Chatterton, palidez mortal

En «Les destinées», colección de poemas filosóficos de Alfred de Vigny (1797-1863) publicada un año después de su muerte, el escritor romántico francés que, como Cervantes, fue soldado y poeta al mismo tiempo, incluía un poema, «La maison du berger» -el único consagrado por entero al amor que brotó de su pluma-, que contiene más de trescientos versos, entre ellos este maravilloso alejandrino: «Aimons la majesté des souffrances humaines». Como recordaban Gustave Lanson y Paul Tuffrau en su mítica «Historia de la literatura francesa», traducida al español por Juan Petit (Barcelona, Labor, 1956), «todo cuanto es, sufre; todo cuanto es superior, sufre superiormente. El genio ostenta el privilegio del sufrimiento». La auténtica sabiduría consiste en abrazar, en palabras del propio Vigny, «una desesperación apacible, sin convulsiones de ira ni reproches al cielo».

Esa es la filosofía que practica Thomas Chatterton en la pieza teatral a él consagrada por el autor de «Cinq-Mars» (1826), un drama que se estrenó en París el 12 de febrero de 1835 y que obtuvo un éxito comparable al obtenido en 1830 por «Hernani», de Victor Hugo, constituyendo ambas obras el cenit del romanticismo teatral galo.

«Chatterton» está basada en el Chatterton real, aquel muchacho de Bristol que murió en Londres en 1770 antes de cumplir los dieciocho años y que escribió composiciones poéticas admirables en inglés antiguo, atribuyéndoselas a un imaginario Thomas Rowley, monje del siglo XV.

Dosis de arsénico

Estamos en el siglo XVIII, la centuria por excelencia de las supercherías literarias, entre las cuales sobresale la del bardo celta Ossián inventado por James Macpherson, cuyos poemas pasaron por auténticos en aquella Europa agobiada por la Revolución Industrial y que tanto necesitaba de sueños.

Chatterton fue un muchacho prodigioso que se quitó de en medio ingiriendo una dosis letal de arsénico en una oscura buhardilla londinense y que, poco a poco, fue calando en las mentes europeas como ejemplo de escritor prerromántico por excelencia, aureolado por un nimbo doble: s u excelso genio creativo y su muerte temprana. Siempre lo imaginaremos tal y como quiso el pintor prerrafaelita Henry Wallis que lo imagináramos en su lienzo «La muerte de Chatterton» (1856), desplomado sobre el triste camastro de su miserable buhardilla, con la palidez de la muerte presidiendo la escena.

Ediciones Cátedra publica en su colección «Letras Universales» una espléndida traducción de la obra teatral de De Vigny a cargo de Santiago R. Santerbás, responsable asimismo de una sabrosa introducción en la que se nos habla tanto de Alfred de Vigny como de Thomas Chatterton, su fuente de inspiración. Santerbás es un extraordinario traductor (de Stevenson, Proust y Benvenuto Cellini, entre otros), pero también un estupendo escritor del que resulta imposible olvidar, por citar solo un título, su libro «Tres pastiches victorianos» (Madrid, Hiperión, 1981), donde rendía homenaje a Dickens, Conan Doyle y Lewis Carroll, inventándose historias apócrifas sobre Mr. Pickwick, Sherlock Holmes y Alicia.










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