Grecia, son lentejas

Cada vez más da la impresión de que los socios de la zona euro quieren deshacerse de Grecia. No hay[…]

Cada vez más da la impresión de que los socios de la zona euro quieren deshacerse de Grecia. No hay otra explicación. O quizás, sí: puede que ése sea el coste que la zona euro tiene que asumir para que no cunda el ejemplo de que votar sirve para cambiar las políticas, de que es compatible respetar la voluntad popular con llegar a acuerdos con el resto de países comunitarios, de que se pueden enmendar los errores cometidos durante cinco años de crisis que sólo han provocado un brutal, insostenible e intolerable crecimiento de la pobreza y la desigualdad sobre todo en los países deudores. 

Quizás haya que sacrificar a Grecia para que el pueblo español no se arriesgue a cambiar Gobierno o lo cambie, pero con la lección bien aprendida de que se atiene a seguir con lo mismo o a continuar fuera del abrigo que, al fin y al cabo, implica pertenecer a este club que aún es de privilegiados. También es una lección para Irlanda, que hablamos muy poco de ese país y el próximo año es posible que el Sinn Fein, un partido nacionalista, pero sobre todo anti-austeridad, gane las elecciones. Pero Europa, sacrificando a Grecia, sacrifica también la democracia. Poco respeto por ella y por la voluntar popular mostró el ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble, cuando se lamentó de esta manera: "Lo siento por los griegos. Han elegido un Gobierno que de momento se comporta de manera irresponsable". Pero el pueblo griego cada vez respalda con más fuerza a sus representantes. De acuerdo con las últimas encuestas, Syriza ganaría hoy por mayoría absoluta las elecciones.

La Europa del euro quiere deshacerse de Grecia. De otra manera no se entiende que el presidente del Eurogrupo, Jeroen Dijsselbloem, se expresara en unos términos tan gruesos, tanto en las palabras como en el gesto, al término de la reunión de los ministros de Finanzas de la zona euro. Lo suyo fue un ultimátum. El viernes, Grecia debe aceptar, debe pasar por el aro y firmar una extensión del rescate actual y que vence el próximo 28 de febrero. De lo contrario, se tendrá que atener a las consecuencias. Son lentejas. 

La probabilidad de acuerdo es muy reducida, si tenemos en cuenta que la reunión del Eurogrupo acabó tan sólo dos horas después de su inicio, algo muy inusual y que transmite muy mal "feeling". Tradicionalmente estos encuentros duran muchas horas, hasta la madrugada, aunque finalmente no se llegue a un acuerdo. Pero en esta ocasión se tiró la toalla demasiado pronto. Además, según lo que contó Varoufakis, pudo haber habido solución, pudo haberse llegado a un acuerdo, el propuesto por Draghi, Lagarde y Moscovici, pero fue boicoteado por Djisselbloem, presumiblemente por la presión alemana. El holandés retiró ese documento minutos antes de que comenzara la reunión.

¿Podría el Banco Central Europeo, si no hay acuerdo este viernes, poner fin a las inyecciones de emergencia que son las que pueden evitar un accidente en el débil sistema financiero griego?, ¿podría, antes de que eso suceda, establecer el Gobierno griego un corralito, un control de capitales, para poner un dique la sangría que sufre la banca griega, ante el temor de los ahorradores de que sus flamantes euros se conviertan en pobres dracmas dentro de apenas unos días?

¿Tan malo sería que Grecia diera su brazo a torcer y aceptara una extensión del rescate?, ¿no son suficientes las promesas de flexibilización de las condiciones del rescate que, al parecer, le ofrecen los socios europeos? El ministro de Finanzas griego, Yanis Varoufakis, explicó en su rueda de prensa, con un tono mucho más conciliador, mucho menos beligerante que el de su colega holandés, que no podía poner su firma a un documento que no detallaba en qué consistiría tal flexibilización. Tampoco se lo contaron en la reunión, cuando pidió detalles. 

Además, al margen de todo esto, es comprensible que el nuevo Gobierno griego quiera negociar su propio rescate, y no extender el que negoció el anterior Ejecutivo heleno, sobre todo cuando se comprometió a ello. Grecia quiere tiempo para negociar y por eso pide margen, no dinero a fondo perdido, para hacerlo.

Sin duda, fue la directora gerente del Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde, quien explicó con más precisión la diferencia entre los planes de Varoufakis y los que transmitió el presidente del Eurogrupo, en definitiva, entre el crédito puente y la extensión del rescate actual. La primera opción implica un punto y aparte, marca una frontera entre lo viejo y lo nuevo. La segunda, implica dibujar una línea de continuidad. 

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Syriza prometió una ruptura con el pasado, con la troika y con la austeridad. Aunque se ofrece a cumplir un 70% del programa asociado al rescate aún vigente a cambio de, entre otras cosas, que le dejen gastar parte del superávit primario en políticas sociales y de estímulo. ¿Es sostenible, solidario, inteligente, un superávit primario del 3% en un país con más de un 25% de paro?

Puede que llegue el viernes y que no haya acuerdo. Puede que haya una nueva extensión del periodo de negociaciones, pese al serio ultimátum lanzado por el presidente del Eurogrupo. Pero también es posible que los socios del euro no den más oportunidades a Grecia y que Varoufakis cumpla la promesa, como dejaba ayer mismo escrito negro sobre blanco en The New York Times, de que "las líneas rojas marcadas no serán traspasadas, porque entonces no serían líneas rojas, sino sólo un farol". Y una de las líneas rojas es, precisamente, no prorrogar el rescate de Samaras & Cia. El influyente columnista de Financial Times Wolfgang Münchau, aconseja a Grecia a ir hasta el final, a sacrificarse si hace falta, para lograr que Europa ponga fin a sus errores de estos años. Rectificar es de sabios. 

Pero sería muy duro para un Gobierno tomar una decisión de tanto calado como aquélla que se verían obligados a adoptar Tsipras y Varoufakis si no hay acuerdo: impagar la deuda, cambiar de moneda, devaluar, empobrecer a su país todavía más. El perfil de su Gobierno invita a pensar que buscaría la ratificación popular a su decisión última. Haría como hizo el hoy denostado Yorgos Papandreou, que amagó un referéndum sobre el primer rescate. Pero eso ya daría igual.

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La razón por la que parece dar igual lo que suceda con Grecia es que los mercados han estado muy tranquilos. La incertidumbre los suele hundir, pero, a lo sumo, lo que ha hecho ha sido detenerlos mínimamente, con alguna caída más o menos importante, como la que puede tener lugar hoy mismo en algunas plazas europeas, fundamentamente la española. Quizás sin los problemas helenos sobrevolando, las Bolsas estarían más altas y las primas de riesgo, más bajas. Pero no mucho más. Ayer, como primer síntoma de la que se nos puede avecinar hoy, nos encontramos con una significativa caída del euro desde niveles de 1,143 hasta 1,133 dólares. Pero nada dramático.

Dicen muchos analistas que los mercados están preparados para que Grecia salga del euro. Aunque algunos advierten que los inversores siempre minimizan las consecuencias que un fenómeno así puede acarrear. Y ponen el ejemplo de la caída de Lehman Brothers. 

De todas maneras, al margen de lo que ocurra en los mercados, la que verdaderamente está en riesgo es la democracia. Desde hace años, desde que saltó la crisis de deuda y los intereses de los acreedores se convirtieron en ley para todos. También, que se haya instalado la peor ideología, la que justifica que no ya personas, sino que pueblos enteros se queden en la cuneta por la insolidaridad de todos. 

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