aguilar tiene otro alcance. El pasado 14 de febrero algunos afirman que fue visto en la ciudad santandereana de San Gil, acompañando las actividades del partido político Cambio Radical, que respalda la candidatura al Senado de su hijo Richard, mientras la prensa local relató que el candidato presidencial Germán Vargas Lleras dejó plantada a la familia Aguilar en un mega evento político que organizó en Bucaramanga, para evitar quedar en una misma foto con el cuestionado personaje, escrúpulo o cálculo que no tuvo meses atrás al tomarse otras en un evento público de respaldo a la candidatura de Richard Aguilar.

Pero también hay quienes afirman que el hábil Vargas Lleras para la fecha estaba al tanto de una inminente detención de Hugo Aguilar, además de estar molesto por la división al interior del grupo político liderado por los Aguilar, en detrimento de un acuerdo previo que les exigía llegar unidos para no restarle fuerza a los candidatos a Cámara y Senado del partido Cambio Radical. Así, aprovechando las circunstancias, el candidato presidencial les sacó el cuerpo y la trama de esta serie dio un nuevo giro. Y a Hugo Heliodoro Aguilar Naranjo, el del tino para matar a Escobar, esta vez le salió el tiro por la culata.

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