Más allá del bitcoin: la banca ya invierte en serio en la tokenización
Bancos, bolsas y empresas de pagos aceleran el uso de activos digitales, como el bitcoin, aunque la nueva infraestructura todavía debe demostrar que reduce costes y riesgos
El bitcoin sigue comportándose como una inversión sensible a liquidez, geopolítica y flujos institucionales.
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Hace diez años, la principal bolsa de Australia decidió que su futuro pasaba por utilizar la cadena de bloques para compensar y liquidar operaciones con acciones. La idea consistía en aprovechar las partes útiles de la tecnología de criptomonedas, como el bitcoin, sin acercarse a la especulación que rodeaba al dinero digital.
El proyecto terminó como el metaverso de Mark Zuckerberg: resultó caro, avanzó con lentitud y acabó abandonado.
Por qué importa: aquel fracaso no ha impedido que la cadena de bloques vuelva al centro de las finanzas. La diferencia es que ahora no son solo startups o defensores de las criptomonedas quienes prometen una transformación. Grandes bancos, bolsas y empresas de pagos están invirtiendo dinero real en la tokenización de valores, los mercados abiertos durante las 24 horas y las monedas digitales respaldadas por dólares.
Situación actual: JPMorgan Chase convierte activos financieros en tokens digitales; la Bolsa de Londres intenta competir con las plataformas de criptomonedas mediante la negociación ininterrumpida; y Visa participa en un amplio grupo de empresas financieras que prepara una stablecoin, denominada así porque mantiene su valor vinculado al dólar.
Robert Ophèle, antiguo presidente del supervisor bursátil francés, sostiene que la tokenización ha llegado para quedarse. A su juicio, la tecnología ya no está inmadura, la Administración de Donald Trump la respalda y las entidades financieras están destinando recursos considerables a su desarrollo.
«Los primeros experimentos con la cadena de bloques, como el de Australia, fueron un fracaso industrial, no intelectual», afirma.
La promesa: convertir el dinero y los activos financieros en código podría reducir los pasos necesarios para completar una operación, permitir liquidaciones inmediatas y programar dónde y cuándo se mueve el dinero. También facilitaría la gestión de las garantías que respaldan inversiones y transacciones.
El matiz: nada de esto elimina el riesgo. La convivencia de sistemas tradicionales y digitales puede reducir las ganancias de eficiencia, mientras reguladores y bancos centrales temen los ciberataques, la fragmentación y el comportamiento de una infraestructura todavía no probada durante una crisis financiera.
La cuestión ya no es si la cadena de bloques puede utilizarse en las finanzas. Es si la banca puede convertirla en un sistema más barato, seguro y rentable que el que pretende sustituir.
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