Ultima Thule

Son «marinos, que cantaban como conquistadores», los que en el poema de Apollinaire evocan el abismo entre cuyas fauces se despliega un destino humano: «entre la sima de Thule y los dulces cielos de Ofir»: entre la oscuridad inaccesible de los hielos polares, en los cuales la luz nunca impera, y el misterioso paraíso meridional, del cual las naves, cada tres años, aportaban al rey Salomón su exuberante cargamento de oro, diamantes, plata y maderas preciosas. Entre dos inaccesibles absolutos, oscila el péndulo de la nostalgia humana. Y ese péndulo vuelve en cada recodo. Lo hace ahora bajo máscara de un trivial artefacto: una nave espacial que traza a tiralíneas nuestros límites.

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