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Consumo

¿Cómo salvar la economía?

Ixone Díaz Landaluce

El fenómeno 'Do it yourself' ('Hazlo tú mismo') amenaza con cambiar para siempre la producción industrial de cientos de objetos y democratizar su consumo.

Es la versión 2.0 de un padre enrollado'. Claro que él es el padre del Do it yourself (DIY) -Hazlo tú mismo-, un fenómeno que está revolucionando la creación e industrialización de objetos físicos. Con la ayuda de otros internautas y unas cuantas piezas (que a menudo se venden en kits), muchos adictos a la tecnología ya son capaces de construir desde robots teledirigidos hasta cargadores de móvil que funcionan con placas solares, pasando por los juguetes de sus hijos. Y todo gracias a la democratización tecnológica. Con un ordenador y un software de diseño es suficiente para empezar. Chris Anderson acuñó el término DIY en 2010 en un artículo publicado en la revista Wired, que entonces dirigía. Y no se refería solo a fabricar juguetes para los pequeños de la casa. Estaba hablando de 'desmitificar' la industrialización y fabricación de cualquier objeto. «Internet le arrebató la pe mayúscula al periodismo, y la democratización de las herramientas de diseño le quitará la D al diseño. Poner instrumentos poderosos en las manos de la gente normal es el motor fundamental de la filosofía de Silicon Valley», ha explicado Anderson, que acaba de publicar un libro sobre ello: Makers: the new industrial revolution. 

Lo que Anderson augura es que el diseño industrial estará en manos de cualquiera en breve a través del crowdsourcing, la inteligencia colectiva derivada de la participación colectiva de miles de internautas, como en el caso de la Wikipedia. Supone la difusión de esquemas, diseños, listas de piezas y manuales que ayuden a los usuarios a replicar objetos... en su casa o a nivel industrial. El primer ejemplo triunfal del movimiento fue el Rally Fighter, el primer coche de competición de código abierto, desarrollado gracias al crowdsourcing. El crecimiento desde entonces ha sido exponencial: en 2008, la revista especializada Make solo tenía catalogados 60 objetos open source (de código abierto). Hoy son miles y los festivales Maker Faire, que se celebran por todo Estados Unidos y en algunas ciudades europeas, se han convertido en eventos multitudinarios.

El acceso al diseño y el software para su producción. El siguiente paso es la fabricación. En el caso de los muebles para una casa de muñecas o pequeñas piezas de plástico es fácil: basta con tener una impresora 3D. Pero de ahí a la fabricación industrial hay un paso. Anderson, claro está, ya lo ha dado. Licenciado en Mecánica Cuántica y Periodismo Científico en la Universidad de Berkeley, fue el primero en predicar con el ejemplo y convertirse en fabricante. Empezó construyendo drones (vehículos aéreos no tripulados) en su casa. Creó luego DIY Drones, una comunidad on-line para usuarios que aspiran a construir su propio modelo low cost. Y terminó montando una empresa, 3D Robotics, que ya emplea a 50 personas, generó casi tres millones de euros de beneficios en 2012 y compite sin complejos con gigantes de la aeronáutica como Boeing o Lockheed Martin. ¿Cómo? Ahorrando en patentes y marketing y confiando el diseño de sus productos al crowdsourcing. Pero también encontrando soluciones alternativas a la fabricación tradicional.

Anderson cuenta que él vivió su personal 'epifanía' cuando, experimentando con sus drones, contactó con un fabricante chino y le pidió mil motores. Ni siquiera sabía muy bien los motores que necesitaba, pero diez días después los tenía en la puerta de su casa en California. Él, que había trabajado diez años antes en China, sabía cómo para cursar cualquier pedido con una fábrica había que pasar por el tedioso protocolo de la cena formal, el karaoke y demás parafernalias. Y es solo para cerrar un trato. Diez años después, «un tipo normal, sin una empresa, ni una línea de crédito ni una carta de recomendación conseguía que una fábrica trabajase para él». «Es la era de los aficionados», dice con entusiasmo. Cualquiera puede diseñar o tener acceso a diseños industriales gracias al software digital; cualquiera puede enviar esos diseños a las fábricas porque las máquinas, grandes o pequeñas, hablan el mismo lenguaje de programación, G-Code; e incluso hay un software que traduce en tiempo real del inglés al chino rompiendo cualquier barrera de comunicación con el fabricante. Las máquinas controladas por ordenador pueden ser fácilmente programadas para fabricar por encargo, según la petición específica del cliente, y cualquiera puede distribuir el producto final on-line al mercado global.

Ni que decir tiene que con esta democratización del proceso industrial llega también la controversia. Además de la inquietud por la seguridad, está el conflicto legal de reproducir objetos de diseño en casa. En España, la ley autoriza la reproducción de un diseño a un usuario privado si no tiene un objetivo comercial. En ese punto empezarían los litigios sobre patentes. Pero la lista de retos que plantea este fenómeno es infinita: desde la reacción de las multinacionales ante la nueva competencia hasta su verdadera dimensión económica. Por ahora, el movimiento es mayoritariamente un hobby, pero Anderson pronostica que eso también cambiará. «Probablemente tiene que empezar como una pasión personal, pero el objetivo es que se convierta en algo que te permita dejar tu trabajo». Su vocación, y la de muchos de sus adeptos, es cambiar el mundo... por enésima vez en este corto siglo. Y si ya consiguieron cuestionar el valor -en términos monetarios- de la información y estrangular los derechos de autor, ¿por qué no va a ocurrir lo mismo con la fabricación de objetos y las patentes industriales?

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