El temor al populismo de Trump acerca a Obama a los republicanos

El curso político se desliza por un 2016 políticamente trepidante. Consumido el último Debate de la Unión con Barack Obama en el estrado, todas las miradas apuntan a Iowa, que el 1 de febrero será el punto de partida de una de las primarias más disputadas. Las diferencias del presidente con la mayoritaria oposición republicana no sorprendieron. Pero su discurso se encontró con una réplica de la gobernadora Nikki Haley y con unos gestos del presidente del Congreso, Paul Ryan, que han dejado un nexo de intereses compartidos entre demócratas y republicanos: el temor al populismo de Donald Trump y la necesidad de que no llegue a la Casa Blanca.

El Obama partidista que apostó por dar continuidad a un proyecto de «cambio para cinco o diez años», en clara alusión a que sigan gobernando los demócratas, no eclipsó al Obama estadista, que llamó la atención sobre el riesgo de que las posturas «radicales traicionen lo que somos como país». Sin citar a Trump y a Ted Cruz, el presidente se refería a sus respectivas propuestas de cerrar la entrada a los musulmanes y de bombardear masivamente las ciudades donde se encuentra Daesh, que habitan en su mayoría civiles inocentes. En paralelo, las dos destacadas figuras republicanas transmitían la sensación de que el establishment conservador aprieta el paso para evitar el varapalo que supondría una victoria de Trump.

Críticas conservadoras

En su respuesta, Nikki Haley no ahorró críticas a Obama, pero tampoco la llamada a las bases republicanas de que no hagan caso a los «cantos de sirena de las voces más enfadadas». También en referencia al discurso populista y antiinmigración de Trump, fue inequívoca cuando se mostró «orgullosa» de ser hija de inmigrantes indios, que «llegaron a EE.UU. para cumplir el sueño americano». Toda una crítica, que después matizó planteando que «eso no quiere decir que haya que permitir la inmigración ilegal».

También bastó con seguir atentamente los gestos para darse cuenta de que Ryan, recién elegido por los republicanos para presidir el Congreso, asentía con su cabeza. La imagen no sólo refleja la coincidencia en una afirmación, sino la convicción de que tanto Trump como Cruz, y en especial el primero, representan una amenaza para el partido, pero también para el propio país y su estabilidad. La que aporta la llamada «política de Washington», tan denostada por el populismo que representa el millonario neoyorquino, y al que se ha sumado en esta campaña el otro autoconsiderado outsider (ajeno al partido), el senador texano de origen hispano.

Pero Trump también pone en jaque carreras políticas. Como la de Paul Ryan (Janesville, Wisconsin, 1970), que acompañó como candidato a vicepresidente a Mitt Romney en la derrota republicana de 2012 y ahora está llamado a ser uno de los líderes republicanos. Pese a su distancia ideológica de Obama y los demócratas, Ryan es consciente de que está forjando su propio perfil. Y de que parte del hartazgo de los estadounidenses, que afecta en especial a la clase media blanca, procede de la imagen de continuo enfrentamiento entre partidos. Ayer, en un guiño compartido, Obama afirmó que había hablado con Ryan los días previos al debate sobre «la necesidad de trabajar juntos para reducir la pobreza en Estados Unidos». De nuevo, el presidente del Congreso asentía.

Ryan es consciente de que su margen es estrecho. Con una docena de candidatos pugnando por la nominación (y, por añadidura, por presidir Estados Unidos), no puede pasar del desacuerdo a un consenso general con Obama. Pero hay campo de juego. El acuerdo TransPacífico, que rechazan los más radicales de cada partido, permite un entendimiento. Así como también la reforma del sistema de justicia para combatir el crimen. Michael Golden, del Centro Americano de Progreso, lo tiene claro: «Si Obama y Ryan estuvieran solos, sin nadie alrededor, avanzarían muchísimo. Pero la realidad de un año electoral lo complica todo».










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