Primer mandamiento: comprar sólo lo que se entiende
Tengo un amigo que hace unos años, debutante por entonces sobre las cuatro ruedas, se compró el coche más grande,[…]
Tengo un amigo que hace unos años, debutante por entonces sobre las cuatro ruedas, se compró el coche más grande, potente y caro del mercado. Cuando los más cercanos le intentamos convencer de que empezara con uno más pequeño, más barato y más adecuado a sus necesidades -lo utilizaba para ir a trabajar en trayectos de diez minutos- nos miró con la suficiencia de quien se queda perplejo con el tamaño: "Yo sé lo que me hago".
Meses después, la cartera no le daba para reparaciones, el seguro le condicionaba cada fin de mes y aquel bicharraco imponente acabó durmiendo en la calle. Y como ya se pueden imaginar, en manos de otro. En paradero desconocido, mientras el taxímetro del préstamo personal seguía corriendo. El problema no era el coche: era mi amigo. Ni entendió las prestaciones del vehículo, ni cálculo el riesgo financiero de una operación que le venía grande, por desconocimiento.
Algo así le ha ocurrido a muchos de los inversores particulares hoy pillados en Santander Banif Inmobiliario. O no les han explicado el producto o no se han leído el libro de instrucciones de lo que compran. Pero la realidad es tan dura como que un producto que muchos habían adquirido para que lo heredaran sus hijos hoy es pasto de una suspensión de pagos como una catedral. Como el coche de mi amigo, la inversión de muchos no ha pasado ni el período de rodaje.
En esas estamos mientras se recrudece el debate sobre si el banco debe restituir a los inversores el importe de sus pérdidas. Es decir, sobre si es justo que pague la entidad por el desconocimiento de los ahorradores, que es lo mismo que cuestionarse si es justo que paguen los accionistas. Y aquí la cosa cambia. A nadie se le escapa que en este país la inmensa mayoría de los productos se venden en las oficinas bancarias, que el nivel de los empleados de las mismas es como mucho de aprobado raspadillo y que cuando una red de sucursales se pone un objetivo entre ceja y ceja no hay quien la pare. Ni la de Santander ni la de ningún otro banco español. ¿Se acuerdan de los fondos garantizados? ¿O de los de deuda en la crisis de los noventa, cuando había que explicar a los clientes que en los fondos de renta fija también se podía perder dinero?
La ventaja de los afectados ahora en Santander Banif Inmobiliario -como en BBVA Propiedad hace apenas tres meses-, es que muchos de ellos son también clientes del banco. Y una gran parte, también accionistas. Gracias a ello no se van a marchar con las manos vacías. Un cliente siempre es un cliente y más estos tiempos que corren.
Vienen estas consideraciones a cuento de una crisis que ha dejado ya un batallón de víctimas atrapadas en productos complejos y caros -los fondos inmobiliarios tienen un hándicap llamado liquidez y unas comisiones muy altas- que nos dejan una lección que conviene no olvidar: sólo se debe comprar aquello que se entiende desde la primera letra hasta la última.
Pronto le contarán en el banco que hay fondos renta fija corporativa -la que en forma de bonos sobre todo emiten las empresas para financiarse- que van a ser los mejores a partir de ahora. No les estarán mintiendo, pero tampoco les estará contando toda la verdad. Escuchen, pregúntenlo todo y asegúrense que son capaces de acomodarse a las características de ese fondo y que su economía se los permite. ¿Se compraría un Ferrari para ir a comprar el periódico por las mañanas? Mi amigo ya ha escarmentado. Tiene un utilitario de lo más sencillo y está tan feliz.