Qué le pasa a una economía cuando hace demasiado calor para trabajar

La India muestra cómo el calor extremo reduce la productividad, eleva costes empresariales y amenaza el crecimiento emergente

El calor extremo empieza a actuar como una restricción económica: reduce horas trabajadas, eleva costes, presiona precios y obliga a rediseñar sectores intensivos en trabajo físico.

Hay un punto en el que el calor deja de ser solo una emergencia sanitaria o climática y se convierte en un problema económico. La India empieza a mostrarlo con claridad: fábricas que producen menos, obras que cambian horarios, trabajadores que enferman y empresas que asumen más costes para mantener la actividad.

El calor extremo afecta ya al crecimiento de algunas de las economías de mayor desarrollo del mundo. No hay un ejemplo más relevante que la India, donde millones de trabajadores de sectores como la construcción, la industria manufacturera, la agricultura o la logística pasan horas al aire libre o en instalaciones sofocantes sin refrigeración suficiente.

En Kanpur, centro de la industria del cuero del país, los trabajadores se mueven despacio y con cuidado mientras las temperaturas alcanzan los 46 grados. A las puertas de la planta de H. Rehman Tanning Industries, varios jóvenes cuelgan tiras de piel de búfalo en secaderos improvisados, con la cabeza envuelta en paños blancos de algodón para protegerse del sol.

En la fábrica cercana de AKI India, el aire resulta asfixiante pese al ruido constante de enormes ventiladores. Los empleados introducen láminas de cuero en máquinas de prensado y las apilan sobre el suelo de hormigón.

Asad K. Iraqi, consejero delegado de AKI, hace que sus 100 trabajadores beban dos veces al día una solución de sales de rehidratación oral y ha invertido recientemente en sistemas adicionales de refrigeración. Pero no basta. Algunos empleados enferman y otros regresan a sus pueblos.

«Mi productividad ha caído un 40 %», afirma Iraqi, con la frente cubierta de sudor. «Los trabajadores no pueden sobrevivir a este calor sin una hidratación y una refrigeración adecuadas».

Demasiado calor

La escena se repite en toda la India a medida que los veranos se vuelven cada vez menos habitables. El calor y la humedad llevan años aumentando y, en cualquier día del mes pasado, la gran mayoría —a veces la totalidad— de las 50 ciudades más calurosas del mundo estaban en la India.

El impacto empieza a notarse en toda la economía, desde los costes operativos hasta la inflación y la demanda eléctrica.

En abril, el Gobierno federal emitió una recomendación por calor en la que instaba a las empresas a reorganizar los horarios de trabajo, ofrecer pausas para hidratación y zonas de descanso, y reducir el ritmo de actividad. En varios estados, los colegios, la mayoría sin aire acondicionado, adelantaron semanas sus vacaciones de verano, revisaron horarios o trasladaron clases al formato en línea.

«El impacto del calor es como una muerte por mil cortes», afirma Aditya Valiathan Pillai, investigador visitante del centro de estudios Sustainable Futures Collaborative, en Nueva Delhi, especializado en adaptación climática. Su referencia principal es el golpe a la productividad.

La India emerge así como uno de los ejemplos más claros de cómo el calor extremo puede convertirse en una restricción económica estructural, especialmente para economías en desarrollo dependientes del trabajo físico.

A diferencia de los países más ricos, donde el crecimiento se apoya cada vez más en los servicios y en el trabajo en interiores, amplias partes de la economía india siguen dependiendo de millones de personas que trabajan durante largas jornadas al aire libre o en entornos mal refrigerados.

Productividad perdida

La pérdida de trabajo provocada por el aumento del calor y la humedad puede poner en riesgo entre el 2,5 % y el 4,5 % del PIB de la India en 2030, según un estudio de 2020 del McKinsey Global Institute.

Otro estudio de la Universidad de Chicago, publicado en 2021, concluyó que la producción industrial en la India caía alrededor de un 2 % por cada grado de aumento de la temperatura, por la menor productividad de los trabajadores y el mayor absentismo.

El informe Lancet Countdown on Health and Climate Change estimó que la India perdió 247.000 millones de horas laborales potenciales por exposición al calor en 2024, un 124 % más que el promedio anual registrado entre 1990 y 1999.

Para Taposh Dey, contratista laboral con sede en Bombay, las temperaturas extremas están modificando los horarios en la construcción. El trabajo al aire libre se desplaza de forma habitual a primera hora de la mañana o a última hora de la tarde, mientras que los promotores, que antes planificaban sobre todo las interrupciones del monzón, ahora también deben tener en cuenta el calor.

«La franja entre las 13:00 y las 16:00 horas es la más difícil, con fatiga laboral, deshidratación y riesgos de seguridad que obligan a ralentizar el trabajo o trasladarlo a horas posteriores», afirma Deben Moza, de la consultora inmobiliaria Knight Frank India.

Costes empresariales

El calor no solo reduce horas trabajadas. También obliga a las empresas a invertir en ventilación, refrigeración, hidratación, reorganización de turnos y protocolos de seguridad. Lo que antes podía verse como una incidencia estacional empieza a integrarse en la estructura de costes.

Para Soumya Swaminathan, ex científica jefe de la Organización Mundial de la Salud (OMS), deben mejorar las propias condiciones laborales.

«Necesitamos más zonas de sombra, acceso al agua, descansos obligatorios y campañas de concienciación para que los trabajadores reconozcan las señales tempranas del estrés térmico», afirma Swaminathan, nombrada el mes pasado miembro de la Royal Society, la academia nacional de ciencias del Reino Unido.

Un portavoz del Ministerio de Trabajo y Empleo no respondió a una solicitud de comentario enviada por correo electrónico.

Casi la mitad de la población mundial vivirá expuesta al calor extremo en 2050 si el mundo alcanza un calentamiento global de dos grados por encima de los niveles preindustriales, según un estudio de la Universidad de Oxford publicado en enero.

La India será el país con mayor población afectada, según Radhika Khosla, climatóloga urbana y profesora asociada que cofirmó el estudio.

«Sabemos que los impactos serán severos, y ya están aquí», afirma Khosla, que añade que la India necesita una planificación urbana de largo plazo centrada en refrigeración y sombra.

Más inflación

El calor extremo no actúa solo sobre la productividad. También puede trasladarse a los precios cuando reduce cosechas, tensiona la demanda eléctrica, encarece la refrigeración, altera horarios de producción o fuerza a las empresas a asumir más costes operativos.

A ese riesgo se suma ahora el fenómeno meteorológico El Niño, que amenaza con añadir otra presión sobre productividad y precios.

La última vez que El Niño emergió desde los trópicos, en 2023, casi todos los rincones de la economía sintieron su impacto. Los fabricantes de chocolatinas redujeron la cantidad de chocolate en sus productos después de que la sequía en África Occidental disparara el precio del cacao. Algunos vuelos transatlánticos se alargaron, otros se acortaron y muchos se volvieron más turbulentos, alterando el consumo de combustible. Incluso subieron los precios del jabón, al encarecerse ingredientes clave.

Los efectos del nuevo episodio de El Niño pueden ser mucho más intensos. El Centro de Predicción Climática de EE. UU. afirmó el jueves que las condiciones, surgidas en mayo según sus cálculos, seguirán ganando fuerza y alcanzarán su punto máximo durante el invierno. Eso aumenta el riesgo de olas de calor severas, caídas bruscas de las lluvias y lluvias torrenciales en distintas zonas del mundo.

La perspectiva llega en un momento delicado para gobiernos, empresas y hogares, ya sometidos a una inflación más alta vinculada a la guerra de EE. UU. e Israel contra Irán.

Incluso antes de que el centro estadounidense declarara oficialmente la llegada del fenómeno, el Departamento de Agricultura de EE. UU. ya preveía que los precios de los alimentos en el país subirían hasta un 4,7 % en 2026 respecto al año anterior, el mayor aumento en tres años.

En los productos elaborados con azúcar y cacao —los dos cultivos más expuestos a las sequías provocadas por El Niño, según la firma financiera londinense Marex Group—, el Departamento de Agricultura espera subidas de hasta el 8,4 %.

La última vez que el mundo se enfrentó a un episodio tan intenso de El Niño, en 2015 y 2016, el resultado fue una pérdida de productividad superior a 7,8 billones de dólares, según un estudio de Dartmouth College, con efectos económicos que se prolongaron durante años.

Más volatilidad

El Niño es un patrón meteorológico que se produce cuando las temperaturas superficiales del océano Pacífico se mantienen elevadas. Los vientos alisios se debilitan e incluso pueden invertirse, lo que aumenta aún más la temperatura del océano. Esa dinámica provoca patrones de altas y bajas presiones que se traducen en lluvias excesivas en algunas partes del mundo y sequías en otras.

Es un fenómeno cíclico normal que antes aparecía y desaparecía con poca atención, salvo en los años más extremos. Pero el cambio climático, al cargar la atmósfera con más calor y humedad, puede amplificar su impacto.

De hecho, los meteorólogos han tenido que modificar sus métodos para medir El Niño y tener en cuenta el fuerte aumento de la temperatura de los océanos. Con la nueva escala, este episodio parece encaminado a ser, en su punto máximo, casi tan fuerte o igual de intenso que los grandes episodios de comienzos de los años 80 y finales de los 90. Eso lo convertiría en uno de los más relevantes de la historia moderna.

Algunos expertos llegan a hablar de un «super El Niño».

«La forma sencilla de decirlo es: esperen más volatilidad con El Niño», afirma Sarah Kapnick, directora global de asesoramiento climático de JPMorgan Chase. Y no solo en las zonas que tradicionalmente se consideran vulnerables.

Transición difícil

La transición energética también se enfrenta a un nuevo reto logístico: los equipos de energía limpia son cada vez más complejos, peligrosos y difíciles de transportar.

Mover componentes gigantes de aerogeneradores o baterías con riesgo de incendio se ha convertido en un desafío para un negocio que DHL Group espera que aumente sus ingresos hasta 3.000 millones de euros en 2030, frente a unos 600 millones el año pasado, según su consejero delegado, Tobias Meyer.

«Las grandes turbinas eólicas tienen ahora palas de dimensiones asombrosas», explicó Meyer a periodistas el jueves durante una videoconferencia desde Ámsterdam. «Estas grandes cargas generan fuertes presiones de viento para los barcos, requieren apilamiento y plataformas especializadas de transporte, y además son bastante vulnerables».

Dongfang Electric comenzó el año pasado la producción de una turbina eólica de 26 megavatios con palas de 153 metros, mientras que Ming Yang Smart Energy Group ha trabajado en un enorme modelo de dos cabezales y 50 megavatios.

Los fabricantes desarrollan rotores gigantes, capaces de captar más energía, para ampliar ventas en mercados con vientos flojos. Pero instalar equipos de ese tamaño suele exigir camiones especializados y carreteras anchas.

Baterías complejas

El aumento de la demanda de baterías, incluido el auge del almacenamiento estacionario, impulsa las exportaciones de celdas de ion-litio. Sin embargo, transportar estos componentes puede ser complejo: cualquier unidad de más de 35 kilos se clasifica como mercancía peligrosa por el riesgo potencial de incendio.

A ese riesgo se suma una red fragmentada de normas internacionales de aviación, lo que convierte el transporte aéreo de grandes baterías en la «mayor brecha» del sector, según Meyer.

La transición energética depende de fabricar más equipos limpios, pero también de moverlos a tiempo, con seguridad y a escala global. Esa dimensión logística se está convirtiendo en otro cuello de botella para empresas, inversores y gobiernos.

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Anup Roy, Shruti Srivastava y Lauren Rosenthal (Bloomberg) son coautores de este artículo.


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