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Entrevista

Somaly Mam: "Me violaron y me vendieron como una esclava, pero he logrado perdonar"

Marian Rojas-Estapé - XL Semanal

Fue vendida como esclava y, durante años, obligada a ejercer la prostitución. Eso forjó el carácter de Somaly Mam para, una vez libre, luchar contra esta lacra que sufren dos millones de niñas en el mundo. Enfrentarse a las mafias que controlan el comercio sexual en Asia y ofrecer a las niñas un futuro mejor le han valido a esta activista camboyana el reconocimiento internacional, pero también amenazas de muerte en su propio país. Ella nos explica cuál es la fuerza que la impulsa.

Cuatro mil chicas rescatadas de manos de proxenetas en Camboya, Laos, Tailandia y Vietnam; 450.000 preservativos repartidos en prostíbulos para frenar el sida; y más de 27.000 hombres instruidos en sesiones de información. Esas son las cifras que arroja, desde 1996, el trabajo de la asociación Afesip. Su misión es rehabilitar a niñas prostituidas en burdeles muchas de ellas, de apenas seis años mediante una formación integral, que va desde enseñarles a escribir y leer hasta capacitarlas con talleres de costura, peluquería o manufacturas para que se labren un futuro. Al frente de ella, y de la fundación que lleva su nombre, con la que colabora activamente la fundación española Rojas-Estapé, está Somaly Mam, que hoy vive por y para ayudarlas.

XLSemanal. ¿Qué sabe de sus orígenes?

Somaly Mam. No sé mi nombre ni mi fecha de nacimiento. Lo celebro el 2 de abril, pero no sé cuándo nací. Mi padre adoptivo eligió el nombre de Somaly porque significa collar de flores perdido en el bosque. Me gusta, me recuerda mi infancia. Yo vivía como una niña salvaje, sin familia. Mi casa estaba en todas partes y en ningún lugar.

XL. ¿Qué gente cercana tenía en su infancia?

S.M. Recuerdo jugar de pequeña con otros niños y mendigar el afecto de alguna madre para conseguir un abrazo o un beso.

XL. ¿Cómo era la situación política de Camboya en esos años?

S.M. Pasé mi infancia en un pueblo de montaña bajo el régimen de Pol Pot; pero no recuerdo haber visto ningún soldado de los jemeres rojos cuando era niña. Nuestra región era tan pobre y despoblada que parecía olvidada por el Estado. En el pueblo nunca vi un médico, una enfermera o un maestro. Era una zona realmente miserable.

XL. ¿Qué siente al no saber nada de sus padres biológicos?

S.M. Hasta que tuve a mi hija, muchas veces los odié por haberme abandonado. Envidiaba a los niños cuando los veía cerca de sus padres.

XL. ¿En qué momento perdió la inocencia?

S.M. Cuando tenía unos diez años, a quien yo llamaba tío me confió a un hombre de su familia, que pasó a ser mi abuelo. Al principio me sentía segura con él, pero cuando sus negocios empezaron a ir mal se dio a la bebida. Entonces cogía una vara y me molía a palos. Era un infierno. En 1982, cuando yo debía de tener unos 12 años, mi abuelo me pidió que hiciera un recado: que fuera a buscar petróleo al chino del barrio. Yo lo conocía, pero al llegar allí me arrastró hasta un rincón y me violó. Me prohibió contar nada. Yo no entendía qué me había sucedido. En esos casos hay mucha vergüenza y es difícil asumir esa carga; lo sé porque a todas las chicas les ha pasado lo mismo. 

XL. ¿Cómo llegó a Phnom Penh?

S.M. Antes de ir a Phnom Penh, trabajé de enfermera en un hospital. Me habían obligado a casarme con un hombre camboyano que murió en el frente. Allí trabajaba ayudando sin parar en el hospital. Los enfermos eran muchos por la guerra y los atendíamos como podíamos. Pero el ambiente era muy malo y los médicos no nos trataban bien. En general, nos violaban a las chicas, pero no había manera de denunciar nada. ¿A quién? Un día, mi abuelo se acercó donde yo vivía y me dijo que me llevaba a la ciudad para conocer a una tía suya. Al llegar, me vendió a un burdel. Vi cómo la dueña del prostíbulo le daba dinero a mi abuelo.

XL. ¿Nunca se le ocurrió librarse de su abuelo?

S.M. Aún no sé cómo no lo maté. Lo único que se me ocurre es que me educaron como a una esclava, para obedecer. En algún momento me planteé envenenarlo o contratar un matón, pero yo era muy cobarde para hacer eso.

XL. ¿Cómo fue el infierno del burdel?

S.M. Mi primera reacción fue negarme a recibir clientes; pero el chulo me dio una paliza brutal, me violó, me encerró en una habitación y me amenazó con pegarme y violarme todos los días si no lo hacía. Acabé sucumbiendo. Mi historia en los burdeles es horrible, pero, al estar ahí, el sexo se vuelve algo automático. Te conviertes en un autómata. Durante esa época intenté confiar en algunas personas que iba conociendo, pero siempre acababan violándome. Recuerdo a un cliente con el que acabé escapándome porque me trataba bien. Me subió a un camión lleno de gente que se dirigía a una ciudad del norte. Esa noche, todos los hombres del camión me violaron uno tras otro. ¡El cliente me había vendido a ese camionero!

XL. Lo que cuenta es terrible, pero dice que ha perdonado...

S.M. Sí, he perdonado. Amo más de lo que me han odiado y esa es la clave de la felicidad; eso es lo que yo les transmito a mis niñas. Desde que fui capaz de salir de ese mundo y crear mi familia y mi fundación, he aprendido a ser muy feliz.

XL. Pero cada vez que una de esas niñas le cuenta su historia, de alguna manera, usted vuelve a revivir aquel infierno...

S.M. Sí. El ambiente de los karaokes y burdeles de Camboya es terrible. A veces, al entrar, me quedo sin respiración por cosas que siento o veo. Hace poco, una niña a la que visitaba en un burdel me contó que el chulo la obligó a ver clientes el día antes y el día después de parir. Al escuchar esas cosas, lloro por dentro. Muchas niñas siguen adelante con sus embarazos. Resulta increíble, ¡pero es que de repente tienen un motivo para seguir viviendo! Aman a alguien. La libertad en estos casos es clave, pero hay que dar toda la información posible.

XL. ¿Puede entrar en los burdeles? ¿Le permiten el acceso?

S.M. Desde que hace unos años conseguimos una ley para prevenir el sida en los burdeles, no me pueden cerrar las puertas. Y yo hago toda la prevención que puedo.

XL. ¿Qué hace para evitar la trata y el mercado de mujeres?

S.M. Hay mucho dinero detrás de todo esto y no es sencillo acabar con ello. Mucha gente no me quiere o me quiere mal. Pero yo lucho por esas niñas. Nadie elige la prostitución de manera voluntaria. Esto es algo que hay que entender bien...

XL. Explíquese...

S.M. Hubo un momento de mi vida en el que yo era libre y me podía haber ido. ¿Pero adónde? Al no saber qué hacer, volví al burdel. Las chicas en ocasiones no hallan otra solución, otro camino; pero eso no significa que quieran estar ahí.

XL. ¿Qué trabajo hacen en la fundación?

S.M. Desde 1996, la asociación Afesip (Acción por las Mujeres en Situación Precaria) se encarga de rescatar niñas de los burdeles para rehabilitarlas y reintegrarlas. Y en 2007 creamos la Fundación Somaly Mam, que tiene un programa llamado Voices for change (Voces para el cambio) en el que chicas supervivientes realizan un importante trabajo de concienciación tanto en los burdeles como en los medios de comunicación y en las universidades.

XL. Somaly, ¿su lema...?

S.M. Mis lemas son «Life is love» (La vida es amor) y «Love with no conditions» (Ama sin condiciones). Y se los debo a dos personas. Uno es Juan Pablo II, al que conocí pocos meses antes de su muerte. Él me dijo: «El amor es la solución, el amor lo cura todo». Unos años más tarde conocí al Dalai Lama, y también me habló del amor, el perdón y la paz interior. Me enseñó la importancia de la meditación y desde entonces la he practicado. He aprendido a aceptar mi pasado. He vivido la dificultad de salir de un burdel; he sufrido en mi piel, en mis entrañas, el dolor de no sentir nada; de no creerse nada; de no considerarte nada. Necesito sobrevivir, estar fuerte; porque de mi fortaleza nace la esperanza que transmito; hay tres mil niñas que me llaman mami, ¿no es increíble?

Privadísimo

-Mam pertenece a la etnia phnong, formada por 30.000 personas que viven al noroeste de Camboya. Son agricultores y doman elefantes.

-Cuando tenía 16 años, su abuelo la vendió a un burdel, del que huyó varias veces. Una de ellas volvió tras ser violada por un grupo de policías. A su regreso la castigaron haciéndole tragar gusanos vivos.

-Su deuda quedó saldada cuando su abuelo murió. Entonces pudo elegir a clientes caucásicos, que «no la golpeaban» y «pagaban más», asegura.

-Cuando tenía 20 años, conoció a Pierre Legros, un activista francés. Él la ayudó a dejar la prostitución. Tienen tres hijos en común.

-En 1992 se trasladaron a París. La relación con su suegra fue complicada. «La entiendo dice. Nadie quiere que su hijo que case con una prostituta».

-En París solo aguantaron 18 meses. En 1994, ambos volvieron a Camboya en una misión humanitaria de Médicos sin Fronteras. Crearon en 1996 la asociación Afesip, para rescatar a niñas de los burdeles, y en 2007 la Fundación Somaly Mam.

-Las manufacturas que crean las niñas rescatadas se venden en la web www.empowermentstore.org. Lo más vendido es el collar morado de semillas.

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