La crisis laboral por la IA de la que nadie habla
Parmy Olson advierte de que la IA puede degradar la calidad del empleo aunque no provoque una destrucción masiva de puestos
El debate sobre la inteligencia artificial suele moverse entre destrucción de empleo y aumento de productividad, pero el riesgo más difícil de medir puede estar en la calidad de los trabajos que sobrevivan.
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Construir un buen relato resulta esencial para vender inteligencia artificial (IA). Pero los líderes de los grandes laboratorios están provocando vértigo con sus cambios de discurso sobre el empleo. El desenlace más probable no es una destrucción masiva de puestos de trabajo ni una utopía de productividad, sino algo más difícil de medir: una degradación silenciosa de la calidad de los empleos que permanezcan.
El año pasado, Dario Amodei, consejero delegado de Anthropic, advirtió de que la inteligencia artificial eliminaría más del 50 % de todos los empleos administrativos de nivel inicial en un plazo de cinco años. Ahora afirma que hará a todo el mundo más productivo.
«Si automatizas el 90 % del trabajo, entonces todo el mundo hace el 10 % del trabajo», dijo el mes pasado a Jamie Dimon, consejero delegado de JPMorgan Chase, durante un acto de Anthropic. «Y ese 10 % se expande hasta convertirse en el 100 % de lo que hace la gente».
Sam Altman, de OpenAI, también ha rebajado sus previsiones más sombrías. Tras advertir el año pasado de una fractura similar en el mercado laboral, dijo en mayo que había estado «bastante equivocado» sobre el impacto económico de la inteligencia artificial.
Cambio de relato
Hasta ahora, los líderes tecnológicos habían alimentado de forma bastante desagradable la idea de la destrucción de empleo. Algunas compañías atribuyeron públicamente sus propios despidos a la sustitución por inteligencia artificial, aunque es más probable que respondieran a excesos de contratación previos.
Pero, como sostuve a comienzos de este año, apenas hay evidencias de que los modelos de software estén reemplazando trabajadores a gran escala. Estudios recientes apuntan, además, a que las políticas de teletrabajo forman parte del problema para los puestos de entrada.
El cambio de perspectiva de Amodei y Altman llega en un momento oportuno. Ambos preparan salidas a bolsa mientras sus compañías se acercan a valoraciones privadas estratosféricas, de alrededor de un billón de dólares cada una.
El público al que deben vender la inteligencia artificial ya no está formado solo por empresas interesadas en herramientas capaces de reducir costes laborales y aumentar márgenes. También incluye inversores institucionales y minoristas, ciudadanos cada vez más escépticos con la tecnología y fondos de pensiones que pueden temer una reacción regulatoria.
Zona gris
En el debate binario sobre si la inteligencia artificial destruirá empleos o maximizará la productividad se pierde la zona gris que queda en medio: qué puede ocurrir con la propia naturaleza del trabajo.
Algunas imágenes resultan inquietantes. Zeb Evans, consejero delegado de la firma de software ClickUp, describió recientemente una profunda reorganización de su compañía alrededor de la inteligencia artificial tras recortar cerca de una cuarta parte de su plantilla. Los humanos pasarían de producir trabajo a gestionar miles de agentes de IA, asignarles tareas y revisar sus resultados.
Pero ¿hasta qué punto resulta satisfactorio gestionar un enjambre de agentes de inteligencia artificial?
En su libro We Are Not Machines: The Fight for the Future of Work, Sarah O’Connor sostiene que no deberíamos ignorar el carácter a veces anestesiante de una nueva generación de empleos en los que las personas vigilan algoritmos que ejecutan las tareas que antes realizaban ellas mismas.
La periodista del Financial Times retrata a traductores de subtítulos televisivos que ahora corrigen resultados generados por IA, camioneros que supervisan camiones autónomos de 18 ruedas y trabajadores de Amazon que han pasado de recorrer enormes almacenes en busca de productos a recibirlos de robots y seguir instrucciones sobre en qué estantería o caja deben colocarlos.
Trabajo vaciado
Todo esto ahorra tiempo y esfuerzo, pero también vacía parte del contenido del trabajo. Lo vuelve más intenso, más solitario y menos creativo.
O’Connor recuerda que nada de esto es nuevo. A comienzos del siglo XX, el ingeniero Frederick Winslow Taylor descompuso el trabajo industrial en tareas pequeñas y estandarizadas para maximizar la productividad. Logró aumentar la eficiencia, pero también redujo a los trabajadores a piezas de una máquina.
Muchos empleados lo odiaron. La resistencia al taylorismo fue tan amplia que provocó huelgas en fábricas estadounidenses a principios del siglo pasado. Los sindicatos denunciaban que el nuevo sistema deshumanizaba el trabajo, privaba a los empleados de capacidad de juicio y volvía sus tareas psicológicamente agotadoras, aunque aumentara la producción y enriqueciera a los propietarios.
O’Connor no entra a fondo en cómo deberían responder los gobiernos, pero sí apunta una posible solución en los Países Bajos.
Antitaylorismo
Allí, una organización sin ánimo de lucro llamada Buurtzorg —«atención de barrio» en neerlandés— ha organizado a enfermeras de atención domiciliaria en pequeños equipos autogestionados de alrededor de una docena de personas, prácticamente sin mandos intermedios.
A diferencia de una planta hospitalaria tradicional o de un sistema público de salud en el que las enfermeras siguen protocolos rígidos dictados desde arriba —por ejemplo, medir los minutos dedicados a cada paciente—, estos equipos deciden por sí mismos cómo distribuir su tiempo, a partir de su experiencia profesional y de las redes informales de apoyo de cada paciente.
Es, como señala O’Connor, la antítesis del taylorismo. En lugar de dividir la atención en microtareas medibles, confía en que las enfermeras ejerzan su propio criterio.
El resultado ha sido una reducción de costes y pacientes y trabajadores más satisfechos. También deja una enseñanza más amplia: el problema del trabajo de cuidados no siempre es la falta de personas, sino la forma en que decidimos organizarlas.
Empleos con sentido
Las previsiones de Amodei y Altman sobre el futuro del trabajo empiezan a sonar más optimistas en términos estadísticos. Pero aún no han abordado cómo la inteligencia artificial puede hacer que algunas formas de trabajo sean mucho menos significativas al reducir la autonomía humana.
Ese punto ciego traslada la responsabilidad a las organizaciones, que deberían ser más deliberadas sobre qué tareas entregan a la IA. En su carrera por no quedarse atrás, deben resistir la tentación de externalizar precisamente las funciones que hacen que un trabajo merezca la pena.
Los consejeros delegados tecnológicos quizá han dejado de predecir la muerte del empleo. Pero casi nadie pregunta si los trabajos que sobrevivan seguirán mereciendo ser hechos.
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