Es tiempo de Mykonos

La reina de las islas Cícladas, sinónimo de hedonismo, nunca pasa de moda: su belleza y su fusión de pasado y presente atrae todavía a un viajero que tiene el disfrute como única brújula.

mykonos

Según la mitología, fue en Mykonos donde Hércules mató a los gigantes Cicno y Porfirión y sus cuerpos se convirtieron en rocas. También, que el nombre de la isla deriva de Mykono, el bello hijo del luminoso dios Apolo. Cuando uno se sienta a contemplar las aguas azul turquesa, los islotes, las casas blancas, los molinos de otra época, los atardeceres del color de las llamas y percibe el aroma de las buganvillas; no parece descabellado pensar que aquí lucharon y amaron dioses y héroes.

De la veintena de islas habitadas que forman el archipiélago de las Cícladas -cuenta con otros 200 islotes desiertos-, Mykonos es, junto a Santorini, la que más ha rentabilizado la industria del hedonismo. Hasta mediados del siglo pasado, este enclave en medio del Mar Egeo era pobre y la población se dedicaba a la agricultura y la pesca para poder subsistir. En los años 30 y 40, escritores como Lawrence Durrell o Henry Miller ya se sintieron atraídos por la vida sosegada y anacrónica de la Grecia insular.

Pero a partir de los años 60, Mykonos se convirtió en otro tipo de paraíso, más cercano a los dioses del dinero que a los de Homero. El magnate Aristóteles Onassis atracó su yate Christina en Mykonos y puso la isla en el mapa del glamour. En la cubierta de la embarcación se bronceaba la divina María Callas y, más tarde, Jackie Kennedy o Liz Taylor, gran amiga del armador. La jet-set internacional empezó a enamorarse de esta isla de 81 km de costa. Venían por el clima, por la belleza de sus parajes y, también, por el aire de libertad que se respiraba en Mykonos. De hecho, ya en los años 70 la isla era una meca del turismo gay gracias a la mentalidad abierta de sus gentes.

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