«Si vomito o tomo un poco de azúcar o aceite ¿puedo seguir bebiendo?»

Las clases en el Instituto Grande Covián de Arganda del Rey no han sido esta semana igual que las de siempre. La clase de las 12.30 del miércoles pasado fue reemplazada por una charla impartida por una chica joven, de apareciencia adolescente. Entró, y ante el silencio de los alumnos de 1º de Bachillerato, se presentó: «Soy de la Fundación Alcohol y Sociedad (FAS) y vengo a hablaros del consumo de alcohol». Antes de que aparezcan las primeras reacciones, se apresuró: «Sé que pensáis que ya sabéis cosas, pero os ayudaré a desmontar muchos mitos y os daré información sobre qué es el alcohol, cómo lo absorbe vuestro cuerpo, las razones por las que no debéis beber y las consecuencias del abuso».

La participación de los 20 alumnos de la clase es escasa al principio. La información empieza a recorrer el aula, y lo que parece evidente sobre el alcohol («es soluble, entra por el esófago, atraviesa el estómago y entra al intestino delgado desde donde pasa a la circulación sanguínea en tan solo cinco minutos...») deriva en caras de sorpresa y silencio sepulcral cuando llega a lo menos obvio: «Las mujeres tardan más en metabolizar el alcohol porque tenemos menos agua y más grasa que los hombres»; «El abuso puede generar problemas hepáticos, insuficiencia cardiaca, úlceras en el estómago, inflamación del páncreas, desnutrición, trastornos de ansiedad...».

Las dudas, aunque la monitora de FAS repita por activa y por pasiva que los menores no pueden beber saltan a borbotones: «¿Puedo perder la memoria?»; «Si una mujer está embarazada pero no lo sabe y bebe, ¿qué le puede pasar al bebé? ¿Si además de alcohol, fumo tabaco, cannabis o cachimba, el nivel de alcoholemia aumenta?».

Las respuestas son todas desesperanzadoras. Y en parte, es lo que buscan en FAS: que el hecho de conocer los daños genere conciencia en la gente joven. Con el mismo tipo de clase pero con alumnos de 1º de la ESO de Nuestra Señora del Recuerdo, en Madrid, las preguntas de los jóvenes se centran en la pérdida de memoria o disminución del rendimiento escolar. La monitoria, insiste: «El cuerpo de un menor de edad no está físicamente preparado para asimilar el alcohol como el de un adulto, puede interferir en el crecimiento, reducir la capacidad de aprendizaje, las habilidades sociales, intelectuales y la sexualidad».

Retrasar la edad de inicio

Otro de los objetivos de estas charlas de FAS es desmontar mitos. La clase plantea cuestiones sobre el alcohol como: «¿El azúcar puede reducir el nivel de alcoholemia y se puede seguir bebiendo?»; «¿Lo hace también un vaso de aceite?»; «¿Los vómitos o una ducha fría ayudan?»; «¿Orinar o dormir bajan el alcohol?», especulaban los jóvenes. La monitora se encarga de desmontar estas falsas creencias. «La única manera de reducir el nivel de alcoholemia es esperar y dejar que el hígado lo metabolice».

Lo que quiere la Fundación, aparte de explicar los efectos del alcohol, es prevenir. «Tenemos con este programa tres objetivos muy claros: retrasar la edad de inicio de consumo, porque cuanto menor es la edad, menos capaz es el cuerpo de metabolizar el alcohol; reducir el número de menores que consumen alcohol, y por último, sabiendo que hay menores de edad que beben, recudir la cantidad que ingieren», explica Bosco Torremocha García de la Rasilla, director de FAS.

El programa funciona en tres comunidades autónomas: Madrid, Cataluña y Andalucía y llega a jóvenes de centros educativos, tanto públicos como concertados y privados de entre 12 y 18 años. «Ponemos especial foco en los jóvenes que tienen entre 12 y 16 porque queremos evitar que se produzca el consumo experimental y actuar en el momento en que este pasa a ser compulsivo».

Tres objetivos

De sus tres objetivos, se han cumplido los dos primeros. «Hemos hecho estudios longitudinales con la Universidad de Deusto que nos han permitido evaluar a los mismos jóvenes con 12, 14 y 16 años para comprobar si cambiaban los hábitos. Tomamos una muestra de 1.700 chicos que recibieron las charlas, y otros 1.700 que no. Los datos nos demuestran que aquellos que recieron la formación perciben ahora mejor los riesgos que tiene el consumo y siete de cada diez aseguró que dejaría de beber», asegura Torremocha.

En resumen, «cada vez hay menos jóvenes que beben pero los que lo hacen, en vez de reducir, aumentan el consumo y hacen un peor uso del alcohol», lamenta Torremocha, que apunta que para lograr que los que beben dejen de hacerlo hay que extender el programa a todo el país. «Primero hay que prevenir para luego poder actuar sobre los que están consumiendo, pero esto no podemos hacerlo solos.

Tratamos a 110.000 alumnos al año, mientras que la Generalitat, con un programa similar, trató a 130.000 en cinco. Sin embargo, hace falta más, necesitamos voluntad política de apoyo a la prevención, que cuesta dinero y no tiene resultados rápidos».

Los datos de la Encuesta sobre Uso de Drogas en Estudiantes de Enseñanzas Secundarias (Estudes) 2014-2015, elaborado por el Ministerio de Sanidad parecen avalar la información de FAS. «El consumo de drogas en la población escolar de entre 14 y 18 años ha disminuido en nuestro país en los últimos dos años.

Esta reducción se observa en todas las sustancias psicoactivas analizadas, hasta un total de 18, aunque se da de forma más acusada en los consumos intensivos de alcohol (borracheras y consumo en atracón)», señala el informe publicado el año pasado. Pero en este estudio también se asegura que disminuye la disponibilidad percibida para todas las drogas, excepto para el alcohol.

Imitar al grupo

Ese es precisamente uno de los problemas que ven los jóvenes, cuando hablan, una vez terminada la formación. «Siempre hay alguien que puede comprar las botellas por ti», admite Victoria.

Ninguno de ellos, salvo mínimas excepciones, niega beber aunque lo tengan prohibido. «Me pareció buena la charla, nos han aclarado muchas cosas en las que estábamos confundidos. Pero sí, bebo. Eso sí, no todos los ?findes? sino en ocasiones especiales, como las fiestas del pueblo, Nochevieja, carnaval, etc.», cuenta Lucía. «Pensaré en esta charla al volver a casa lógicamente, pero no sé si dejaré de beber», confiesa Melisa. Aunque hay excepciones: «No me gusta beber, hago deporte y no le veo utilidad», admite Andrei.

La mayoría coincide en que se bebe porque lo hace el grupo y se sienten bien al hacerlo. «Lo hace todo el mundo, y al final, es para socializar de alguna manera», dice Melisa. «Muchos lo hacen para perder la vergüenza», explica Celia. En esto insiste tanto Torremocha: «Necesitamos menores responsables y reducir la presión de grupo, conseguir que el menor tenga más capacidad de responsabilidad en las decisiones que toma por sí mismo», concluye.

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