Huesos

Vaya por delante que me importa un pimiento a dónde vayan a parar los restos de Franco, si es que alguno queda todavía bajo la lápida del Valle de los Caídos (nombre que en toda España pronuncia el pueblo a la bilbaina, no a la bilbaína: caidos, bisílabo, y no caídos, trisílabo, quizá porque su constructor, Pedro Muguruza, era de Elgoibar, y allí imitan el acento de Bilbao). Si por mí fuera, me limitaría a cambiar la losa rectangular por una gran tapadera circular de cobre con la efigie del dictador bordeada por la leyenda «Francisco Franco, Caudillo de España por la G. De Dios», con lo que ganaríamos un monumento a la Peseta Rubia, única causa seria por la que pelearon los españoles durante los cuarenta años que duró la abominable tiranía fascista (hasta el punto de que la gente creía que el verbo pelear venía de pela, denominación cañí de la susodicha divisa).

Entre las exhumaciones rencorosas ibéricas, la más curiosa que conozo es la de los restos de César Borgia, el terrible condotiero, hijo del Papa Alejandro VI, que fue muerto a las afueras de Viana de Navarra el 12 de marzo de 1507. Lo sepultaron en la iglesia de Santa María, en un lujoso mausoleo costeado por el rey Juan de Albret. El famoso fray Antonio de Guevara, obispo de Mondoñedo, visitó Viana y transcribió su epitafio, cuyo comienzo reza así: «Aquí yace en poca tierra/ el que toda le temía,/ el que la paz y la guerra/ en sus manos las tenía». Tras la incorporación de Navarra a la corona hispánica, un vengativo prelado castellano hizo sacar del templo los restos de César y enterrarlos en la calle, para que bestias y humanos los pisaran al pasar. El médico y escultor Victoriano Juaristi, lejano pariente mío, regaló a Viana en 1934 un sarcófago inspirado en el del Doncel de Sigüenza, a fin de que dieran al pobre Borgia una sepultura decente, pero que si quieres. Los huesos fueron a parar en 1953 a un escalón de la catedral, donde siguen bajo un laude de mármol en que se lee: «César Borgia, Generalísimo de los Ejércitos de Navarra».

La institución castiza que más se esmeró en desenterrar osamentas y quemarlas en público fue la Santa Inquisición. No hubo auto de fe sin el número final de la incineración de cofrecillos que contenían los astrágalos, vértebras y escafoides de aquellos a los que no había podido achicharrar en vida. Este es el modelo intemporal ibérico al que se han acogido todos los desenterradores de enemigos políticos. El ideal escatológico nacional se halla perfectamente formulado en lo de ciscarse en los muertos del contrario, conjuro infalible contra el estreñimiento que requiere, no obstante, la profanación de tumbas. Obra de misericordia era enterrar a los muertos. La venganza a la española pasa por la operación contraria.

En fin, esto de enterrar y desenterrar es cosa que siempre se le ha dado bien a la izquierda. Incluso el autor de la estatuaria colosal de Cuelgamuros, Juan de Ávalos, el artista favorito de Franco, era carnet número 7 del PSOE de Mérida. Nada que ver con el actual ministro de Fomento, que es Ábalos con be de burro, y al que no se le conoce parentela escultórica alguna. Tampoco consta que contase entre sus deudos al poeta José Ávalos, sólo recordado por un endecasílabo acerca de sus versos que le asestó el malvado Juan Pérez Creus: «Quémalos, qué malos, Ávalos». Y que conste que no estoy dando ideas al Gobierno (al Gob, como escribe una de sus ministras más guays) sobre el destino final de los huesos réprobos. Que se las apañe él solito para salir de este y de otros carajales en los que se meterá irremediablemente intentando ganar la guerra civil que le ganó hace ochenta años al PSOE el odioso general.

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