Los refugiados ricos que salvaron a Trump
El magnate, en una mala racha, encontró ayuda en emigrados del antiguo imperio soviético
En la planta 78, un ruso que en su día fue acusado de tener conexiones con la mafia y de extorsión por un oligarca. En la planta 79, un joyero uzbeco al que se investigó por blanqueo de capitales y que finalmente murió ejecutado en una calle de Manhattan. Y cuatro plantas más arriba, un político ucraniano pro-Moscú cuyo partido contrató a un asesor de Donald Trump.
Cuando hace un par de décadas se inició la construcción de la Trump World Tower en el 845 United Nations Plaza como el edificio residencial más alto del país (90 pisos), las plantas más caras llamaron la atención de personas ricas que estaban sacando su dinero de lo que había sido la Unión Soviética. Trump necesitaba a los más derrochadores. Estaba en plena renegociación de unos bonos basura por valor de 1.800 millones de dólares para su complejo de Atlantic City y la torre se construía sobre la base de una montaña de deuda de la que debía responder ante los bancos alemanes. De hecho, el mismo Trump escribió en su libro The Art of the Comeback (El Arte de Volver): «Fue un duro golpe para mi ego y para mi orgullo ir a pedir limosna a los bancos».
La debilidad de Trump por Rusia sigue siendo un misterio sobre el que pueden darnos alguna que otra pista el enorme número de propiedades que ha vendido a personas vinculadas con las antiguas repúblicas soviéticas. «Hemos contado con importantes compradores de Rusia, Ucrania y Kazajstán», comenta Debra Stotts, una agente inmobiliaria que trabajó en habitar la torre. Las plantas más altas estuvieron años sin venderse. Sin embargo, en una tercera parte de las ventas hasta 2004 de propiedades situadas entre la planta 76 y la 83 participaron personas y sociedades de responsabilidad limitada vinculadas con Rusia y sus países vecinos, tal y como muestra una investigación realizada por Bloomberg. En el marco de este trabajo, se llevaron a cabo más de dos docenas de entrevistas y se revisaron centenares de registros públicos que se conservan en Nueva York.
Los años 90 fueron una época aleccionadora para Trump. Merece la pena destacar que entre aquellos que ayudaron a Trump a superar aquella década, hay personas por las que muestra una gran lealtad. Su consejera presidencial, Kellyanne Conway, y su abogado personal, Michael Cohen, compraron propiedades. Cohen también logró que su familia política ucraniana comprase. La mayor parte de los espacios se adquirieron antes de la construcción de la torre y no se hicieron públicos los precios. La Trump World Tower acabó convirtiéndose en un modelo para promociones futuras, con dinero procedente de ventas en Moscú.
Dos meses antes de que Trump iniciara el camino en octubre de 1998, Rusia incumplió su obligación de pago de 40.000 millones de dólares de deuda interna, el rublo se desplomó y algunos de los bancos más importantes comenzaron a hundirse. Los millonarios, en plena desbandada, sacaron el dinero con destino Nueva York. El sector inmobiliario es un puerto seguro para los inversores extranjeros. Plantea escasas exigencias de información y es una de las mejores maneras de mover capital de dudoso origen. En plena tormenta, los compradores se encontraron con una escasez de proyectos en los que meter la cabeza. La Trump World Tower, inaugurada en 2001, se convirtió en un destacado depósito para el dinero ruso.
Sam Kislin, inmigrante ucraniano, concedió hipotecas a compradores de apartamentos de varios millones de dólares situados en la World Tower. No es nada frecuente que personas físicas formalicen hipotecas para inmuebles de lujo estadounidenses y los préstamos para la torre son los únicos que Kislin ha hecho en Nueva York hasta la fecha, tal y como muestran los registros públicos.
Casi dos décadas antes, Kislin vendió a Trump unos 200 televisores a crédito. «Le di 30 días y me devolvió el dinero exactamente en 30 días», comenta Kislin, que en la actualidad tiene 82 años. «Nunca me dio ningún problema». Cuenta que los televisores eran para el Hotel Commodore, que Trump compró en 1976 junto con Hyatt Corp.
Trump compró los aparatos en una tienda de electrónica que Kislin abrió en Nueva York con Tamir Sapir, un inmigrante georgiano. La tienda se hizo muy conocida entre los soviéticos que querían comprar reproductores de VHS y grabadoras que llevarse a casa. Más tarde, Sapir se hizo rico comerciando con petróleo ruso. Invirtió sus ingresos en el sector inmobiliario neoyorkino y acabó convirtiéndose en uno de los socios promotores de Trump en Trump SoHo, que con frecuencia ha centrado las pesquisas sobre las conexiones financieras de Trump con Rusia y el dudoso dinero ruso. Sapir falleció en 2014.
Kislin recaudó fondos para la campaña a la alcaldía de Rudolph Giuliani y llevó millones de dólares al futuro sustituto de Trump. Kislin, al que en los años 90 investigó el FBI por cargos que incluían conexiones mafiosas y blanqueo de capitales procedentes de Rusia, nunca fue acusado y sigue defendiendo su inocencia.
En la Trump World Tower, Kislin otorgó una hipoteca para que comprase un apartamento en la planta 83 a Vasily Salygin, que más tarde tendría un cargo en el Partido de las Regiones ucraniano vinculado al presidente ruso Vladimir Putin. El tiempo que Salygin estuvo en el puesto, coincidió con la designación de Paul Manafort como asesor del partido. Manafort fue director de campaña de Trump hasta que llegaron las críticas, y su posterior renuncia, a causa de sus lazos con Rusia.
Los esfuerzos por vender propiedades en la Trump World Tower a rusos aumentó en 2002, cuando Sotheby's International Realty se unió a la compañía rusa Kirsanova Realty. Un evento celebrado en el moscovita, y elitista, Hotel Baltschug Kempinski bastó para presentar la torre, los complejos residenciales del Trump en el West Side y su edificio en Columbus Circle.
INVESTIGADO
Eduard Nektalov, un comerciante de diamantes nacido en Uzbekistán, compró una propiedad en la planta 79 justo debajo de Conway por 1,6 millones de dólares en julio de 2003. Fue investigado por los agentes federales por una supuesta trama de blanqueo de capitales que incluía la fundición de oro para que tuviera la apariencia de objetos cotidianos que después se enviaban a cárteles de droga colombianos. Nektalov vendió su propiedad un mes después de la compra y obtuvo un beneficio de 500.000 dólares. Menos de un año más tarde, Nektalov, del que se rumoreó que podría estar colaborando con las autoridades, fue abatido en la Sexta Avenida de Manhattan.
En la misma época en la que se levantó la torre, el promotor Gil Dezer, y su padre Michael, construyeron un complejo respaldado por Trump en Sunny Isles Beach, Florida. «A los rusos les encanta la marca Trump», comenta, y añade que rusos y ruso-estadounidenses han comprados unas 200 de las 2.000 propiedades en los edificios de Trump que ha construido. Cuenta que participaron en los proyectos de Trump entre 2001 y 2007, ayudándole a capear la crisis que vivió el sector inmobiliario.
«La Organización Trump es una marca global, y, es probable que, al igual que cualquier otra compañía inmobiliaria, haya contado entre los compradores de sus propiedades con personas de diferentes orígenes», comentó en un email Amanda Miller, vicepresidente de marketing de la organización. «La prensa muestra una y otra vez fascinación por crear una historia que sencillamente no existe, una historia que es falsa e inventada».
La agente inmobiliaria Stotts colaboró en el alquiler de apartamentos propiedad de quienes invirtieron en la World Tower. Su primera misión fue buscar un inquilino para el apartamento de Cohen, cuando éste se mudó al 502 de Park Avenue, un edificio que también pertenece a Trump. Tres meses después de que el New York Post publicase que Cohen y su familia política ucraniana habían comprado propiedades en la World Tower, Trump le contrató.
En 2008, su hijo mayor, Donald Jr., comentó: «Vemos mucho dinero que entra desde Rusia». Nunca ha quedado claro a qué se refería ni tampoco ha servido su frase para explicar la simpatía que Trump siente por Moscú. No obstante, parte de la respuesta puede hallarse en los cientos de millones de dólares que los edificios de apartamentos de Trump salvaron en una época de vulnerabilidad económica.