Trump y Xi pactan los frenos de la IA, pero pisan el acelerador
Xi y Trump buscan acuerdos sobre la seguridad de la inteligencia artificial sin ceder terreno en la carrera por el liderazgo tecnológico
Los chips avanzados son una de las principales bazas de EE. UU. para limitar el desarrollo de la inteligencia artificial en China.
Xi Jinping y Donald Trump tienen por delante una negociación difícil, desde la guerra comercial hasta Taiwán. Pero coinciden en algo: ninguno puede permitirse frenar el desarrollo de la inteligencia artificial (IA).
Mientras en Silicon Valley se debate si la IA podría acabar con la humanidad, en Washington y Pekín parecen más preocupados por el liderazgo tecnológico mundial y no dan señales de querer pisar el freno. La discusión se reavivó después de que Dario Amodei, cofundador de Anthropic, advirtiera de los peligros de una IA sin control en un artículo de 3.800 palabras.
Trump tachó casi de inmediato de «engaño» las peticiones de moderación y prometió mantener el liderazgo estadounidense. Pekín tampoco ve razones para ir más despacio: aunque está acortando distancias, sigue por detrás de EE. UU. y las restricciones de Washington le impiden acceder libremente a los chips avanzados de Nvidia.
A dos días de la llegada de Xi a EE. UU., a quien Trump tiene previsto recibir en una base aérea, Alibaba anunció que estaba desarrollando un modelo de hasta 10 billones de parámetros. También presentó unos chips de IA que describió como los más potentes de China y un plan para construir centros de datos con una potencia conjunta de 20 gigavatios. Según una estimación, esas instalaciones podrían generar 160.000 millones de dólares de ingresos por servicios en la nube.
El anuncio se sumó a varios días de novedades en la industria china de la IA. Z.ai y Xiaomi mostraron cómo sus sistemas son capaces de mejorarse a sí mismos, mientras Huawei adelantaba el lanzamiento de chips de gran potencia con los que pretende sustituir a los de Nvidia. Manus, pionera en agentes de IA y ya desvinculada de Meta, buscaba financiación con una valoración de 4.000 millones de dólares para sus nuevos proyectos.
«Ninguno de los dos países quiere renunciar a desarrollar la IA ni hacerlo más despacio», señaló Elly Rostoum, investigadora sénior del programa de política tecnológica del Centro de Análisis de Políticas Europeas y antigua analista de los servicios de inteligencia estadounidenses. «Pero entienden que el asunto es lo bastante serio como para que tengan que hablar entre ellos y para que las empresas también lo hagan».
Por eso, es más probable que de la cumbre del 24 de septiembre salgan medidas de seguridad para usos concretos que acuerdos para frenar el desarrollo de esta tecnología. Los primeros contactos ya han permitido abordar algunos de los riesgos más graves. El secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, explicó que Washington había propuesto una línea de comunicación de emergencia para incidentes relacionados con la IA. También habló con sus interlocutores chinos sobre cómo organizar el diálogo bilateral durante una reunión celebrada el 20 de septiembre en Nueva York.
«China considera que las restricciones tecnológicas estadounidenses y los controles a la exportación de chips ya la obligan a avanzar más despacio», escribió Selina Xu, responsable de los estudios sobre China y las políticas de IA en la oficina del exdirector ejecutivo de Google, Eric Schmidt. «He oído a responsables políticos chinos decir: “Ya nos están frenando”».
La apuesta china
Para alcanzar a EE. UU., China ha apostado por los modelos de pesos abiertos, que permiten a otros desarrolladores acceder a sus parámetros y modificarlos. Pekín busca así acelerar sus propios avances y extender el uso de la tecnología china en el extranjero.
Modelos como R1, de DeepSeek, y Kimi K3, de Moonshot, pueden descargarse y adaptarse en todo el mundo. Los laboratorios chinos pueden aprovechar los avances de sus competidores y sacar más partido a unos recursos de computación limitados. Esta apertura también ha atraído a usuarios extranjeros y ha facilitado la incorporación de software chino a productos y tareas cotidianas de las empresas, con nuevas posibilidades de negocio.
Moonshot, por ejemplo, está reuniendo un equipo de ingenieros especializados para ayudar a sus clientes a poner en funcionamiento los modelos y adaptarlos a sus necesidades. Ofrecerá primero este servicio en China y después en otros países. También está cerrando acuerdos con proveedores estadounidenses de servicios en la nube, como Fireworks AI y Baseten, para alojar sus modelos.
Z.ai ha ayudado a Malasia a desarrollar su propia infraestructura de IA. Por su parte, Humain, respaldada por el Estado saudí, encargó a MiniMax la creación de una plataforma nacional basada en uno de los modelos abiertos de la empresa china.
Estos sistemas ganan usuarios por su precio, su flexibilidad y su rendimiento, y ponen en dificultades a los grandes laboratorios estadounidenses que cobran por acceder a sus modelos propietarios. Tanto Anthropic como OpenAI han acusado a empresas chinas de utilizar las respuestas de sus sistemas más avanzados para entrenar alternativas a un coste muy inferior. Esa técnica se conoce como destilación.
El acuerdo con MiniMax suscitó críticas inmediatas entre quienes defienden una política de seguridad nacional más dura en EE. UU. Chris McGuire, investigador sénior del Consejo de Relaciones Exteriores, escribió en X que Washington se estaba «dejando engañar». Había aceptado vender chips de IA a países de Oriente Próximo con el compromiso de que utilizarían software estadounidense, pero Arabia Saudí había acabado eligiendo tecnología china.
Bessent y otros responsables estadounidenses también se han hecho eco de las acusaciones contra los desarrolladores chinos. El riesgo es que Washington responda aplicando con mayor rigor los controles a la exportación y dificulte aún más el acceso de China a los recursos de computación que necesita para competir.
Posibles acuerdos
La discusión sobre los riesgos de la IA introduce un nuevo asunto en una rivalidad que durante años ha girado en torno a los chips y las restricciones de Washington para vendérselos a China. Esos controles siguen siendo una importante fuente de tensión y podrían abordarse durante la visita de Xi, aunque han ocupado menos espacio en los días previos.
El representante comercial estadounidense, Jamieson Greer, afirmó que las restricciones no figuraban en el orden del día de su reunión del 20 de septiembre con el viceprimer ministro chino, He Lifeng, y el principal negociador comercial del país, Li Chenggang. Pekín no ha confirmado esa versión y se ha limitado a señalar que ambas partes hablaron de IA.
El dominio chino del suministro mundial de minerales críticos puede dar a Xi una baza decisiva en la negociación. Al mismo tiempo, empresas como Alibaba aceleran la fabricación de chips avanzados para reducir la dependencia del país de la tecnología estadounidense.
China tampoco ignora los peligros de la IA. Desde el lanzamiento de ChatGPT en 2022, sus reguladores han aprobado normas para los asistentes conversacionales y han propuesto restricciones a las aplicaciones que ofrecen compañía virtual a los menores. Los responsables de seguridad también han advertido de que estas herramientas pueden utilizarse con fines maliciosos.
En los días previos a la cumbre, The Information publicó que las autoridades chinas de ciberseguridad investigaban posibles filtraciones de datos en Moonshot y DeepSeek. La noticia refleja la intención de Pekín de vigilar a estas empresas, sobre todo cuando se trata de contenidos sensibles.
En estas cuestiones podría haber un acercamiento a la Administración Trump, aunque no sean los peligros extremos sobre los que han alertado Amodei, Sam Altman, de OpenAI, y Elon Musk, de SpaceXAI.
«La posibilidad de que la IA amenace la existencia de la humanidad no es uno de los grandes temas de debate en China, tampoco entre sus responsables políticos», explicó Kyle Chan, investigador de la Brookings Institution. «Sí hay cada vez más coincidencias sobre otros riesgos importantes, como la ciberseguridad, las armas biológicas y el uso de la IA por grupos ajenos a los Estados».
Cualquier acuerdo, sin embargo, tendrá que superar la desconfianza mutua. Cada país duda de si el otro pretende mejorar la seguridad o sacar ventaja.
Amodei sostiene que impedir que China tome la delantera en IA es esencial para garantizar la seguridad, y con ese argumento defiende controles más estrictos a la exportación. Pekín ve en ese razonamiento una prueba de que las advertencias sobre los peligros de la tecnología sirven de pretexto para frenar su desarrollo y las califica de «alarmismo».
«La falta de confianza sigue limitando la cooperación entre ambos países», señaló George Chen, socio de la consultora The Asia Group. Según explicó, Pekín sigue convencido de que Washington quiere impedir el ascenso de China en IA y otras tecnologías emergentes. Esa percepción condicionará hasta dónde y a qué velocidad pueden avanzar las conversaciones.
Con la colaboración de Luz Ding, Saritha Rai, Rebecca Choong Wilkins y Vlad Savov.