El Papa denuncia la falta de voluntad para acabar con la guerra en Siria

Mientras que los rebeldes celebran que han roto el cerco sobre Alepo, el gobierno de Al Assad lo desmiente. Lo cierto es que ayer se cumplió un mes de brutal asedio sobre una ciudad en la que la batalla se libra barrio a barrio y en la que cada palmo conquistado sobre el enemigo se celebra como si se hubiera ganado la guerra. En parte, porque según los analistas, la victoria sobre Alepo determinará de que lado se inclinará la balanza final. Juegos de guerra aparte, el asedio ha dejado un saldo diario de decenas de víctimas mortales, al menos siete estructuras hospitalarias destruidas y a unas 300.000 personas en riesgo de morir de hambre.

Por eso, ayer el Santo Padre quiso hablar de esta situación durante el rezo del Ángelus. Se refirió específicamente al drama de la ciudad de Alepo, la en otro tiempo joya de Siria, pero sobre todo, ha hecho una enérgica denuncia: "Es inaceptable que tantas personas inermes, también tantos niños, tengan que pagar el precio del conflicto; el precio de la cerrazón de corazón y de la falta de voluntad de paz de los poderosos". En las preocupaciones del Papa está la castigada población civil de esta ciudad en la que, como el resto de alepinos, unos 150.000 cristianos también han padecido las consecuencias de la violencia fratricida. 2 de cada 3 ya se han marchado y los que quedan conviven con la incertidumbre de no saber si morirán de camino a misa.

Y también ha dado este tirón de orejas a "los poderosos" y a su nula voluntad, -que no capacidad-, de poner fin a la peor guerra de este siglo. Como tantas veces ha denunciado el propio Francisco, el lucrativo negocio de la venta de armas tiene más peso, en este caso, que el de las miles de almas inocentes que el conflicto se ha llevado por delante.

El Papa pidió este domingo una oración por todos los sirios que sufren esta guerra desde hace casi cinco años y medio. "Los confiamos a la materna protección de la Virgen María", ha dicho, y después ha pedido silencio a los peregrinos de la plaza y que se unieran a él en el rezo del Avemaría.

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