¿Deben ocultar Vegara y Sáenz las peticiones de liquidez?

A 30 de septiembre de este año de gracia de 2008, Banco Santander contaba con 2.251.033 accionistas. Una cifra extraordinaria[…]

A 30 de septiembre de este año de gracia de 2008, Banco Santander contaba con 2.251.033 accionistas. Una cifra extraordinaria aunque sea un 3,5% inferior a la de hace un año, conseguida a golpe de compras y absorciones siempre con canje de títulos por delante que contrasta con, por ejemplo, los 885.131 de su gran rival doméstico, BBVA.

Sin embargo, el consejero delegado del banco cántabro, Alfredo Sáenz, no es partidario de que se haga público -es decir, de poner en conocimiento de sus accionistas si llega el caso- el nombre de las entidades que acudan al fondo de rescate que el Gobierno de Zapatero ha puesto en marcha. Un fondo que Santander utilizará según "lo que más le convenga", como dijo el banquero de Bilbao en la presentación de resultados del tercer trimestre en la que el banco se proclama como el primero del mundo por beneficios.

Dice Sáenz que eso de poner negro sobre blanco el nombre de las entidades que recurren a la medidas del Gobierno tiene "un efecto reputacional negativo y posiblemente desproporcionado" porque el mercado puede entender que esos bancos o cajas están en apuros. Es que, precisamente, de eso se trata, señor Sáenz. De que los accionistas e inversores del banco tengan toda la información y puedan decidir con todos los datos en la mano si siguen confiando su dinero a tal o cual institución.

¿Acaso no es ese el espíritu de Ley del Mercado de Valores? ¿No es la obligación de la CNMV que todos los accionistas tengan la misma información y al mismo tiempo? ¿Cómo se come que el presidente Botín y el resto de los ejecutivos del banco que también son accionistas tomen decisiones cuyo contenido se niega al conjunto de la comunidad financiera? Lo peor es que David Vegara, el secretario de Estado de Economía, no ha tardado ni 24 horas en dar la razón a Sáenz y ha dicho que la publicidad estigmatizaría a las entidades. Menos mal que BBVA sí está a favor de la luz y de los taquígrafos, lo que por cierto no es más que seguir el ejemplo del resto de Europa.

Veremos si con la postura oficial de Vegara ya en los medios, el discreto Julio Segura y su equipo de profesionales del supervisor bursátil frenan, por la parte de la protección de los inversores que les toca, cualquier intento de ataque desde el sector financiero a la necesaria transparencia de un fondo de rescate constituido para mas inri con dinero público y cuyo objetivo final es aumentar la liquidez en el mercado. Es decir, que entre otras cosas los particulares y las empresas españolas vean abierta una espita, la del crédito, cerrada hoy casi a cal y canto. También tienen derecho los clientes a poner el grito en el cielo si su banco o caja no les abre el grifo después de engancharse a la ayuda pública. Cuidado, no vaya a ser que nuestro sistema financiero se suba al fondo para comprar Letras del Tesoro.

En esas estamos mientras en todo el mundo suenan vientos de control y transparencia. No es de ley que el Gobierno y el principal banco del país se posicionen en el otro lado de la balanza -por mucho que el objetivo final sea proteger al sector- cuando de pedir se trata. Cuando se cotiza en bolsa y se carga en las espaldas con más de dos millones de accionistas, en la foto hay que salir en las buenas y en las malas. Ya deberían estar acostumbradas nuestras empresas a retratarse. Lo hacen diariamente a través de hechos relevantes tantas veces insignificantes y quieren quitarse de en medio ahora, cuando se trata de medir -a través de sus necesidades de liquidez- el impacto o un parte del mismo que una crisis sin precedentes tiene en las entidades que tiene al personal -clientes y accionistas, de los nervios. ¿Dónde está el buen gobierno del que tanto presumen?

Por esa regla de tres, debería prohibirse también que sea público el nombre de los brokers que operan cada día en bolsa, no vaya a ser que consigamos pistas de dónde desinvierte cada cual en estos tiempos en los que la liquidez en un tesoro y se interprete también como un síntoma de debilidad. Alguien debería recordar a nuestros directivos que no hay nada más desestabilizador que la ocultación. Sobre todo, para los accionistas.

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