El bombardeo de Cabra: el día en que la aviación republicana escupió metralla y muerte

No hubo un puzzle cubista de los horrores para contar cómo la muerte cayó como granizo nefasto desde el cielo de Cabra, en Córdoba; nadie plasmó el grito de una mujer que lleva el cadáver de su hijo, ni esbozó el grito del horror de la metralla que se clava en la carne. El 7 de noviembre de 1938, hace hoy ochenta años, la aviación republicana bombardeó la ciudad de la Subbética cordobesa y causó una de las peores masacres civiles de la Guerra que había empezado en 1936. La acción dejó 109 muertos, 80 aquel día y 29 en las semanas siguientes a consecuencia de las heridas; el bombardeo de Guernica dejó 127. Ni la opinión pública internacional ni la España de aquel tiempo conocieron mucho de lo que sucedió, ni en aquel momento ni en la época de la memoria histórica.

Cabra, el pueblo donde nació la vicepresidenta primera del Gobierno, Carmen Calvo, defensora de la memoria histórica e impulsora del proceso para sacar los restos de Franco del Valle de los Caídos, tenía entonces 20.000 habitantes y estaba más o menos lejos del frente. Además, la República sabía que a esas alturas la contienda la tenía perdida.

El profesor Antonio Arrabal, autor de un libro sobre el bombardeo que está camino de la tercera edición, explicó que fue una maniobra de distracción de las fuerzas gubernamentales, que aprovecharon la concentración de efectivos que había en la batalla del Ebro.

«El bombardeo coincide con la toma de la última cota de Gandesa y con la retirada del ejército republicano», explicaron. No fue una acción al azar ni aleatoria. Desde una semana antes, los aviones sobrevolaron Cabra para inspeccionar la zona, examinar dónde tenían que actuar y estudiar las rutas. «Sabían dónde bombardeaban», dice. Y las tropas franquistas se dieron cuenta, pero casi toda su fuerza aérea estaba por aquellos días en el Ebro, que tenía mayor importancia estratégica. Cabra había caído en zona nacional desde las primeras horas del alzamiento y los frentes estaban no muy próximos, en Alcalá la Real (Jaén) y Peñararroya (Córdoba) y poco activos ya para ese entonces.

Casas endebles

Hacia las 7.27 de la mañana de aquel infausto día, el pueblo de Cabra, que no sabía lo que le llegaba por el cielo, ya se había levantado. No, desde luego, para su fortuna, los niños que asistían al colegio de las Madres Escolapias, que entraban a las 8.00, y que se libraron por muy poco tiempo de la bomba que cayó sobre el parvulario. Luego los aviones pasaron por el Mercado de Abastos, que ya entonces estaba lleno de comerciantes y de clientes que se llevaban la comida del día, y por la Plaza Vieja, donde se concentraban los jornaleros a la espera de que les contrataran para trabajar en el campo en aquella jornada. Y otras bombas cayeron en el barrio de la Villa, uno de los más humildes de Cabra, con «casas muy endebles», que no soportaron aquella catástrofe. Fue un holocausto que cayó sobre muchos pobres. En la plaza de abastos murieron 36 personas y los demás en las bombas que cayeron en los barrios. Doce eran niños y sólo murió un militar, que estaba de permiso en Cabra.

Fueron tres aviones Tugolev SB-2, los conocidos popularmante como «katiuskas», que el Gobierno había comprado a la Unión Soviética. Salieron de Cuevas del Reyllo a las 6.27, en Fuente Álamo (Murcia), con bombas de hasta 200 kilos de peso que sembraron las semillas de la metralla en la carne de personas civiles. «Se tarda mucho en cargarlos, no hubo nada de casual, estaba planificado», dice el autor.

Hoy en Cabra, explicó Antonio Arrabal, no quedan testigos que puedan recordar la tragedia, pero él sí que conserva el recuerdo de quienes vieron morir a tanta gente y sacar a los cadáveres cubiertos y a los heridos en carritos o cochecitos de niños. Enseguida se organizó la ayuda y se llevó a los heridos al hospital de San Juan de Dios para atenderlos. Muchos pueblos próximos colaboraron en la ayuda, especialmente Lucena, que envió médicos, material y ataúdes, algo importante, porque apenas había medios para enterrar a los muertos. También cayeron bombas sobre los calabozos, y los presos que no quedaron bajo los escombros se pusieron a ayudar.

Mutilados y abortos

Muchos otros se trasladaron a Córdoba y según el historiador hasta enero de 1939 murieron 26 personas más, además de muchos mutilados, sordos y abortos. La mitad, 53, terminaron en una fosa común en el cementerio de San José por la falta de medios, y no se puede excavar. Como explicó el historiador, «la Ley de Memoria Histórica excluye a las fosas oficiales». Los generales Queipo y Kindelán pidieron que se bombardeasen algunas posiciones en Jaén como represalia, y se hizo en La Carolina, pero sin víctimas.

¿Por qué no se habló después del bombardeo de Cabra? Antonio Arrabal cree que quedó sepultado entre la actualidad internacional, que era donde se tendría que haber difundido. La propaganda franquista fracasó en su intentó de difundirlo fuera, donde otros temas como la negociación del pacto germanosoviético lo eclipasaron. «Luego quedó como un recuerdo traumático, muy doloroso, y por eso no se hablaba en Cabra», explicó. Incluso la cruz con los nombres de los fallecidos se trasladó al cementerio en 2004 por iniciativa de Izquierda Unida. Hoy en Cabra se inaugurará una exposición fotográfica con fondos de la Biblioteca Nacional, se descubrirará un azulejo conmemorativo en una de las fachadas del ayuntamiento (el antiguo mercado)y el sábado habrá una conferencia de Arrabal.

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