Podemos inicia su travesía por el desierto

El partido de Iglesias, que aún no ha dado con una explicación a las causas de su fracaso, encara un futuro incierto y obligado a renovarse

La sonrisa del cambio de la que presumió Unidos Podemos durante la campaña se borró de un plumazo a eso de las diez de la noche del domingo, cuando tenían la información de todos sus interventores en las mesas electorales. Si el 20-D cada escaño conseguido fue celebrado con ovaciones en el cuartel general de la formación morada, el pasado domingo reinó el silencio y alguna lágrima.

Podemos es nuevo también para eso y no ha intentado ocultar su enorme derrota, toda una novedad en los usos y costumbres postelectorales ya que siempre se trata de minimizar los malos resultados y se resalta lo poco bueno logrado.

La coalición liderada por Podemos e IU perdió 1,1 millón de votos con respecto a los resultados obtenidos por separado en diciembre. En Cataluña, la punta de la lanza con la que Iglesias soñaba con alcanzar la Moncloa, la confluencia logró aguantar sus 12 diputados pero se dejó por el camino más de 75.000 votos. En Galicia, la alianza perdió un diputado en favor de los socialistas. Por comunidades, sólo Euskadi, donde Unidos Podemos fue primera fuerza, respondió las expectativas, algo que tampoco se explican muy bien en el cuartel general de la calle Princesa de Madrid.

Los datos son aún más preocupantes si se pone la lupa en 'las ciudades del cambio' gobernadas por candidatos afines a Podemos. Son las mismas en las que Pablo Iglesias, Íñigo Errejón, Pablo Echenique o Teresa Rodríguez presumieron de que Podemos «no sólo sabe gobernar, sino que además sabe hacerlo mejor». En Madrid perdieron 107.000 apoyos, en Zaragoza otros 25.500, 21.000 más en Barcelona, 23.000 en Valencia, 8.000 en A Coruña, y casi 5.000 en Cádiz.

Aunque de puertas afuera Podemos se queda en el mensaje de que han sido unos resultados «no satisfactorios», hacia dentro el lenguaje es más crudo y se catalogan como pésimos sin reparos. Sólo en las autonómicas catalanas la formación morada había sufrido un fiasco comparable. Entonces, como ahora, las encuestas llegaron a dar a la confluencia de izquierda como virtual ganador. Y, a la postre, acabó como cuarta fuerza política del Parlament.

Crisis interna

La decepción ante los resultados ha reabierto viejas heridas. Iglesias, quien a lo largo de los últimos dos años y medio ha sido el indiscutible líder, atraviesa sus horas más bajas, aunque nadie, por ahora, cuestione su figura. Fue el principal impulsor de una alianza con IU que se ha demostrado un fracaso, por mucho de que el discurso oficial sea que la alianza ha evitado un desastre mayor. Tras el varapalo, Iglesias se arriesga a un ajuste de cuentas del sector afín a su amigo Errejón, el que sin ningún éxito defendió que asociarse a IU, lejos de sumar, ahuyentaría al electorado más moderado de Podemos.

Pero no es el único reproche al que se enfrenta Iglesias. Él fue quien zanjó el debate interno, otra vez con Errejón enfrente, cuando se barajaba la posibilidad de apoyar la investidura de Pedro Sánchez. Esto, mantenían los defensores de esta tesis, permitiría afrontar un periodo de transición en el que, además de ganar tiempo para fortalecer la organización, Podemos desempeñaría el liderazgo de la oposición por la izquierda. Pero Iglesias se empeñó en forzar nuevas elecciones convencido de que arrasarían al PSOE.

El liderazgo de Iglesias pasa por apuros pero los más pragmáticos del partido tampoco atraviesan por su mejor momento. Voces como la de Juan Carlos Monedero ya han apuntado con el dedo a Íñigo Errejón, por idear una deficiente estrategia de campaña, o a Carolina Bescansa por su nefasta interpretación de las encuestas. La tarea de ambos dirigentes era hasta ahora incontestable a nivel interno.

La dirección de Podemos se ha dado «un amplio proceso de reflexión» para analizar las causas de un fracaso que aún no sabe a qué o a quién achacar. Iglesias insiste en que el favoritismo en las encuestas les ha perjudicado, mientras que Echenique denuncia la campaña del miedo lanzada por el PP y PSOE o Carolina Bescansa sostiene que sus votantes, simplemente, se fueron a la abstención porque no se les supo movilizar.

El diagnóstico de la derrota deberá estar preparado para el próximo sábado. Ese día se reunirá por primera vez tras las elecciones el Consejo Ciudadano, máximo órgano del partido entre asambleas ciudadanas. Una de las decisiones que está sobre la mesa es iniciar un proceso refundacional al estilo del que desembocó en la Asamblea de Vistalegre en octubre de 2014.

Una decisión de este tipo permitiría acometer una reforma del funcionamiento interno de Podemos que todos los dirigentes de la formación, incluido Iglesias, coinciden en que es imprescindible. El proceso llevaría aparejado la elección de una nueva dirección, un cambio que, sin necesidad de ser demasiado profundo, abriría una válvula de escape a las actuales tensiones internas sin acometer cambios dramáticos. Iglesias ya ha dicho que no piensa irse, «me presentaré a las elecciones las veces que haga falta», y en una reestructuración revalidaría su liderazgo sin mayores complicaciones. Sólo en el improbable escenario de que Errejón diera el paso de disputarle el mando del partido podría introducir incertidumbre en el proceso.

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