El asesino que engañó a sus amigos

«Jefa, ha entrado una desaparición de dos chicas en Cuenca que tiene muy mala pinta». «Déjala en mi mesa y en cuanto llegue esta tarde la reviso». Esa conversación se produjo el 7 de agosto de 2015 entre un policía de la Sección de Homicidios y Desaparecidos y la inspectora jefa al mando. Era viernes y la denuncia se había presentado unas horas antes cuando ni Marina Okarynska, de 26 años, ni su amiga Laura del Hoyo, de 24, regresaron a sus casas a dormir. La madre y la hermana de Laura encontraron su coche aparcado en una calle inusual con su teléfono y su documentación. Sabían que había acompañado a su amiga al piso de su ex.

A las cinco de la tarde del jueves 6 las vio un vecino por última vez. Estaban en el turismo de Laura, en la puerta de los garajes de la urbanización conquense Ars Natura. Marina hablaba con su exnovio Sergio Morate, quien desde arriba intentaba convencerla de que subiera sola. Pero Marina tenía miedo de enfrentarse al tipo violento al que había abandonado tras cinco años de relación. Ella sabía que había estado en la cárcel 18 meses por amenazar y encerrar a una novia anterior que lo dejó. «Te voy a mandar a un colombiano para que te mate», le había amenazado a ella, pero esas palabras solo las conocía alguna amiga íntima.

Morate había preparado una semana antes su kit de asesino (unas bridas, bolsas negras industriales y cal) y había cavado parte de la tumba para ella, cerca del río Huécar. A un conocido le había pedido prestado el coche pretextando que el suyo estaba en el taller. El crimen machista perfecto. Nadie más volvió a verlas vivas.

Nada más entrar, Marina se dirigió al dormitorio. Él la siguió y la enlazó con unas bridas por el cuello hasta matarla. Laura intentó huir pero el criminal había cerrado la puerta con llave. Tenía golpes y murió asfixiada. Las envolvió en bolsas negras industriales de basura y las bajó en el ascensor hasta el parking. «A una la metí en el maletero, a otra entre los asientos», contó un mes después a los policías que lo llevaban del aeropuerto al juzgado, en una especie de desahogo que nunca más ha repetido.

Antes de que bajara los cuerpos llegó a la casa su amigo Alexander Echeverri, un preso colombiano del que se había hecho íntimo y que salía de permiso. Iban a ir a un concierto. «Tengo ahí a Marina», le dijo y le pidió que moviera de sitio el coche de Laura. Echeverri se negó y cogió un taxi de vuelta a la estación de tren, camino de Alicante donde tuvo una entrevista de trabajo antes de volver a prisión el domingo. No contó nada a la Policía hasta que fueron a verlo a la cárcel. Les entregó su ropa para que la analizaran y les describió cómo iba vestido Morate, al que ya seguían convencidos de que iba a pedir ayuda al otro integrante del trío de amigos nacido entre rejas: el rumano Istvan Hortvath.

Una botella de Fátima

La noche de los asesinatos, Morate estuvo con su madre en Palomares y le vieron «nervioso» por el pueblo. Tenía los cadáveres en el coche esperando la madrugada. Recogió en una finca familiar de Chillarón una azada, un pico, cal y una botella de agua de la Virgen de Fátima que a su madre le traían de encargo. La botellita con la imagen sagrada la dejó abandonada junto a las tumbas. «Me agoté y lo dejé sin acabar. Tuve agujetas una semana. Cuando llegué a Rumanía todavía me duraban», les dijo a los agentes.

Esa noche condujo hacia la frontera francesa. Su objetivo era llegar a Timisoara, a la casa de Hortvath, que fue a buscarlo en coche a Hungría donde se perdió. El día 12, tras una semana de angustia aparecieron los cadáveres de Marina y Laura. Horas después, Morate fue detenido. El 5 de septiembre Rumanía lo entregó a España. Desde entonces está en prisión. En breve será juzgado por los dos asesinatos. Para él no habrá prisión permanente revisable.

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