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Juan Manuel de Prada

"Shame"

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Como suele ocurrirme con casi todas las obras artísticas jaleadas por el establishment cultural, Shame, la película del británico Steve McQueen, me defraudó bastante. Envuelta en una aureola de escándalo que ha favorecido su promoción, Shame nos describe -con vocación naturalista y erizada de escabrosidades- la existencia sórdida y desgarradora (aunque sea bajo una fachada circunspecta) de un adicto al sexo, interpretado por Michael Fassbender. Como tantas otras obras de nuestra época, Shame es ''arte infiernado''; esto es, arte que retrata la vida como un infierno desolado de suplicios sin fin, arte que trae los tormentos propios de la condenación eterna a nuestra andadura terrenal. El arte contemporáneo, tras asumir que no existe otra vida, ha instalado el infierno en la Tierra; y se dedica a apuñalar nuestra sensibilidad con el grito del hombre que ha renunciado a su esencia de ser espiritual, el hombre reducido a bestia herida, a puro gurruño de carne desesperada. En Shame esta visión del infierno terrestre se nos sirve con una mirada aparentemente impasible, aséptica, esterilizada, sin énfasis ni edulcoramiento; y el resultado final es una película calculadamente fría, incluso árida por momentos, cuyos personajes parecen contemplados por el director con esa mezcla de desapego y suficiencia clínica con que el entomólogo contempla a los insectos pinchados con un alfiler. El problema medular de la película es que esa mirada es, más allá de su lucidez, tan nihilista como la existencia de su protagonista. Steve McQueen parece decirnos: «Esto es lo que hay, y nada hay para remediarlo; y aun si hubiese remedio, yo no sé dónde se halla». Conclusión semejante a la que llegan otros cineastas de nuestra época, como Lars Von Trier: no hay salud en esta vida; y puesto que hemos negado que haya otra vida, no nos resta más salida que la aniquilación.

Este nihilismo esencial del arte contemporáneo lo ha dejado sin agonía ni catarsis; esto es, sin drama. No habiendo posibilidad de salir del abismo, ni siquiera dejándonos jirones de piel y de alma en el ascenso, el abismo se convierte en nuestro hábitat natural. Aunque, por lo menos, McQueen no se esfuerza en `acondicionar´ ese abismo, para que resulte menos incómodo o tortuoso para el espectador; lo que constituye un mérito innegable, en contraste con tantos otros intentos de presentarlo como una suerte de plácido marasmo, o hasta de gustoso refugio. En Shame, dentro de las limitaciones propias de un arte sin drama, se apuntan sin embargo algunas observaciones interesantes: las más notables se refieren a la incapacidad del protagonista para amar. Es un hombre vaciado de espíritu, un pelele a merced de sus pulsiones; y cuando la vida le exige sobreponerse, cuando se le ofrece la oportunidad de una redención, no puede ni siquiera pretenderla, porque su alma ha sido abolida: es un des-almado en el sentido estricto del término, incapacitado para la más elemental transferencia de afectos. Esta condición se hace palpable en la relación con su hermana, una muchacha de humanidad lastimada y aterida a la que, simplemente, no puede amar; y en la secuencia acaso más lograda de la película, en la que un escarceo en una habitación de hotel con una compañera de trabajo se salda con un `gatillazo´ vergonzante: pues el mero vislumbre de que en ese intercambio sexual haya algo más que una abrupta satisfacción de pulsiones lo desactiva.

Aquí Shame se atreve siquiera a mostrar algo que nuestra época escamotea: la sexualidad humana es inseparable de nuestra naturaleza espiritual; y todo intento de disociarlas se resuelve mediante la destrucción de ambas. De los efectos arrasadores de esta disociación no solo se deriva la pudrición de nuestra naturaleza, o la perversión de nuestra sexualidad; también se libera un demonio de consecuencias imprevisibles: porque la vocación espiritual de nuestra naturaleza es irrefrenable; y allá donde un ser humano se queda des-almado, el hueco que deja vacante su alma necesita llenarse de sucedáneos. Esos sucedáneos son los apetitos sublimados, la concupiscencia convertida en fuerza vital, deificada o elevada a un rango que no le corresponde. «Quitad lo sobrenatural y no tendréis lo natural, sino lo antinatural», nos advertía Chesterton; lo demoniaco, lo infernal, la vida infestada de corrosiva muerte, precisaríamos nosotros. De esta muerte en vida habla Shame; pero habla con las cuerdas vocales rotas, entre manoteos de asfixia, como suele ocurrir en el arte infiernado de nuestra época.

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