El regalo de Trump a Putin es solo la mitad de la historia
El acuerdo de Trump sobre el diésel ruso debilita las sanciones, pero las compras de energía y las concesiones europeas también favorecen a Moscú
El presidente de Rusia, Vladímir Putin, y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en 2019 durante la cumbre del G-20 en Osaka. Fotógrafo: Brendan Smialowski/AFP/Getty Images
Casi cinco años después de la invasión de Ucrania, quienes defienden endurecer las sanciones occidentales contra la Rusia de Vladímir Putin tienen pocos motivos para sentirse satisfechos.
Donald Trump ha abierto en las restricciones a las exportaciones energéticas rusas un hueco por el que cabría el superyate de un oligarca. Su acuerdo permitirá que llegue más diésel a los mercados internacionales. Mientras tanto, la Unión Europea persevera con un vigesimosegundo paquete de sanciones contra personas y entidades rusas, aunque empieza a comprobar los límites de su influencia. Las vías para eludir las restricciones proliferan. Incluso Francia y Luxemburgo intentan resolver problemas políticos propios levantando las medidas contra determinados multimillonarios.
Desde la invasión de 2022, el rumbo de las sanciones ha sido desalentador. La Casa Blanca de Trump dirige sus armas financieras y diplomáticas hacia casi cualquier lugar salvo Moscú. La guerra contra Irán y el cierre del estrecho de Ormuz han agravado el problema: encarecieron el petróleo ruso y acabaron empujando al presidente estadounidense a buscar desesperadamente un alivio para el mercado del diésel antes de las elecciones legislativas. El resultado es un regalo de cumpleaños para Putin, envuelto con esmero.
Las contradicciones europeas
Los europeos pueden llevarse las manos a la cabeza ante un acuerdo tan favorable a Moscú, pero tampoco tienen mucho de lo que presumir.
Están más dispuestos a castigar a Rusia ante la intensificación de los ataques contra Ucrania y las incursiones cada vez más descaradas en el territorio y el espacio aéreo de la UE. Sin embargo, carecen del poder que el sistema financiero basado en el dólar otorga a Washington y tardan más en alcanzar acuerdos, explica el historiador Nicholas Mulder, autor de The Age of Confiscation.
Menos justificable es que la UE siga importando combustibles fósiles rusos por valor de entre 1.000 y 2.000 millones de euros al mes. Esas compras dejan en mal lugar a Europa, pese a sus esfuerzos por abandonar progresivamente el gas natural licuado procedente del país.
Las sanciones sí pesan
Eso no significa que Rusia y sus élites disfruten de una buena situación económica. La economía de guerra consume recursos de todo el país: desde la mano de obra hasta los medios de las grandes empresas y las fortunas de sus propietarios.
Vladímir Potanin, uno de los hombres más ricos de Rusia, afirmó recientemente que la economía aún no había tocado fondo, en medio de un esfuerzo «titánico» por cuadrar las cuentas. Quedan lejos aquellos años en que los millonarios de Moscú eran recibidos con los brazos abiertos en «Londongrado» y Alemania daba su bendición al gasoducto Nord Stream.
Hay yates y propiedades inmovilizados desde la Costa Azul hasta Canary Wharf. Dos docenas de compañías rusas han desaparecido de la Bolsa de Londres y el primer ministro británico, Andy Burnham, acusa abiertamente a Putin de haber interferido en el referéndum del Brexit de 2016.
Incluso unas sanciones debilitadas son mejores que ninguna. Rusia sigue sin poder acceder a los miles de millones de dólares retenidos en Euroclear. Tampoco están disponibles los ingresos obtenidos con la venta apresurada de activos emblemáticos como el Chelsea.
Pero, después de levantar ese bloqueo financiero, tiene poco sentido seguir arrojando dinero al otro lado.
Las concesiones tienen precio
Cualquier grieta en el apoyo a Ucrania puede convertirse en una fractura que Putin aprovechará. La UE ha retirado de sus listas de sancionados a Alisher Usmánov y Mijaíl Fridman: al primero, por un intercambio de prisioneros; al segundo, por el temor a perder un litigio.
Esas concesiones pueden dar ideas al Kremlin mientras los partidos de extrema derecha más afines a su causa ultranacionalista ganan apoyo en Francia y Alemania.
El acuerdo sobre el diésel que Trump ha alcanzado con su amigo ruso tampoco se limita a contentar a los votantes estadounidenses antes de las elecciones, sostiene Zaki Laïdi, de Sciences Po, antiguo asesor del exjefe de la diplomacia europea Josep Borrell.
«Es una señal política que envalentonará militarmente a Putin, limitará las opciones de Ucrania y trasladará a los europeos una mayor parte de la carga de apoyar a Kiev», afirma. «No supone el derrumbe del sistema occidental de sanciones, pero sí abre una brecha».
Hacer cumplir las sanciones
¿Dónde se torció la estrategia y cómo puede corregirse? En Bruselas y otras capitales occidentales empieza a imponerse una visión más realista de lo que las sanciones pueden conseguir.
Serguéi Guríev, economista ruso y decano de London Business School, considera que las medidas contra oligarcas concretos han tenido un «efecto limitado» sobre la guerra. Los magnates han optado mayoritariamente por callar para protegerse a sí mismos o a sus fortunas. Las sanciones económicas más amplias contra el Estado ruso y su aparato sí han tenido consecuencias, añade.
La UE haría mejor en concentrarse en hacer cumplir las medidas ya aprobadas. Por ejemplo, persiguiendo las complejas operaciones financieras con sociedades pantalla en jurisdicciones extraterritoriales que permiten sortear las restricciones.
También debería redoblar ese esfuerzo ante la incertidumbre electoral en Francia y otros países durante el próximo año. Es preferible actuar ahora que esperar a que puedan llegar al poder populistas favorables a Rusia.
Dividir a la élite
Quizá haya llegado incluso el momento de considerar lo que hasta ahora parecía impensable: negociar con los oligarcas que se atrevan a romper con Putin y a oponerse públicamente a la guerra.
Algunos ya lo han hecho y han salido de las listas de sancionados, como Arkadi Vólozh, de Yandex, y el empresario Oleg Tínkov. Siguen siendo excepciones.
Esa podría ser una forma de dividir a las élites rusas, en lugar de empujarlas a cerrar filas en torno a Putin. Nada de esto ganará una guerra por sí solo. Pero la UE debe, como mínimo, responder con más iniciativa y firmeza a las provocaciones y agresiones rusas en su territorio. Y limitar el daño que pueda causar un dirigente como Trump cuando decida atravesar con su yate el bloqueo de las sanciones.
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