Trump tarda dos días en romper amarras con el supremacismo blanco

Donald Trump dio al fin el paso. Con un retraso de 48 horas desde que la joven Heather Heyer muriera en Charlottesville, víctima del brutal atropello del coche que conducía un neonazi, el presidente rompió con los grupos de extrema derecha, a los que tachó de «criminales y repugnantes para todo lo que los americanos amamos». En una comparecencia que no estaba prevista, y tras reunirse con el Fiscal General, Jeff Sessions, y el director del FBI, Christopher A. Wray, el inquilino de la Casa Blanca, presionado por la creciente indignación después de su equidistante lectura de los disturbios de Charlottesville, rompió amarras con «los supremacistas blancos, el Ku Klux Klan, los neonazis y cualquier otro que actúe con intolerancia».

Las palabras de Trump siguieron a la condena rotunda que había pronunciado antes su propio vicepresidente, Mike Pence, así como al anuncio de Sessions de considerar el ataque de Charlottesville como «terrorismo doméstico», en un paso políticamente inequívoco. Si a ello sumamos el contundente desmarque republicano, al presidente le quedaba poco margen para seguir contemporizando con los grupos radicales que le respaldaron en las urnas el pasado noviembre.

En un discurso leído y tras el que no admitió preguntas, Trump intentó salir al paso de las numerosas críticas recibidas, proclamando algunas frases con principios básicos que la mayoría de los norteamericanos habría esperado de su presidente el pasado sábado. Tras identificar al «racismo» con el «mal», Trump proclamó que «todos hemos sido creados iguales», lo que le permitió concluir que «todos somos iguales ante la ley y la Constitución de los Estados Unidos».

Por las ramas

Quizá para dar menos importancia a su posterior alusión a Charlottesville, su intervención comenzó con las medidas impulsadas para combatir la competencia desleal de China en materia de comercio y con el pomposo anuncio de que la nueva Administración «ha creado ya un millón de puestos de trabajo». A continuación, el presidente abordó los sucesos que han conmocionado al país. Primero, intentó justificar el trabajo de su equipo, al asegurar que su Administración había abierto una investigación para «hacer justicia» después de que «perdiera la vida una persona inocente». Más tarde, en un tono elocuente, Trump intentó que quedara muy clara su condena expresa de los supremacistas. Precisamente, la posible salida de la Casa Blanca de uno de los más célebres representantes de este movimiento, el asesor Steve Bannon, se ha convertido en exigencia desde algunos sectores republicanos.

El reparto de culpas a la «violencia de todos lados» que hizo Trump tras el atropello de Charlottesville fue entendido como una resistencia a responsabilizar a los grupos de extrema derecha. Pese a defender la posición del presidente, Pence se había adelantado ayer a denunciar «el odio», una presión añadida a la que el presidente había acumulado. Además, al no citar por su nombre a los supremacistas, Trump había quedado políticamente a la intemperie, después de sus continuas críticas a Obama y a los demócratas por no ser más preciso y referirse a los atentados yihadistas como «terrorismo radical islamista».

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