Los rastros de la catástrofe

Esta interesante y sugestiva exposición, compleja y ambiciosa, nos lleva a uno de los periodos más duros y sombríos de[…]

Esta interesante y sugestiva exposición, compleja y ambiciosa, nos lleva a uno de los periodos más duros y sombríos de la Historia contemporánea: las dos décadas que van de 1945 a 1965. El mundo se había visto desgarrado hasta el límite por una guerra de intensa destrucción masiva, con una aplicación tan extrema de la violencia que poblaciones humanas y ciudades enteras fueron aniquiladas. Todo ello, consecuencia de la expansión de la tecnología y de su aplicación militar, con ese punto extremo que tuvo lugar en Japón, con las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki en 1945.

Tras la devastación, había que levantarse. Algo que fueron haciendo las generaciones que tuvieron que experimentar esa dramática experiencia del mundo hecho pedazos. ¿Y el arte? En consideración retrospectiva, resulta evidente que nada podría volver a ser como antes. El gran sueño de las vanguardias ?llevar a los seres humanos a una sociedad nueva a través del arte? había quedado definitivamente roto. El arte no tenía capacidad de resistencia, y mucho menos de confrontación, ante la violencia militar masiva.

Banda sonora de época

Esa «música» resuena con intensidad en las «Tesis sobre filosofía de la historia», de Benjamin, escritas a partir de 1940. Y de modo especial, en referencia a la obra «Angelus Novus», de Paul Klee, al que identifica con «el ángel de la Historia». Con su rostro vuelto «hacia el pasado».

«Lo nunca visto» propone una síntesis de cómo se enfrentó el arte a esa situación por medio de unas 170 obras, documentos y filmaciones, procedentes de colecciones diversas, entre las que destaca el gran número que proviene de la Fondation Gandur pour l?Art, fundada en Ginebra en 2010 y que lleva el nombre de su impulsor, el coleccionista Jean Claude Gandur. Con un montaje sobrio y equilibrado, podemos ver pinturas y fotos de un amplio registro de autores. Entre los pintores, Alechinsky, Karel Appel, Alberto Burri, Jean Fautrier, Dubuffet, Georges Mathieu, Emilio Vedova, Pierre Soulages, Wols, Saura, Canogar, Millares, Zóbel, Torner, Feito y un grupo de artistas checos: Jan Klobasa, Pavla Mautnerová o J. Valenta, prácticamente desconocidos aquí.

Las obras en conjunto son signo rotundo de la pluralidad del arte de nuestro tiempo

Tampoco resultan conocidos los fotógrafos: Kikuji Kawada, Hermann Claasen, Helmut Lederer, Otto Steinert, o el español Francisco Gómez, aunque sus trabajos resulten de gran interés. También se muestran obras que rompen las limitaciones tradicionales de géneros y soportes, como son los casos de Vostell, F. Dufrêne, J. Villeglé, Raymond Hains y Mimmo Rotella.

Resulta obvio que el objetivo central de la muestra es trazar una panorámica de conjunto, y por ello no siempre estamos ante las obras más destacadas de esos artistas. Pero recorriendo la exposición, pienso que alcanzamos a comprender una cuestión decisiva: tras la devastación de la guerra, el arte tuvo necesariamente que abrirse a una reformulación integral de sus propuestas, procedimientos y soportes. Se abría así paso la vía de la mezcla e intersección de los distintos registros, que acabaría estableciendo el carácter multimedia como rasgo definitorio de las artes visuales en el mundo actual. Y esto resulta de un gran interés.

Las formas del arte

Hay, en cambio, otra cuestión que considero bastante problemática. Me refiero a la utilización del rótulo «informalismo», que lleva por ejemplo a la afirmación de que «cuando lo que se deforma es la forma misma de lo real, los artistas pueden decidir, en vez de representar la destrucción de la forma, escenificar el drama de lo informe en las mismas obras de arte».

¿Un arte «informe», sin formas? Ciertamente, la etiqueta «informalismo» para caracterizar más una actitud plástica en este periodo que estrictamente un movimiento artístico está consolidada en los manuales de Historia del arte. Pero desde un punto de vista teórico, y precisamente tomando en consideración las obras llamadas «informalistas», es un término completamente inconsistente. Descomponer o desgarrar las formas plásticas tradicionales no supone en ningún caso que se pueda hacer arte sin formas. Es todo un contrasentido en sí mismo. Lo podemos apreciar en todas las obras de «Lo nunca visto»: rastros, líneas, manchas y planos de color, «collages» de materiales diversos, se articulan en todo momento como formas plásticas.

Tras la devastación de la guerra, el arte tuvo que abrirse a una reformulación integral de sus propuestas, procedimientos y soportes

Algo similar sucede con otro rótulo que también ha tenido bastante aplicación en el arte del siglo XX: el de «abstracción». En este caso, la confusión tiene que ver con la identificación entre abstracción y no figuración. Pero que las formas no se construyan como representaciones de figuras no implica que se pueda por ello hablar de «arte abstracto» de manera distintiva, como si el arte en el que hay figuración no fuera abstracto. A lo largo de su desarrollo histórico, desde su primer reconocimiento en la Grecia clásica, el arte ha sido siempre abstracto, precisamente como reconocimiento de la autonomía de la forma plástica. No está de más pensar en un ejemplo concreto: ¿existe una obra con un grado de abstracción más intenso que el que vemos y sentimos en «Las Meninas», de Velázquez?

Los artistas que forman el conjunto son en sí mismos un signo rotundo de la pluralidad expresiva del arte de nuestro tiempo, que es imposible encerrar en un rótulo homogéneo. Encontramos propuestas gestualistas, formas pretendidamente directas de expresión del cuerpo en la obra, aunque el cuerpo es indisociable de la mente. Y también descomposición o desconstrucción de los lenguajes, con todo tipo de procedimientos, algo central en las magníficas piezas de Vostell, Hains y Rotella. Podemos también apreciar en las fotos los rastros sinuosos y fugaces de lo que ya no es, y que resuenan como eco formal de algo que desapareció.

Y como síntesis final, no se pierdan la obra de grandes dimensiones de Emilio Vedova « Choque de situaciones ?59», que podría servir como emblema de esta sugestiva exposición. Una pintura abierta, de una gran belleza e intensidad plástica, en la que la forma pictórica se articula como multiplicidad gestual de registros confrontados y superpuestos. Como nuestra mirada cuando se dirige hacia atrás, hacia el terrible pasado, y alcanzamos a ver los rastros de la catástrofe.


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