El gas licuado se prepara para pasar de la escasez al exceso de oferta
La crisis de Ormuz ha disparado los precios a corto plazo, pero la nueva capacidad prevista entre 2026 y 2030 puede abrir un mercado más favorable para los compradores
El gas natural licuado marca precios de energía, inflación e industria en Europa y Asia, pero la próxima oleada de oferta puede cambiar el equilibrio del mercado.
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Prepárense para un excedente de gas natural licuado (GNL).
Puede parecer contradictorio. El estrecho de Ormuz permanece bloqueado. La planta de GNL más grande del mundo está inactiva y Catar afirma que su reparación tardará al menos tres años. Sin embargo, ya empiezan a verse los contornos de un excedente a largo plazo.
Las perspectivas para los precios del GNL son cruciales en Europa y Asia, donde este recurso se quema para generar electricidad y calor, o se utiliza como materia prima para producir productos químicos y fertilizantes. En esas regiones, la inflación está directamente relacionada con los precios del GNL.
La guerra en Irán ha disparado los precios de referencia del GNL, aunque muy por debajo del máximo histórico alcanzado tras la invasión rusa de Ucrania. En marzo, el precio de referencia asiático, conocido como JKM, subió brevemente hasta cerca de 30 dólares por millón de unidades térmicas británicas, frente a menos de 11 dólares en febrero. En 2022 llegó a multiplicarse por ocho y se acercó a los 70 dólares.
A menos que fracasen las conversaciones de paz entre Washington y Teherán y el estrecho de Ormuz permanezca cerrado más allá de julio, se prevé que los precios del GNL vuelvan a caer y se mantengan bajos durante un periodo prolongado.
Segundo shock
El GNL sufre su segundo shock en cuatro años. La guerra entre EE. UU. e Irán impulsó los precios después de que la guerra entre Rusia y Ucrania hiciera lo mismo hace cuatro años. Pero los precios altos pueden no durar si el mercado empieza a descontar la nueva oleada de oferta.
Para entender por qué, hay que mirar la infraestructura de la industria. La ventaja del GNL es que, una vez superenfriado a unos -160 grados, se transforma en un líquido que puede cargarse en buques cisterna y transportarse por todo el mundo, de forma similar al petróleo. Así, el GNL puede llegar a cualquier cliente global y superar la limitación histórica de los gasoductos.
La construcción de plantas de licuefacción exige inversiones iniciales enormes, algunas de entre 20.000 y 30.000 millones de dólares. Por eso, las empresas solo dan luz verde a nuevas instalaciones cuando han conseguido suficientes clientes para convencer a los bancos de que el proyecto es viable. Este mecanismo ayuda a mantener el mercado relativamente equilibrado, con una expansión de la oferta ajustada al crecimiento de la demanda.
Entonces llegó la guerra entre EE. UU. e Israel contra Irán. El cierre del estrecho de Ormuz eliminó el 20 % del suministro mundial de GNL y dejó a algunos importadores, sobre todo en el suroeste y el sureste de Asia, con una escasez crítica. No lo olvidarán. Los países más afectados, como la India, Bangladesh o Pakistán, son precisamente el tipo de importadores sensibles a los precios con los que la industria cuenta como futuros consumidores.
Más oferta
Su respuesta a la interrupción marcará el mercado del GNL durante los próximos años. Cabe esperar una reacción tanto de la oferta como de la demanda.
Por el lado de la oferta, tras presenciar el cierre de Ormuz, es improbable que ningún responsable político asiático vuelva a considerar segura esa vía marítima. La diversificación de fuentes de suministro, lejos de Catar y de Emiratos Árabes Unidos, se convertirá en una prioridad.
Eso significa que los compradores asiáticos respaldarán proyectos en otros lugares, financiando desarrollos que hace apenas 90 días parecían condenados al fracaso. La crisis garantiza un auge de construcción fuera del golfo Pérsico.
Desde principios de siglo, el mercado mundial de GNL ha absorbido cada oleada de oferta con bastante rapidez, en dos o tres años. China absorbió gran parte de la oleada de 2009-2011, cuando la oferta aumentó cerca de un 40 % tras la finalización de varios proyectos en Catar.
Europa absorbió la oleada de 2016-2019, impulsada por el fuerte incremento de la capacidad exportadora de EE. UU. gracias a la revolución del gas de esquisto, que elevó la producción mundial un 45 %. También influyó la necesidad europea de reducir su dependencia del gas ruso a partir de 2022.
Antes del estallido de la guerra actual, el mercado ya se enfrentaba a una tercera ola de oferta, prevista entre 2026 y 2030, y a un probable exceso de producción. Esa ola no solo sigue en pie, aunque probablemente se retrase un año por el cierre de Ormuz, sino que puede ser mayor y más duradera.
Parte de ese crecimiento procederá de la inversión de compradores asiáticos en proyectos de Norteamérica, África y Latinoamérica. Catar también querrá aumentar la producción, utilizando sus bajos costes como incentivo para encontrar compradores. Su expansión se ha retrasado quizá seis meses, quizá 12, quizá incluso 18. Sea cual sea la duración, resulta en gran medida irrelevante para lo que ocurra en 2030.
Proyectos pendientes
El año pasado, la industria del GNL dio luz verde a la construcción de 100.000 millones de metros cúbicos de nueva capacidad, la mayor cifra registrada, según nuevas estimaciones de la Agencia Internacional de Energía.
Según la AIE, aún existe una cartera global de proyectos que suman más de 700.000 millones de metros cúbicos y que buscan la decisión final de inversión. Entre ellos figuran alrededor de 110.000 millones en EE. UU. que ya han recibido aprobación regulatoria.
El año pasado, la producción mundial de GNL alcanzó casi los 600.000 millones de metros cúbicos. Si se construye todo lo que se puede construir, la oferta mundial de GNL se duplicará con creces.
La duda está en la demanda. Es difícil imaginar que haya suficiente consumo a los precios anteriores a la guerra. Los costes del GNL deberán bajar aún más para incentivar un mayor uso.
Demanda en duda
El GNL ha sufrido dos golpes reputacionales en cuatro años: primero, la invasión rusa de Ucrania; ahora, la guerra con Irán. Ningún responsable político debería esperar un tercero. Para la oferta, la prioridad será diversificar más allá de Ormuz. Para la demanda, la diversificación puede alejarse del propio GNL.
Los compradores tienen alternativas: energía solar con baterías y carbón. En la década de 1970, la crisis del petróleo obligó a las naciones industrializadas a recurrir al carbón. Entonces tenían pocas opciones más allá de la energía nuclear. Esta vez, Asia puede recurrir a paneles solares fotovoltaicos chinos, baratos y abundantes reservas de carbón.
Así, el combustible más contaminante podría salir reforzado del conflicto en Irán como activo de seguridad energética, no solo para generar electricidad, sino también para fabricar fertilizantes y plásticos mediante la conversión de carbón en productos químicos.
Es una historia conocida en el mercado de materias primas: los altos precios de hoy siembran las semillas de los bajos precios de mañana. Durante un breve periodo, los costes del GNL podrían mantenerse algo elevados, ya que los países importadores, sobre todo en Europa, reabastecen sus reservas de cara a la temporada de calefacción 2026-2027 y todos compran algo más de lo necesario por si se recrudecen los combates en el Golfo.
Pero se avecina un mercado favorable para los compradores. Y, si la guerra entre Rusia y Ucrania también termina e impulsa aún más el suministro de gas al mercado global, el recordatorio sería todavía más claro: el mercado del GNL puede pasar de la escasez a la abundancia con mucha rapidez.
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