La revuelta conservadora

El problema del joven Sebastian Kurz era al principio de su carrera que no había tenido ningún trabajo remunerado fuera de la política y del Partido Popular de Austria (ÖVP). Hoy nadie se acuerda ya de que Kurz, el canciller federal de Austria, que cumplirá el 27 de agosto los 32 años, dejó la carrera de Derecho mucho antes de terminar. Hoy, Kurz es el líder de la derecha en todo el espacio centroeuropeo, llega a Berlín con cuatro verdades sobre la inmigración y hace temblar a la coalición de la canciller Angela Merkel, es el interlocutor favorito del Grupo de Visegrado con su líder Viktor Orban y también de Matteo Salvini, como en los Balcanes lo es de los países que pugnan por entrar en la UE.

Kurz sabe mucho de inmigración, de lo que sucede de verdad más allá de la propaganda del izquierdismo y de las tramas de traficantes y las ONG. Fue secretario de Estado del Ministerio del Interior a los 23 años. Volcado en elaborar estrategias ante la inmigración ilegal y los efectos devastadores de los procesos llamados «multiculturales» que fraccionan la sociedad y generan bolsas subvencionadas de enemigos del sistema.

En el 2013 pasó a ser el ministro de Asuntos Exteriores más joven de Europa a los 25 años. Desde el que él personalmente orquestó la cooperación para cerrar la ruta balcánica a la inmigración que amenazaba con desestabilizar a toda Europa. Así ayudó a Alemania pero sobre todo se erigió en líder de los países centroeuropeos y balcánicos. Se vio entonces que el joven era un fuera de serie. Pero aún nadie podía imaginar la brillante operación política personal que habría de idear, organizar y ejecutar. Con una jugada maestra de osadía, agilidad y fuerza de convicción se abría paso cuatro años después hasta el despacho en el Ballhausplatz, sede de la cancillería en Viena, desde donde gobernaron Metternich, Dollfuss o Kreisky.

Los dos grandes partidos austriacos lÖVP y los socialistas de SPÖ llevaban tres legislaturas de gran coalición. La población estaba harta, todo se movía en una rutina mediocre del consenso socialdemócrata, con sus cambalaches y repartos, su parálisis y corrupción. Solo crecía en Austria el voto al FPÖ, el partido nacional liberal derechista que lideraba las encuestas y sacaba 20 puntos a los dos antes grandes que languidecían por debajo del 20 por ciento. Con su popularidad creciente y coraje infinito, Kurz convenció a los viejos dirigentes y barones de que le dejaran presentar una candidatura personal apoyada por su partido. Accedieron. No tenían nada que perder. Y Kurz se remangó, se presentó con un programa netamente de derechas, crítico con Bruselas, pero europeísta. Ganó las elecciones y formó alianza con el derechista FPÖ de Strache. Desde entonces están en marcha el desmantelamiento del andamiaje político y cultural de medio siglo de izquierdismo europeo. Las perversiones educativas, culturales y mediáticas socialdemócratas y sesentaiochistas, el control subvencionado de toda la cultura y la hegemonía izquierdista fruto de la penetración gramsciana en las sociedades democráticas, no son una condena divina ni una realidad inmutable que haya que aceptar con resignación, como ha hecho la vieja derecha democristiana y liberal durante más de medio siglo. Hay otras soluciones. En muchos rincones en Europa han comenzado a crearse amplias mayorías de una política que exige identidad y nación, seguridad, justicia, sentido común frente a la peste ideológica del izquierdismo. Es la revuelta conservadora europea. Demonizada por gobernantes y el inmenso rodillo mediático de la hegemonía izquierdista en los países occidentales. Pero también a ellos está llegando.

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