Mirada compasiva

Murillo es una apuesta segura, como atestiguan las cifras de visitantes a las exposiciones que conmemoran su centenario. No hace falta engordarlas con las de las visitas a la Catedral hasta redondear el medio millón que el Ayuntamiento proclamó triunfante ayer porque el tirón en el Museo de Bellas Artes, completando en tres meses la mitad de las visitas de un año entero, corrobora el éxito de crítica y público. Murillo es atractivo para el espectador del siglo XXI aunque la iluminación de algunas salas de Santa Clara deja tanto que desear que no extrañaría que la incidencia de lesiones cervicales en los visitantes sufriera un incremento nada desdeñable en los próximos meses. Digamos que el valor del pintor sevillano es imperecedero, aunque no siempre haya sido así: precisamente uno de los objetivos no explícitos de este aniversario es rescatar la maestría del artista de la ramplona simplificación a la que se vio sometido durante décadas como consecuencia de su banalización y trivialización.

Pero la dulzura que irradia la «Virgen con el Niño» del Palazzo Pitti, por ejemplo, puede con todo eso. Es tan cautivador el retrato de esa madre con su hijo en brazos y destila tan hermosos sentimientos que no es de extrañar que Murillo sea apreciado por el gran público tanto como denostado por los eruditos a la violeta incapaces de conmoverse con algo intrínsecamente bello sin doblez alguno. Gran parte del arte contemporáneo ya había rehusado hace tiempo el camino de la belleza y otra porción también había abjurado de la búsqueda de la bondad hasta caer en la aberración de que se presente como arte lo que abiertamente contradice la verdad, leáse el caso de la fotoinstalación de Santiago Sierra sobre los presos políticos que buscaba ávidamente el escándalo por el escándalo. Por eso, volver a Murillo resulta siempre un bálsamo. El artista nos devuelve en sus lienzos su preferencia por la mirada compasiva que tanto prodigó en aquella Sevilla del siglo XVII asolada por la peste y la miseria. Sus picaruelos, sus mujeres y hasta sus vírgenes tienen el aire de quien dedica una mirada de misericordia al prójimo. Eso es precisamente lo que cautiva de Murillo. En medio de tanto feísmo y tanto artista regodeándose en lo abyecto y ponzoñoso de las miserias humanas, acercarse a los murillos -los de la Caridad, por ejemplo- es aproximarse a un mundo que no ha perdido la esperanza con toda su carga intacta de virtud.

Desde hace algunas semanas, una frase me repiquetea en la cabeza: la misericordia triunfa sobre los juicios de la razón. Justamente es esa la visión, la mirada compasiva que salva el mundo de la inhumanidad y la irracionalidad, con que los cuadros de Murillo me atraen como un imán.

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