Hobbits

Roger Scruton, de 73 años, es un curioso filósofo inglés de Cambridge, cuyo encanto radica en su defensa desacomplejada del conservadurismo. Contra el tópico, se atreve a presentarlo como lo contrario del materialismo. Resumiendo mucho, defiende la iniciativa de los seres humanos frente a la deshumanización y aboga por recuperar una verdad moral de la vida, más allá de la científica. Scurton se hizo conservador de mozo, tras ser testigo del mayo del 68 parisino, que lo espantó por su infantilismo. En la era del totalitarismo soviético ayudó a forjar pequeños espacios clandestinos de debate al otro lado del Telón de Acero. El pensador inglés enseña que el conservadurismo es una ideología de síntesis, que picotea lo mejor de otras tendencias para establecer un consenso sobre el que avanzar. Admite aciertos del socialismo y el ecologismo, pero les achaca tres fallos: han despreciado la autoridad de Dios, el valor de la tradición y el derecho de cada individuo a vivir su vida como le plazca. No le falta razón.

Scruton, al que la Reina elevó a sir el año pasado, es además un personaje. Pelazo llamativo y tez colorada, acorde a su condición de sommelier experto y contumaz. Uno de sus libros se titula: «Bebo, luego existo. Guía del vino de un filósofo». También ha escrito libretos de óperas, novelas y un ensayo sobre sexo. En general me gusta, por eso me decepciona el artículo brexitero que ha publicado sobre el lugar de su país en el mundo, una simplona oda nacionalista inglesa. No aporta razones. Todo lo reduce a una apelación sentimental evanescente: Gran Bretaña «es el país al que pertenecemos, el lugar que podemos identificar como nuestra casa, donde puedes confiar en sus habitantes y que está protegido por un poder soberano único». Tal es su argumento contra la UE. Tras leer la pieza sentimentaloide me quedé pensando que me sonaba. Primero me vino a la mente el separatismo catalán, claro. Pero luego las palabras de Scruton me recordaron a los hobbits de Tolkien, felices en su umbría y bucólica Comarca, una campiña fértil, donde moran en armonía y por las noches se solazan fumando en pipa, trasegando cerveza y contando viejos cuentos al calor de la lumbre. Un mundo perfecto en un país encantador. El problema, ay, es que los hobbits no vivían solos. Su espléndido aislamiento era un camelo. Ahí fuera crecía la amenaza de Mordor, el Señor Oscuro, y resultó que no podían afrontarla solos. Fue necesario que hobbits, elfos, enanos y humanos tejiesen una alianza de intereses comunes, pues individualmente no se bastaban para encarar los desafíos del mundo real.

Ayer, en unas entrevistas surrealistas, que empiezan a evocar de manera tragicómica a los huéspedes de ciertas instituciones que se declaran Napoleón, el Prófugo de Flandes proclamó que la UE es «un club de países decadentes y obsoletos» y que los catalanes necesitan un nuevo referéndum -¡otro!- para abandonar tal engendro. Hobbits extraviados en la niebla de sus fantasías autárquicas. Tal vez Gandalf se le aparezca en sus paseos por Brujas y lo baje de la nube de kif. Mientras tanto, todavía habrá catalanes que le voten. Ellos son el problema.

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