España, ante el reto de convivir con una deuda del 100%

La estabilidad política, el crecimiento y los bajos tipos, las claves para compensar la mayor vulnerabilidad por el elevado pasivo

«Cualquier país cuya deuda supera el 100% del PIB se adentra en una espiral de problemas de todo orden del que es difícil salir». Con estas casi apocalípticas palabras el expresidente José María Aznar advirtió hace un mes de los riesgos de traspasar esa simbólica barrera que supone para un país deber el equivalente a todo lo que produce en un año. Y España lleva coqueteando con esa frontera desde el año pasado, hasta el punto de que en marzo la superó, algo que no ocurría desde 1909, cuando España tuvo que asumir gran parte de la deuda de las recién independizadas Cuba y Filipinas.

Es cierto que el dato relevante es el del final de año. Por eso el Gobierno mantiene el objetivo del 99,1% para 2016 y advierte de que los picos que se produzcan durante el ejercicio tienen que ver con los calendarios de vencimiento. De hecho, en abril -último dato disponible- el pasivo volvió a situarse por detrás de esa barrera. En cualquier caso, los expertos avisan de las vulnerabilidades que supone para la economía una deuda tan elevada que podría provocar las dudas de los inversores si los vientos de cola que ahora soplan a favor -bajos tipos de interés, compra de deuda del BCE- desparecen. Y en algún momento lo harán. Por eso España se encuentra ante el reto de convivir con una deuda cercana al 100% del PIB durante algún tiempo.

Antes de la crisis era impensable que la deuda pública española alcanzase niveles tan elevados. En 2007 apenas rondaba el 35% y desde entonces se ha disparado en casi 700.000 millones. Un incremento defendido siempre desde el Ejecutivo como necesario para hacer frente a las mayores necesidades de financiación (prestaciones por desempleo, pensiones o los propios intereses de la deuda) y para cubrir el déficit de cada año. Sin embargo, este crecimiento exponencial del pasivo no es único de España y ha asolado a todos los países de la UE en mayor o menor medida desde 2008. Así por ejemplo, Francia también ha incrementado su pasivo 30 puntos en ese periodo hasta el 96,1%. Incluso la todopoderosa Alemania vio subir el pasivo al 81% en 2010, aunque los superávits posteriores le han permitido reducirlo al 71% en 2015.

Es cierto que España no está acostumbrada a estos niveles de deuda, pero países como Italia conviven con un pasivo que superó esta barrera psicológica hace tiempo y el año pasado acabó por encima del 132%. También Japón, con un pasivo récord de más del 200%. Sin embargo, nadie duda de la competitividad de ambas economías. «En ambos casos la deuda no depende tanto de inversores extranjeros como en España, sino que hay un mayor porcentaje en manos de acreedores nacionales», explica el profesor del departamento de Economía del IESE Antonio Argandoña. Esto permite una mayor estabilidad en periodos convulsos.

Sin embargo, los datos del Tesoro Público demuestran que en España una gran parte del pasivo, casi la mitad, se encuentra en manos extranjeras. En concreto, los inversores no residentes acumularon en 2015 el 46,9% de la cartera de deuda a vencimiento (es decir, sin repos ni otras operaciones de recompra). Esto supone que 370.000 millones del pasivo están en posesión de inversores internacionales. Si se compara con la situación previa a la crisis apenas se ha incrementado, ya que en 2007 suponía el 45%, aunque cuantitativamente casi se ha triplicado (127.220 millones). Pero entre ambas fechas se produjeron graves turbulencias en los mercados que pusieron de relevancia la fragilidad de tener gran parte de la deuda en tenedores extranjeros. De hecho, en 2011 y 2012 los inversores internacionales rebajaron su exposición a la deuda española en diez puntos hasta el 35%, coincidiendo justo con los peores momentos de la crisis. Y los que se quedaron exigieron intereses muy elevados cercanos al 7% para el bono a diez años (ahora apenas se sitúa en el 1,15%).

En manos del BCE

Además de la distinta composición de los tenedores de deuda, otra importante diferencia que hace a España más vulnerable por este pasivo elevado en comparación a Italia es que el déficit público español es más elevado que el transalpino. y también el desempleo. «La deuda no es un problema mientras haya demanda en los mercados», señala el profesor del IESE. Este experto reconoce que la coyuntura económica internacional, con bajos tipos de interés y una política expansiva del BCE, supone una ventaja para España. «El BCE está comprando cantidades ingentes de deuda. Mientras que continúe así no hay problemas. Pero dentro de un año puede que deje de comprar», advierte. Y sería en ese momento cuando podrían aparecer los problemas si España no ha reducido su pasivo lo suficiente. «El problema es que dependemos de una política que no controlamos», explica. Por eso considera clave aprovechar esta buena situación para reducir el pasivo.

Argandoña reconoce que la receta para ganarse el favor de los mercados responde a una fórmula que combine la «estabilidad política con unas reformas económicas sensatas». En este sentido, aunque hasta ahora la falta de un Gobierno no ha pasado factura a la economía, unas terceras elecciones podrían desencadenar la desconfianza de los inversores. Asimismo, la otra clave es reducir el déficit para poder acelerar el descenso del pasivo, algo que sólo se puede conseguir recortando el gasto (la UE pide un ajuste de 8.000 millones en dos años) o aumentando los ingresos.

Y aquí surge otro de los inconvenientes. La evolución de los ingresos tributarios del Estado en los primeros cinco meses del año se han reducido un 8,1% en términos de contabilidad nacional lastrados por el desplome en Sociedades (48%) y en IRPF. Esta evolución negativa pone en cuarentena las promesas del PP de realizar una nueva rebaja fiscal a partir de 2017.

Lo que está claro es que desequilibrios económicos como una elevada deuda, unido a un déficit público alto y un paro el doble que la media comunitaria, convierten a España en un país mucho más vulnerable a turbulencias internacionales, como se ha visto con el Brexit, donde el Ibex fue uno de los índices más castigados.

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