Una guerra real no declarada ni reconocida
Guerra...¿qué guerra? En el fondo, los bancos centrales defienden sus políticas monetarias como las necesarias desde la perspectiva doméstica. Pero,[…]
Guerra...¿qué guerra? En el fondo, los bancos centrales defienden sus políticas monetarias como las necesarias desde la perspectiva doméstica. Pero, naturalmente, medidas que pueden influir en el resto de las variables internacionales. Y una de ellas es precisamente la divisa.
Recuerden como el término de «guerra de divisas» fue utilizado por primera vez al principio de la Gran Recesión, con algunos gobiernos de países en desarrollo quejándose de los riesgos sobre su economía y mercados de la política monetaria extrema de la Fed. Tipos de interés nulos, continua inyección de dólares al mercado y expectativas de que estas condiciones monetarias laxas se mantendrían durante un largo periodo de tiempo. Bajo el mantra de que lo que es bueno para Estados Unidos lo es para el resto del mundo, el objetivo de estas medidas era triple: dar tiempo a los ajustes, mejorar las condiciones financieras y especialmente aumentar la liquidez del mercado. Claro que estos dos últimos objetivos también se reflejaron a nivel internacional y especialmente en los mercados en desarrollo. De esta forma, bajo unas condiciones financieras muy favorables se gestaron excesos financieros y sobrecapacidad productiva, al mismo tiempo que sus monedas se apreciaban frente a las de los países desarrollados que también habían emprendido políticas monetarias extremas siguiendo la senda de la Fed.
Creo que ya conocen el resto de la historia. Y es que, más tarde o más temprano, los excesos acaban por explotar o en el mejor de los casos se sanean durante un largo periodo de tiempo. En el caso de las economías emergentes fue el desplome de los precios de commodities en el caso de los países exportadores o el cambio de modelo de crecimiento para la economía china con impacto negativo en el resto de los asiáticos. Y el cambio de sesgo por parte de la Fed simplemente ha deteriorado más el escenario, con restricción en la financiación y desplome de las divisas de estos países. Un círculo vicioso de difícil salida para sus economías a corto plazo. Salvo, naturalmente, que sus autoridades logren recuperar la confianza de la inversión exterior y que la demanda internacional se recupere para sus productos. Yo, admito que no soy muy optimista sobre ambos temas.
¿Y la guerra de divisas? Lo lógico es esperar que el dólar se aprecie en un escenario de este tipo. Aunque, esto no lo es que hemos visto de forma reciente. Por un lado, las autoridades norteamericanas se muestran ahora mucho más sensibles a la evolución de su moneda que en el pasado. De la política del «dólar fuerte» defendida en el pasado por los diferentes secretarios del tesoro norteamericano a valorar el impacto comercial y desinflacionista que ha considerado la Fed en el pasado reciente. Además, el resto de las economías desarrolladas también se enfocan más en la divisa que en el pasado. Y no sólo me refiero al Banco Nacional Suizo, que hasta principios del año pasado mantenía una política de flotación sucia (poniendo un techo en el franco suizo frente al euro), como al Banco de Japón y al Banco Central Europeo. En ambos casos se alude a los beneficios de la caída de sus monedas, identificándolos con la política monetaria. Y más en concreto, con la política de tipos de interés negativos.
Cuestionados por la falta de efectividad de las medidas tradicionales de tipos de interés y de las excepcionales a través de la compra de activos, los tipos de interés en negativo parecen la respuesta última que busca tanto soportar a los mercados financieros (estabilidad financiera) como depreciar las monedas (competitividad). Pero, ya saben que los beneficios derivados del tipo de cambio son un juego de suma cero. Y especialmente cuando falta demanda internacional. Con todo, sí puede suponer un respiro a corto plazo para algunos países. Su coste, en términos de mayor inestabilidad financiera internacional y menor certeza económica, lo sufrimos todos.