«Camino a Trinidad», estudiantes fascinados por el Che Guevara

«Camino a Trinidad» narra una época y también una épica. Lo primero porque hace referencia a un período en que[…]

«Camino a Trinidad» narra una época y también una épica. Lo primero porque hace referencia a un período en que aunque el «beatle» Lennon presumía de ser más conocido que Jesucristo, quien generaba un culto casi religioso en torno a su figura era un guerrillero decidido al martirio cuya insensata épica fue culminada en Bolivia en 1967, en La Higuera. Fue el fin que dio origen al mito. Murió Che Guevara, pero quedó su ejemplo para trastornar los sueños de los jóvenes que alentaron la idea de seguir sus pasos.

Tanto como el futuro, el pasado está plagado de enigmas y misterios que nos visitan con regularidad obsesiva para obligarnos a dar alguna explicación a las decisiones que han dirigido el curso de nuestra existencia. En la novela de José Andrés Rojo (La Paz, Bolivia, 1958), el protagonista teje y desteje las circunstancias en que, con menos de veinte años, fue dando a luz su ser íntimo y tomando conciencia del mundo exterior.

Transcurre el año 1977. Unos estudiantes conciben la idea -disparatada a pesar de la romántica idealización que aureolaba las guerrillas- de formar un grupo armado capaz de transformar la dictadura boliviana en un orden justo y nuevo, y deciden que para ello resulta imprescindible conseguir un arma.

Recuperar los fragmentos de cada vida particular para elucidar cómo pensaban y sentían aquellos universitarios acomodados, ajenos al combate y enajenados por una causa delirante, es el propósito de este recuento de personajes y recuerdos profanados por el tiempo y destruidos por él.

Apenas un verano

Nada queda de las llamas o la pasión de unas décadas atrás. La aventura duró apenas un verano en la vida del protagonista, aunque lo marcara para siempre. Consiguieron la pistola, que jamás llegó a dispararse, pero algo irreparable sucedió.

Porque al tiempo que esa lucha, paralela y soterrada, se va produciendo, sin embargo, la lucha verdadera, la que tiene lugar dentro del propio protagonista. A
cuciado por los misterios del pasado, el aprendiz de guerrillero trata de recomponer su propio retrato a través de cuanto le servía entonces de alimento espiritual; las conversaciones, las lecturas absorbentes y sobre todo, el Nietzsche de «Así habló Zaratustra», luminoso revolucionario del ser íntimo. Es tal vez en el filósofo alemán, quien hubo de descender a los abismos de la locura para alcanzar las respuestas más insondables sobre la verdad y la ética, en quien halla el porqué de su propia fascinación por unos acontecimientos que desde el presente le parecen el extravío de un joven en el que apenas cree reconocerse. Zaratustra le ayuda a comprender que «la sangre envenena incluso la teoría más pura» y la vida nada vale cuando la gobiernan el bien y el mal.

Y la lectura se vuelve más intensa, porque percibimos un temblor próximo al descubrir el riesgo que va tomando la búsqueda que el protagonista emprende buceando en su propio pasado y en el de los hechos que simultáneamente cercaron su vida: el que le advierte a través de los destinos desgraciados de los guerrilleros de Ñancahuazú y de Teoponte, o de sus propios amigos infortunados, que acaso él pudo haber sido uno de ellos.

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