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Diane Kruger: "No quisiera despertarme un día con mucho dinero pero sin el hombre que amo a mi lado"

Ixone Díaz Landaluce

Sofisticada, elegante, etérea. La actriz alemana Diane Kruger se ha convertido en un icono de moda.


Buscaban a la mujer más bella del mundo. Habían escrutado su rostro entre las fotos y los vídeos de más de 3.000 actrices, pero los directores de casting de Troya aún no habían descubierto a la actriz que pudiera emular la legendaria belleza de la mitológica Helena. Y, entonces, la encontraron a ella. Diane Kruger había sido el secreto mejor guardado del cine francés, pero Hollywood -con su habitual falta de discreción- anunció al mundo en 2004 que había encontrado una nueva musa para integrar en su selecto harén de estrellas.

«Las posibilidades de que me pasara esto a mí eran de una entre un millón», confiesa Diane Kruger, que nació en la pequeña localidad alemana de Algermissen en 1976. «No vengo de una familia que pudiera mantenerme económicamente. Mis padres se divorciaron cuando yo era pequeña y mi madre nos crio sola a mi hermano y a mí. Por eso hice de todo: desde repartir periódicos hasta trabajar en funerales. En Alemania, dos niñas se colocan junto al ataúd sosteniendo grandes velas y luego acompañan el féretro hasta que lo entierran. ¡Hice aquel trabajo durante dos años! Lo peor era que, mientras todos lloraban, el cura se acercaba a ti y te daba los cinco marcos alemanes. ¡Era horrible!», explica entre risas recordando su primera fuente de ingresos.

Veinte años después cuesta imaginarla en un papel tan lúgubre. Ella, que por el camino del éxito se ha convertido en referente de moda en las alfombras rojas desde Cannes hasta Nueva York, es asidua a la primera fila de los desfiles parisinos e imagen de marcas como LOréal o Calvin Klein. No es ninguna casualidad. Antes que actriz, Kruger fue modelo. Y no precisamente de catálogos de venta por correo. Con 15 años, y mientras perseguía una carrera como bailarina que una lesión acabó truncando, la agencia Elite la descubrió en uno de sus concursos de caras nuevas. Íntima amiga de Karl Lagerfeld, al que considera su «padre sustituto» a falta de una relación con el biológico, con 22 años y siendo una modelo solicitada, decidió retirarse. Posar la aburría profundamente y decidió estudiar arte dramático.

Después de encadenar varios papeles en el cine francés saltó a la fama con un telefilme, The piano player, junto con Dennis Hopper, y solo dos años más tarde lucía las sensuales túnicas griegas de esa Helena de Troya que tanto había costado encontrar. Ocho años después, la actriz alemana ha hecho cine palomitero (La búsqueda o Sin identidad), pero también ha pasado la reválida de los dramas de época (Coping Beethoven) y lleva el sello de calidad Tarantino después de clavar el papel de espía en Malditos bastardos y regalarle al director la pertinente escena de pies femeninos para satisfacer su fetichismo más famoso.

Todavía con el chip del cine europeo en su cabeza, la meca del celuloide -con sus reglas desconcertantes- le resulta un lugar extraño. «Muchas de las ilusiones de una actriz sobre Hollywood se rompen cuando llega aquí. Al principio, no entendía hasta qué punto este negocio se rige por el dinero. Para mí, hacer películas siempre había sido una forma de arte. Y, a menudo, ese no es el caso. Recibes un guion estupendo y, si el estudio decide que la película no será capaz de recaudar 100 millones de dólares, el proyecto se cancela», explica.

Ahora, Kruger ha aprendido la lección. «Mi otra pasión, aparte del cine, es la vida... Y lo digo así porque hace unos años todo era mi trabajo», comenta en un arranque de sinceridad poco común para una estrella como ella. «En estos momentos sigo amando esta profesión, pero tengo una vida fuera de ella. No me quiero levantar un día y darme cuenta de que a mi lado no hay un hombre, ni hijos ni amigos, pero que tengo mucho dinero y un apartamento precioso». Desde 2006, Kruger se despierta en compañía del actor Joshua Jackson, protagonista de la serie Fringe. Tienen una relación sólida, pero la actriz ha explicado que ni piensa casarse ni cree en las virtudes del matrimonio para toda la vida. Lo sabe por experiencia. Con 25 años, ella misma lo intentó al casarse con el actor y director galo Guillaume Canet, para divorciarse solo cinco años después. Eso sí, sin grandes dramas. Siguen siendo amigos íntimos.

Kruger tampoco se deja cegar por las promesas vacías de la fama. «No me interesa ser famosa. Hay otras cosas en la vida más interesantes que salir en las portadas de las revistas», explica. Pero es inevitable que ese rostro capaz de arrastrar a una flota de mil barcos ocupe portada y marquesinas. Al fin y al cabo es el rostro de la mujer más bella del mundo.

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