Milagro Sala, la indígena que desenterró el hacha de guerra en Argentina
Argentina mantiene la mirada fija en la provincia de Jujuy (fronteriza con Bolivia y Chile) y en el destino de[…]
Argentina mantiene la mirada fija en la provincia de Jujuy (fronteriza con Bolivia y Chile) y en el destino de Milagro Sala. El país asiste, aún sin terminar de creerlo, al encierro en prisión de la indígena que más poder concentró, en toda Sudamérica, en este siglo XXI. El debate nacional alza las espadas a favor o en contra de «la flaca», «la negra» o «la mami», según quien hable de «la jefa» de la organización Túpac Amaru.
Poder, política, dinero, drogas, crímenes, impunidad, corrupción y muertes se trenzan en la historia de una mujer sin estudios que salió de la miseria y logró construir, con el amparo del kirchnerismo, un Estado dentro de un Estado en Jujuy.
«¿Quién me garantiza que no va salir? Vos te marchás pero yo me quedó acá». La frase se repite una y otra vez. La pronuncian la mayoría de las víctimas de Milagro, lo dicen políticos, periodistas y los que más cerca estuvieron de ella: los leales que dejaron de serlo al verla entre rejas porque, «muchos de ellos, también eran sus rehenes. Estaban hartos, Milagro funcionaba como en ?El patrón del mal? (serie de Pablo Escobar) o como ?el Chapo Guzmán?, rodeada de hampones», observa Adrián Nirkín, sindicalista al que uno de los lugartenientes de Sala le «encañonó la pistola a un palmo de la cara».
La llegada en diciembre de Gerardo Morales, el nuevo gobernador, ?primer no peronista en cuarenta años? supuso un terremoto en la estructura de un poder establecido al margen y por encima de la ley en esta provincia donde, prácticamente, la mitad de la población es pobre. «Le rendían pleitesía desde los banqueros al exgobernador Eduardo Fellner (presidente del Partido Justicialista). La expresidenta, Cristina Fernández de Kirchner, antes de ir a la Casa de Gobierno iba a saludar a Milagro», recuerda Carlos, alias «el perro», Santillán, pionero en cortar carreteras y encabezar manifestaciones contra el Gobierno de Carlos Menem en los años 90 pero también único, con su gente del sindicato y del movimiento Túpaj katari (indígena sublevado arrojado a un barranco por las tropas españolas) en enfrentarse a Milagro.
A su yerno, Luca Arias, le hicieron una encerrona en la oficina del exministro de Vivienda de Jujuy, Luis Cosentini. «Milagro, personalmente, le partió a culatazos el cráneo en tres partes y le rompió la nariz. Con quince patoteros (matones) le terminaron de dar una paliza. Las paredes quedaron bañadas en sangre», recuerda. Luca estuvo hospitalizado, «tardó ?continúa? muchísimo en recuperarse. No se puede decir que Milagro lo mató pero a los seis meses le descubrieron un cáncer y murió en dos días. Fue fulminante».
Matonismo
Olga Mamaní accede a contar su historia a cambio de que no haya fotografías. «Si ven mi cara son capaces de cualquier cosa», asegura. «En mi ausencia cambiaron la cerradura de mi casa y me quedé en la calle con mi hija de 6 años. Hice la denuncia pero no sirvió de nada», recuerda entre lágrimas. «Fue un desalojo por la fuerza y un robo. Sólo pude recuperar el 20 por ciento de mis cosas. Se quedaron con nuestra ropa, mis cortinas, la televisión y hasta los cuadros que había pintado mi mamá».
La vivienda de Olga formaba parte de las más de siete mil casitas construidas, con fondos públicos, por la Túpac Amaru, la agrupación bautizada con el nombre del cacique indígena colgado, ?o desmembrado por cuatro caballos, según la leyenda? por los colonos españoles. Su historia es similar a la de María del Carmen Sánchez: «Milagro no te entregaba el título de propiedad. Nadie lo tiene. Me amenazaba todos los días para que me afiliara a la Túpac. A mis hijos y a mi nos insultaba a voces. La chica no pudo más y se fue. Un día me llamó un policía a la ?sanwichería? donde trabajaba. Me dijo que habían robado en la casa. Vino para que le acompañara. Me metieron en un auto sentada entre dos miembros de la Túpac. Al llegar tenían a mi hijo esposado en un patrullero. Logré que le liberasen». En su caso, «les descubrí colocando algo debajo de la cama. Les dije, saquen esos yuyos (hierbas) de ahí. Eran dos panes (ladrillos) de marihuana. Pretendían decir que eran míos para que me fuera. Aguanté dentro hasta la madrugada». Ese día fue el último que estuvo en su casa. «No es Teresa de Calcuta, es una víbora. Yo, no tengo miedo. Lo que me hizo me marcó la vida», afirma.
Milagro Sala, a ambas mujeres, les reprochaba que estuvieran cerca de «el perro», como le conocen a Santillán dentro y fuera de la sede del SEOM (Sindicato de Empleados de Obreros Municipales, para el que trabaja). «Milagro ?reflexiona «el perro»? es el resultado de un sistema perverso que la usó. De golpe y porrazo pasó a ser la mandamás de Jujuy. Los funcionarios la tenían miedo, te decían: que no se entere la Milagro que hablo con vos. No creo que sea la cabeza del narco en Argentina sino un eslabón más de algo más profundo». Al preguntarle, como insisten las voces que la defienden y en especial la del kirchnerismo sobre su condición de presa política, aclara: «No es lo mismo un preso político que un político preso y ella es esto último».
Asesinato de un sindicalista
Milagro Amalia Angela Sala, de 51 años, fue dos años diputada nacional y ahora lo es electa del Parlasur, el Parlamento del Mercosur aún sin conformar por lo que no tiene inmunidad. «El perro» se sorprende de la visita de «la narcodiputada», como se refiere a ella, al Vaticano tiempo atrás. «No me parece bien que la recibiera el Papa», comenta tras recordar las acusaciones que la vinculan a la muerte del dirigente social, Luis «Pato» Condorí, y hasta la de Ariel Velázquez un joven militante de la UCR (Unión Cívica Radical) asesinado durante la campaña.
No hubo justicia en esos casos y en ningún otro en el que estuviera involucrado el nombre de «la flaca». Su poder sirvió para asustar o corromper a jueces, policías, políticos y también para controlar la calle.
