La crisis del petróleo sacude los cimientos de Arabia Saudí
Décadas de inmovilismo dan paso a una apertura económica obligada por la crisis del petróleo - La búsqueda de nuevos retos empresariales propicia cambios en las más altas esferas del poder que no llegan a la política y la sociedad
Después de décadas de inmovilismo los cambios se suceden en Arabia Saudí, cambios en las más altas esferas de poder de un país que cumple 84 años y busca acabar con su dependencia del petróleo, pero cambios que no llegan al ámbito político y social. El último movimiento ha afectado al ministerio de Petróleo, la cartera más sensible del mayor exportador de crudo del mundo. Ali al-Naimi deja su puesto después de 21 años a Khalid al-Falih, que se ocupará de una nueva cartera que incluye a partir de ahora Energía, Industria y Recursos Mineros. Al-Falih, ex ministro de Salud y presidente de la todopoderosa petrolera estatal Aramco, tendrá en sus manos la responsabilidad de aplicar el 'Proyecto de la Visión de Arabia Saudí 2030', un plan del que no se han desvelado muchos detalles, pero que busca reducir la dependencia del petróleo a través de la diversificación de las inversiones y fuentes de ingresos, una tarea titánica en un país en el que el 70% de su economía depende de la venta de hidrocarburos.
Además del Ministerio de Petróleo, el rey Salman reemplazó también a los ministros de Agua, Transporte, Comercio y Asuntos Sociales y ha establecido una nueva Comisión de cultura y recreación. Todas estas reformas están dirigidas desde la sombra por el vicepríncipe Mohamed bin Salman, hijo del rey que a sus 30 años es ministro de Defensa y su influencia llega a tal extremo que los diplomáticos extranjeros le apodan 'Mr. Everything' (el Señor Todo).
"No es una revolución, pero sí que vivimos cambios revolucionarios para lo que es este país. Aunque su puesta en práctica, cómo serán capaces de lograr que salgan adelante. Eso no está claro», opina Jaled al-Meena, exdirector del periódico 'Saudi Gazzete'. No es sencillo hablar desde dentro de un reino donde hay muchas líneas rojas, pero Al-Meena confiesa que «la gente tiene sensaciones contradictorias debido a los últimos grandes planes que se presentaron y no se llegaron a cumplir».
La muerte del rey Abdalá en enero de 2015 fue el punto de inflexión para una monarquía que desde entonces ha reorientado sus políticas externa e interna para tratar de adaptarse a los nuevos tiempos marcados por el hundimiento del precio del petróleo, que ha pasado de los 100 dólares el barril a poco más de 40, y la lucha contra Irán por la hegemonía regional, lucha que se vive en países como Yemen o Siria, pero también en el propio reino, donde entre 10 y el 15% de la población es chií.
Este enfrentamiento étnico y religioso entre persas chiíes y árabes suníes se ha recrudecido tras la firma del acuerdo nuclear entre Teherán y Washington. La estrategia de Barack Obama en la región ha consistido en alcanzar un pacto con los iraníes en materia nuclear y no entrar de lleno en la guerra contra el presidente sirio, Bashar el-Asad, dos movimientos que chocan de frente con la agenda saudí en la que el gigante chií es la principal amenaza, por encima incluso del grupo yihadista Estado Islámico (EI), y hay que derrocar a El-Asad a cualquier precio. Pese a las diferencias, los saudíes siguen siendo uno de los mayores importadores de armas estadounidenses y Washington mantiene una estrecha cooperación en materia de seguridad.
El pacto histórico no escrito entre los Al-Saud y la población ha sido una especie de vida fácil y subvencionada por el Estado para los 21 millones de saudíes a cambio de no cuestionar su poder absoluto. Hay un fuerte desequilibrio entre el sector público, que emplea a tres cuartas partes de la mano de obra saudí, frente al privado, donde hay 9 millones de extranjeros, según el cálculo del canal Bloomberg.
La caída del precio del petróleo ha obligado a aplicar recortes y reducir subsidios en un momento en el que dos tercios de los saudíes es menor de 30 años, según los datos del Woodrow Wilson International Center for Scholars de Washington, y el paro entre ellos se ha disparado. El miedo al descontento y el recuerdo de las 'primaveras árabes', movimientos sociales que en 2011 lograron acabar con las dictaduras de Túnez, Libia, Egipto o Yemen, están presentes en las decisiones de los actuales dirigentes.