Bilbao, un modelo que envidia todo el mundo

Salta a la vista: Bilbao ya no es la estampa gris de la reconversión industrial y el abandono, sino la imagen luminosa de un modelo de regeneración urbana envidiado en todo el mundo.

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Los listones de madera que cubren el suelo recuerdan a la cubierta de un barco. Aunque hay un tenue olor a mar, estamos tierra adentro, sobre una estructura de 140 metros que une dos siglos y dos mundos. A un lado, la Universidad de Deusto, donde estudiaron los hijos de la burguesía del carbón y el hierro del XIX; al otro, su nueva biblioteca, donde los jóvenes sueñan hoy un futuro sostenible a la sombra de la Torre Iberdrola. Aquí, acodados sobre el pretil de la pasarela Pedro Arrupe, pensamos si no será este el símbolo perfecto de un renacer urbano objeto de admiración y estudio en todo el mundo. Podría serlo como nexo entre las dos orillas del tiempo, idea inspirada por la llegada del flamante tranvía que, procedente del Bilbao más vetusto, recorre la margen izquierda de la ría, arbolada de verde y no de grúas paradas y gigantes oxidados. Podría serlo igualmente por las vistas que desde aquí se tienen de muchos de los nuevos edificios emblemáticos de la ciudad, incluido el que lo empezó todo, ese imán de miradas y turistas que es el Museo Guggenheim. Pero también podría serlo por un espectáculo que descubrimos en las aguas del Nervión y que constituye la clave más discreta de un éxito urbanístico sin precedentes: hay peces nadando en la ría. Son lubinas, dice alguien. Y también se han visto mojarras y platijas. Y cangrejos. Y garcetas y gaviotas, incluso algún martín pescador...

A grandes rasgos, se conoce como 'efecto Guggenheim' el impacto que la construcción de un icono arquitectónico tiene sobre el desarrollo de una ciudad. La apertura en 1997 de la sucursal del famoso museo neoyorquino situó a la capital vizcaína en el mapa del turismo mundial. Sus millones de visitantes fueron el motor que volvió a poner en movimiento un Bilbao con las calderas apagadas. Otras antiguas ciudades industriales, como Glasgow o Gotemburgo, han intentado imitar este modelo, incluso la propia Fundación Guggenheim quiso repetir éxito en Las Vegas, pero el fracaso fue rotundo. Las explicaciones que apuntan los urbanistas parecen ir en la misma dirección que las lubinas bajo la pasarela de Pedro Arrupe: hace falta algo más que un museo, por muy espectacular que sea su sede o por muy estrella que sea el arquitecto que la diseñó. Y Bilbao supo tener ese algo más.


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