La prostitución del PSOE

Pagar putas con dinero público no era un escándalo cuando había talento. El Museo de Arte Moderno de Nueva York soltó 28.000 dólares por «Las señoritas de la calle de Avinyó» de Picasso, con lo furcias que eran aquellas muchachas de senos triangulares, y a Sabina lo han contratado centenares de ayuntamientos para cantarle a «Viridiana», la gran rabiza de su repertorio. Las feministas subvencionadas se escandalizan ahora por el asunto de la prostitución, pero desde las hieródulas de la antigua Mesopotamia, todas las civilizaciones han frecuentado la esquina donde se venden los besos a granel. Pompeya es un nido de lupanares esculpidos bajo la lava para certificar el poder de Scylla, la meretriz romana que retó a Mesalina a devorar más hombres que ella en una sola noche. Y así podemos llegar hasta las más eximias figuras del putaísmo artístico, desde Areúsa en «La Celestina» a Delgadina en la obra de Gabriel García Márquez, personajes todos que se estudian actualmente en los colegios públicos. Quiero decir que la relación entre las minoristas del sexo y la Administración tiene muchos puntos de vista. Por eso hay que analizar con calma las saturnales del señor de la Junta de Andalucía que presidía una fundación creada para dar trabajo a familiares de socialistas. Lo de este hombre no es exactamente artístico, pero sí meritorio. Cargó al erario sus desahogos testiculares en mancebías de varias provincias para completar el repertorio del desmadre andaluz, en el que ya conocíamos los despilfarros en cocaína con dinero de los ERE. Todo el mundo sabe que para alcanzar un nivel alto de golfería, además de esnifar, hay que convidar a luces de colores. Así que en la Junta cumplieron el requisito y se dejaron en izas más de 35.000 euros.

El gran escándalo de Andalucía, por tanto, no es que un cargo político se haya pegado estas juergas tan denigrantes con dinero público porque, como dijo la vicepresidenta Carmen Calvo, el dinero público no es de nadie y así se pagaron también las fulanas picassianas. Lo peor de esta inmundicia es que en la Junta sabían lo que estaba pasando y lo ocultaron, tal vez porque en aquellas bacanales participaron personas a las que hay que proteger, o tal vez porque es la propia institución la que está prostituida después de 40 años en el poder. O las dos cosas. Quizás la gran casa de lenocinio de Andalucía sea la propia Junta porque es donde más tiempo lleva el PSOE, que ha vendido algo mucho más caro que el cuerpo: su alma. Sánchez se la ha vendido a independentistas y etarras. Y Susana Díaz, a su red clientelar. Este caso es un buen ejemplo: allí donde el socialismo ha defendido con más palabrería la igualdad de la mujer es donde más la ha humillado. Por eso tantos andaluces estamos hartos e indignados. No porque unos cuantos se hayan ido de putas con nuestro dinero, sino porque están puteando con su régimen venéreo, y sin un poco de arte al menos con el que justificar sus vicios, nuestro progreso.

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