El intrépido médico gallego que se plantó en casa de Paul McCartney y pasó el día con su ídolo

Hay gente más parada, y otros que se lanzan. Que se lanzan al abismo... o se coronan. Corría el año 79 y Santiago Casares, protagonista de esta historia, estaba haciendo la residencia de médico en Segovia cuando se vio con «una semana o diez días» por delante. Desde hace tiempo pretendía conocer a alguien que le hubiera impactado profundamente en su vida. Y pensó en el Papá, en políticos (a los que descartó rápidamente) y en los Beatles. Una persona, solo una bastaba, que le hubiera dejado una huella auténtica en su ser. Eligió. Y, tras una semana o diez días de pertinaz búsqueda y mucha chiripa, lo logró: «Soy Paul McCartney. ¿Tú?».

En medio del Mundial de fútbol, «Back in the URSS», Paul McCartney está de plena actualidad. El lunes pasado cumplió 76 años, el miércoles lanzó un par de canciones de anticipo de su nuevo disco, «I don't know» y «Come on to me», y durante la misma semana decidió presentarse «por sorpresa» en un pequeño pub de Liverpool para ofrecer un coqueto recital de presentación del segundo de estos temas además de emocionar al mundo con su participación en el «Carpool karaoke», de James Corden. Casi 40 años antes, en la primavera de 1979, un despistado gallego merodeaba por los alrededores de su retirado casoplón en Sussex preguntando por él, según le transmitió una empleada en servicio que se había topado con Caseres por el camino boscoso que conducía al chalé. Dile que mañana a las 12 del mediodía.

Santiago Casares escucha a los Beatles desde los 14 años. Generacionalmente marcado por The Shadows, Paul Simon, Peter, Paul and Mary y Joan Baez, el cuarteto de Liverpool, representa algo especial, sin embargo, algo superior. De hecho, formaron una pandilla de amigos muy fans de Harrison y compañía, dedicándose a coleccionar todos los libros que encontraran y llegando a formar bandas tributo incluso. Fueron un paso más allá del aficionado al uso, vaya. Y él, doscientos más. Porque plantarse en casa y conseguir que el autor de «Let it be» le toque el piano en su estudio durante una hora suma puntos en mitomanía. «La historia da para hacer un libro o una película», comentara varias veces durante la entrevista.

«Un día me dije que tenía que conocer a alguien relevante. Estaba sin ataduras en Segovia. Tenía 28 ó 29 años», cuenta. Fue el pensamiento inspirador. Lennon estaba en Manhattan y no daba tiempo por tanto avión. Le quedaba McCartney. «Paul es muy casero, y sabía donde iban las niñas al colegio por los periódicos locales». Fueron él y un amigo, en dos coches separados, pero se perdieron la pista en la parte de Francia... y Casares acabó en Saint-Malo, a ocho horas de su destino, por haber tomado mal una carretera. En el momento que cruzaba la aduana a Reino Unido tras reconducir su mala decisión, le preguntaron: ¿A qué viene? «Vengo a ver a Paul McCartney y a comprar libros de medicina». Le dejaron pasar. «Seguro que se pensarían que estaba chalado pero ni me revisaron el maletero». Su amigo, aunque fuera por el buen camino, no tanta suerte como Casares.

Tras dar vueltas y vueltas por Sussex, «el Marbella británico», donde tenían casa también Mick Jagger o Eric Clapton, por fin el último día justo antes de irse dio con Macca. «Hay pueblos pero muy dispersos. Así es la campiña, una cosa muy inglesa con casas inmensas. Y sin internet», explica. Y los policías, con razón, no le daban la información que les requería cuando se la pedía. La gente no tenía ni idea tampoco de dónde se alojaba McCartney. En una tienda le señalaron a un chico: «Acababa de venir de su casa de instalar un equipo de alta fidelidad. Recorrimos senderos de tierra y varios kilómetros y tuve que hacer un plano para volver». Era una especie de bosque, con arboleda, y al final oculto el chalé. Allí había una persona, que le espetó también con razón: «¿Qué hace usted aquí? Váyase». «No será para tanto», pensó Casares. Volviéndose con el rabo entre las piernas reculando, encontró a una mujer limpiando maleza. Y se puso a hablar con ella: «Pues miré vengo de muy lejos y tengo interés en conocer a Paul MCcartney». «Si quiere, le doy el recado». ¡Albricias! Y, al día siguiente, Paul entró en su coche en el lugar de copiloto y le dijo al superado internista: «¿Pero cómo te llamas? Si me sigue mirando a mí no vamos a ningún lado, mire a la carretera».

McCartney toca Beethoven

La casa de McCartney, nobleza obliga, era inmensa, llena de cuadros, de caballos, de dálmatas además de Martha, la perra bobtail inspiradora «Martha my dear», de tulipanes y de juguetes tirados de los niños. Había muchos coches, entre ellos un Mercedes rosa. «Michael Jackson había ido poco antes... Yo fui cuando estaba sin salir el 'McCartney II'. Él estaba trabajando en la portada y me pidió ideas. Pero si tú la haces está bien, cómo voy a ayudarte». En la casa organizaba jam sessions en la planta de abajo y estaba aprendiendo a pintar con los mejores profesores, como Bacon, destacaba la cantidad de cassettes que había en la casa. A McCartney lo que le pirraba era Chuck Berry, Buddy Holly, Elvis y la Motown. Y la música clásica.

Estuvieron juntos de 12 del mediodía a 8 de la noche y Paul le hizo «dos o tres tazas de café». También estaba en la casa Linda y su hijo James. Vieron juntos la huerta y las cuadras. A Linda le encantaba montar a caballo. Y, este gallego, vio rápido que los dos se querían mucho. Y luego con Macca hicieron una intensa sobremesa en la que no hablaron de Lennon. «Me dijo que su madre quería siempre que hubiera sido médico. Y yo le dije: 'Si hubieras sido médico sería una catastrofe'». McCartney se divirtió con el intrépido Casares. «Hicimos un montón de fotos y me dijo que no hiciera más... Y luego estuvo una hora tocando para mí solo. Me preguntó si no me importaba. Y yo le dije, por supuesto, que encantado».

«No hice esto pensando en hacer una película o un libro sino pensando en cómo es él. Lennon era mucho más complejo, Paul tenía mucha más seguridad. Con Ringo, ambos eran el pilar del grupo. Porque eran una familia, de los 15 a los 20 años vivían juntos, y ellos eran los amortiguadores de la convivencia. Paul tenía las ideas más claras pero chocaba con Lennon, que fundó el grupo. Son los dos mejores compositores del s.XX, pero John sin Paul no era importante, porquer era muy manejable. Paul no, tenía sentido de la responsabilidad».

¿Cómo te cayó? «Extraordinario, me dio la impresión de ser muy amable. Me pareció trabajodor y con los pies en el suelo. No era de los que se fuma un porro, no era ese tipo de gente. Me pareció muy inteligente y empático, que te hace sentir bien». ¿Mantuvieron el contacto después? «No, porque yo ya había cumplido el objetivo. Le mandé las fotos y la secretaria personal me envió una carta en donde Paul y Linda me decían que estarían encantados de volver a verme. Con Paul no se puede mantener una correspondencia, pero me escribía la secretaria a mano. No era una carta estándar. Y me dijo que cuando quisiera le escribiera y que ella les daría la carta sin abrirla. En un concierto en Madrid estaba en primera fila y me reconoció y me dio la mano antes de empezar a cantar, los de al lado se quedaron acojonados». ¿Se pudo quedar a dormir en casa de McCartney? «Estaba anocheciendo y si me hubiera quedado hubiera podido, tenían casa de invitados. Pero tenía guardia en el hospital al día siguiente, no podía perder más tiempo. Ahora no lo cortaría. Dormí en el coche cerca de Lyon de camino a Segovia».

A finales de este mes, toca Ringo Starr en La Coruña. Y piensa ir a darle un pendrive con todas las fotos de ese día, porque son amigos, para que se las dé a McCartney y recuerde este día.

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