Martín Cuenca, «El autor» y sus actores arrasan con todo

En la primera tanda de películas a por la Concha de Oro ya hay una, la española «El autor», de[…]

En la primera tanda de películas a por la Concha de Oro ya hay una, la española «El autor», de Manuel Martín Cuenca, con una de esas dentaduras potentes capaces de llevarse de un bocado medio Palmarés: una historia tan maliciosa como graciosa, unas interpretaciones que arrasan y una escritura ágil, sutil, que obliga a cambiar sobre la marcha la brújula entre lo cómico y lo dramático. Al lado de «El autor», la película francesa «La douleur» y la argentina «Alanis», también a competición, sólo fueron un trastorno que había que pasar.

Martín Cuenca, el de «La flaqueza del bolchevique» y «Caníbal», toma aquí la primera novela de Javier Cercas para sumergirnos en la procelosa vida de Álvaro, un tipo serio que quiere ser escritor y que encuentra el acceso a la gran literatura mediante el tan habitual (y nacionalista) recurso de manipular la realidad. La sinopsis no da una idea de la grandeza de la película, ni tampoco las sutiles reflexiones que provoca sobre la vida, la literatura y las trampas que se ponen una a otra. Es una película grande porque tiene no menos de media docena de momentos cumbres, y sus personajes, sus actores, consiguen que la sorpresa, la emoción, la diversión, el manoseo de sentimientos y la fortaleza de los hechos te mantengan más en alerta que una carta certificada de Hacienda. El protagonista casi absoluto es Javier Gutiérrez, que sabe poner toda su carne de membrillo al servicio de un personaje retorcido, apabullado y entusiasta que se gana y pierde al espectador en cada curva de la historia; pero es que al lado de este personaje hay auténticas joyas, como el profesor de escritura que interpreta Antonio de la Torre, genial, apabullante, hilarante y con una jeta para imprimir billetes con ella; o el auténtico hallazgo de Adelfa Calvo, que encarna a la portera de la finca y que convierte en un festival inabarcable todo el poderío de un personaje que deja en nada, destroza, el cliché.

La película es un bordado de bondades y maldad, con notable inventiva visual de Martín Cuenca para empaparnos de ficción y de realidad, de la vida y su contraportada, de su reflejo en la pared de un patio interior. Cada personaje, cada situación, cada intención se imponen el deber de hacerte maldita gracia, y la creatividad es impresionante según avanza una historia que nos sobrepasa a todos, ellos y nosotros. El cine español puede celebrar ya lo del IVA, pero más aún lo de esta película devastadora y magnífica.

En sus antípodas estaba la francesa «La douleur», de Emmanuel Finkiel, que adapta un capítulo de la biografía de Marguerite Duras, al final de la Segunda Guerra Mundial, mientras espera y desespera la vuelta de su marido, preso por los nazis. Una voz en off narra lo que siente y lo que vemos, una acción que tira de los párpados hacia abajo, un retrato de la Resistencia que dan ganas de irse a comprar algo a Zara y unas ínfulas y pretensiones desesperantes. La actriz Mélanie Thierry da el pego Duras, pero el único personaje con peso, el colaboracionista que interpreta Benoît Magimel, se le escapa vivo de la película, quizá también a darse una vuelta a Zara. Solo el momento karaoke de Adelfa Calvo en «El autor» tiene más manteca para untar que todo el rollazo Duras.

La argentina «Alanis» es muy meló y muy verista, con un personaje trágico, una joven prostituta y su hijo pequeño al que amamanta constantemente. La firma Anahí Berneri y tiene desgarro y vocación de retrato y marginalidad, pero no aporta gran cosa más a esa historia mil veces contada sobre la dignidad y el óxido en los márgenes de la sociedad.

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