Chipre, Eslovenia... ¿Francia? ¿Quién quiere acabar con Francia?

Europa hace tiempo que se ha convertido en un juego de dominó en el que poco a poco, van cayendo todas las piezas.

Europa hace tiempo que se ha convertido en un juego de dominó en el que poco a poco, van cayendo todas las piezas. ¿Todas? Bueno, todas no. Hay algunas que permanecerán de pie. Por ejemplo, nadie contempla un colapso en Alemania. Pero sí en Francia. Algunos llevan ya años, concretamente dos, anunciando que la siguiente presa de la crisis de deuda sería Francia. Después de Grecia, Irlanda y Portugal. Después de que también atacara a España y a Italia. Tras el chipriotazo. Después la crónica del rescate anunciado de Eslovenia, tendrá que venir, necesariamente, Francia. Pero la Galia sigue inexpugnable. Su Bolsa, pese a los desmanes europeos de las últimas semanas, continúa en positivo. Y lo que es más importante: la rentabilidad de su bono a diez años ronda el 2% (la de su equivalente alemán está en el 1,3%, lo que implica una prima de riesgo de 70 puntos básicos). Se encuentra más baja todavía que hace dos meses, cuando se colocaba en el entorno del 2,25%. Eso significa que Francia está actuando como activo refugio. Sí, la Francia de Hollande. Porque si hubo un momento de ruido ensordecedor sobre la posible caída del país fue coincidiendo con el triunfo del socialista. 

Pero, entonces, si no hay, ni las ha habido, evidencias de tensión en los activos franceses, si en ningún momento se ha atisbado desconfianza por parte de los inversores, ¿por qué hay quien sigue anunciando la caída de Francia? El analista financiero Juan Ignacio Crespo da una respuesta: "Estas previsiones son, en realidad, las ganas de que fracase el modelo francés porque está basado en un sector público muy grande, una gran masa de funcionarios y unos sindicatos fuertes". Es decir, en los valores contrarios al neoliberalismo imperante. "Francia parece hoy la Rusia de hace cuarenta años. Y quizás ahí resida su éxito", ironiza Juan Ignacio Crespo. 

Si Irlanda constituye el ejemplo de que los recortes funcionan (el país va a emanciparse de la troika este año, porque ha logrado recobrar su acceso a los mercados gracias al éxito que ha tenido con la tijera), Francia puede ser usada por la contrapropaganda anti-austeridad: su modelo, más keynesiano, más socialdemócrata, también funciona. Y sin hacer sufrir a la gente. O, al menos, mitigando los daños. 

Francia funciona. Un dato: su recesión ha sido más suave que, por ejemplo, la alemana. En el año 2009, el peor año de la crisis, su PIB se contrajo un 3,1%, frente a la caída del 5,1% que sufrió Alemania ese mismo año. Y eso que la deuda de Francia sobre el PIB alcanza el 90%, frente al 80% de Alemania. Y eso que su gasto público es equivalente al 56% del PIB, más de diez puntos por encima del gasto público alemán, y casi siete por encima de la media de la Unión Europea. Y eso que su presión fiscal provoca que sus ingresos equivalgan a la mitad de su PIB, frente al 44,5% de Alemania, que se sitúa en la media comunitaria. 

Lo malo es que François Hollande no está haciendo proselitismo. No está haciendo propaganda, como prometió cuando ganó las elecciones para ayudar al sur. Se siente débil y muy acosado. Quizás tenga miedo, además, de que si extiende su modelo, o mitiga la propagación neoliberal, los grandes inversores se le echen encima y ya no tenga nada de lo que presumir. Hollande ha apostado por pasar desapercibido. En estos tiempos, lo mejor es que no se hable de uno, sobre todo cuando se está ejerciendo una resistencia un poco pasada de moda.

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