La broma infinita

Se cumplen estos días diez años del suicidio de David Foster Wallace, que se hallaba en el olimpo literario cuando decidió quitarse la vida. Según su familia, Wallace estaba atravesando una fuerte depresión y recibía una medicación que agudizaba su inestabilidad mental. Tenía 46 años.

Nacido cerca de Nueva York y muy aficionado al tenis, el escritor era una persona brillante, con una sólida formación y, a pesar de su edad, había logrado ser considerado como uno de los gurús de las letras en su país. No en vano había publicado en 1996 «La broma infinita», un libro que figuraba en los rankings como una de las cien mejores novelas americanas del siglo.

En una de sus últimas fotos aparece retratado como un samurái. Está mal afeitado, tiene la frente cubierta por una banda blanca y mira a la cámara a través de sus gafas con un gesto de distanciamiento. Hay ya algo que nos permite intuir esa resolución que le llevaría a despedirse de este mundo.

Cuando leí «La broma infinita», que es una crónica de las frustraciones de la sociedad americana, me impresionó mucho. La obra es inclasificable porque está llena de disgresiones y monólogos de los que se desprende la angustia de vivir en el sentido del que hablaba Kierkegaard, que creía que era el estado natural de la existencia.

Wallace, un hombre apuesto, con mucho éxito entre las mujeres, lo tenía todo: dinero, reconocimiento y, sobre todo, talento. Pero optó por dejar este mundo en el que se encontraba inadaptado porque era un espíritu puro que chocaba contra la hipocresía contemporánea. Sentí mucho su desaparición y me pregunto, si hubiera vivido, cómo enjuiciaría lo que está ocurriendo hoy en Estados Unidos. En última instancia, su suicidio nos sigue apelando a los vivos y nos plantea un interrogante sobre por qué un ser humano decide quitarse la vida.

Cualquier acto tiene un sentido explícito o implícito porque el hombre está condenado a ser libre. La existencia es elección. Y todo lo que hacemos apunta hacia una intencionalidad. Pero el suicidio es un enigma que carece de respuesta, una apuesta sobre la que no podemos interpelar a nadie.

El suicidio es lo absoluto tanto porque pone fin a cualquier contradicción como porque instala una ausencia que nos revela el ser en su plenitud, que es su contingencia, su potencial vaciedad. La misma intensidad del gesto de renunciar a vivir resalta el valor inefable de la existencia.

Lo diré con otras palabras más personales: Wallace era mayor que yo y hace diez años que dejó este mundo, lo que subraya la virtualidad de que yo siga vivo. En cierta forma, ese suicidio fue una broma infinita en cuanto suscita la perplejidad sobre el inexplicable azar que supone hallarnos ahora y aquí.

Honoré de Balzac decía que la resignación es un suicidio cotidiano. Seguramente Wallace no se resignó, pero su gesto fue, es y será siempre un misterio para quienes nos sentimos tan cerca.

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