Cómo puede la OTAN frenar una invasión rusa

La defensa de la OTAN exige reforzar el flanco nororiental, incorporar nuevas tecnologías y convertir la superioridad militar en voluntad política

La OTAN busca reforzar su capacidad de disuasión frente a Rusia con más movilidad, nuevas tecnologías y una defensa coordinada de su flanco nororiental.

En un discurso pronunciado esta semana en el Foro de Seguridad de Varsovia, el general Alexus G. Grynkewich, comandante supremo aliado de la OTAN, expuso una visión convincente de cómo podría la Alianza repeler una invasión rusa de su territorio.

Grynkewich dejó claro que no considera inevitable ni inminente una guerra con Rusia. Pero, a mi juicio, demostró que la OTAN dispone de un plan coherente para responder si Moscú envía tropas al territorio soberano de cualquiera de sus miembros. Conviene aclarar que «Grynch» fue una pieza clave de mi equipo en el Mando Europeo de Estados Unidos cuando yo ocupaba su actual cargo.

Su propuesta, que denominó «teoría de la victoria», se apoya en tres pilares: bloquear, debilitar y quebrar. Bloquear significa detener cualquier avance terrestre ruso mediante el rápido desplazamiento de fuerzas aliadas al punto de incursión, frenar el ataque e impedir la llegada de refuerzos. Debilitar consiste en utilizar nuevas tecnologías —drones, sistemas espaciales, ciberguerra e inteligencia artificial— para dominar el conjunto del escenario de combate. Quebrar supone destruir la capacidad rusa para sostener una guerra prolongada.

Este último pilar es el más agresivo. Podría incluir ataques masivos de largo alcance con misiles Tomahawk, lanzadores Himars y otros sistemas, además de operaciones aéreas, probablemente con cazas F-35 apoyados por bombarderos estratégicos pesados como los B-1 Lancer. Los ataques alcanzarían tanto el frente como las cadenas logísticas que abastecen a las fuerzas rusas.

La lección del Báltico

La idea de elaborar una estrategia integral de combate en Europa me resulta familiar. Poco después de llegar a la OTAN en 2009, recibí a una delegación de los jefes militares de Letonia, Lituania y Estonia. Tras los saludos de rigor, expusieron sin rodeos el motivo de su visita: la Alianza carecía de un plan viable para defender su flanco nororiental.

Tenían razón. Era una grave carencia de nuestra planificación, y la invasión rusa de Georgia en 2008 había disparado su preocupación.

Mi equipo y yo dedicamos el año siguiente a preparar un plan. Sus detalles siguen siendo secretos, pero, en esencia, respondía a la lógica de la Guerra Fría: grandes movimientos de tropas, bombardeos navales y ataques aéreos contundentes. La ciberguerra, los drones y las fuerzas especiales distaban de tener la eficacia actual. Los misiles hipersónicos y la inteligencia artificial ni siquiera eran una opción.

Muchas formas tradicionales de combatir siguen presentes: trincheras, carros de combate, obuses y lucha cuerpo a cuerpo. Sin embargo, la velocidad, la movilidad y la tecnología han ganado protagonismo con rapidez. Al mirar atrás, me asombra cuánto ha cambiado la guerra ante nuestros ojos en Ucrania y Oriente Próximo.

Tropas más cerca

¿Qué elementos de aquella estrategia para defender el Báltico siguen siendo útiles? Habíamos previsto desplegar tropas estadounidenses por turnos en los propios países bálticos, incluidos cazas F-15 y F-16. Esas rotaciones comenzaron en 2014. También ampliamos los ejercicios navales y los despliegues en el mar Báltico de buques de la Sexta Flota, con base en el Mediterráneo.

La OTAN podría estudiar ahora el traslado permanente de parte de la 173.ª Brigada Aerotransportada, desde Vicenza, en Italia, a una base en alguno de los países bálticos. La prioridad deberían ser las unidades ligeras y con gran capacidad de maniobra, todas bajo las órdenes directas del comandante supremo aliado.

Estados Unidos mantiene unos 80.000 militares en Europa, entre efectivos destinados de forma permanente y despliegues rotatorios. La cifra parece adecuada. Cualquier plan para reducirla sería un grave error.

También conviene adaptar la estrategia naval. La incorporación de Finlandia y Suecia ha aportado recursos y bases, pero también miles de kilómetros adicionales de fronteras y costas que defender.

Estados Unidos debería considerar el despliegue de cuatro destructores lanzamisiles de la clase Arleigh Burke desde su base de Rota, en España, hacia posiciones en Suecia, Finlandia o Alemania. Las fuerzas aéreas destinadas en Alemania y el Reino Unido podrían operar con mayor frecuencia desde bases finlandesas.

Un mando tecnológico

Las nuevas tecnologías militares —drones, ciberguerra, inteligencia artificial y sistemas espaciales— deberían depender de un mando propio. Estonia, que ya alberga el principal centro de ciberseguridad de la OTAN, sería la elección lógica para su sede.

Este mando debería contar con varias unidades del tamaño de un batallón, de entre 500 y 1.000 militares, especializadas en operar plataformas aéreas, navales o terrestres no tripuladas.

Pero toda esa tecnología necesita algo menos vistoso: entrenamiento. Cualquier plan eficaz debe comenzar con simulaciones de toma de decisiones y avanzar rápidamente hacia maniobras sobre el terreno a gran escala.

La voluntad de actuar

La OTAN dispone, sin duda, de recursos para contener a Moscú. El presupuesto anual de defensa conjunto de sus 32 miembros supera los 1,5 billones de dólares, frente a los aproximadamente 200.000 millones que gasta Rusia, incluso con su economía volcada en la guerra.

Resulta apropiado que Grynkewich pronunciara su discurso en Polonia, el país de la Alianza que dedica un mayor porcentaje de su PIB a defensa.

Pero disuadir a Moscú exigirá algo más que reforzar el noreste, intensificar el entrenamiento e invertir en nuevas tecnologías. Hará falta voluntad política, a menudo el talón de Aquiles de la OTAN.

Cabe esperar que la oportuna intervención de Grynkewich en Varsovia ayude a que los 32 aliados respalden esa «teoría de la victoria».

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