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Psicología

Cómo hablarles a los niños de la muerte

Priscila Guilayn

Cuando se producen masacres como la reciente en una escuela de Connecticut, enseguida aparecenlos psicólogos expertos en ayudar a los niños a afrontar la muerte. Sepa cómo abordar el más trágico de los temas con los más inocentes.

"Ahí está mi abuelito. Se ha convertido en una estrellita". María Luisa tiene cinco años y tartamudea mientras apunta al cielo. Cristina, su madre, mira con ternura a su hija.

«Estaba muy apegada a mi padre. Verlo tan débil tras dos años de quimioterapia ya fue muy duro, así que se me ocurrió lo de la estrellita para que no sufriera aún más. Creo que ha funcionado. No parece triste cuando dice que lo ve en el cielo». Cristina desconoce que la tristeza como la ansiedad, la rabia y la culpa se manifiesta en los niños de formas muy distintas, pero es consciente, en todo caso, de que su hija aún está de duelo. «Empezó a tartamudear al morir el abuelo, a hacerse pis en la cama y no quiere que salgamos de la habitación hasta estar completamente dormida».

Somatizaciones, regresiones, ansiedad por la separación; estas son solo algunas de las maneras en que un niño expresa su sufrimiento ante una muerte. O, dicho de otro modo, ante un buen número de sentimientos que no consigue identificar. Para los más pequeños, verbalizar con claridad su estado de ánimo resulta extremamente complicado. Se sienten en medio de una gran confusión y pueden exteriorizar su dolor de maneras muy diversas. «El niño necesita más tiempo que el adulto para superarlo. Quizá incluso dos años», explica la psicóloga y pediatra Montse Esquerda, una de las autoras de El niño ante la muerte (Editorial Milenio).

En el intento por proteger a sus hijos del sufrimiento, los adultos evitan a menudo pronunciar la palabra muerte. Buscan suavizar la noticia acudiendo a eufemismos e historias fantasiosas y, luego, en casa fingen, con la mejor de la intenciones, que no ha pasado nada. «Lo peor es sufrir en silencio. El dolor vivido es dolor compartido. No es dolor guardado. Cuando metes comida en un tupper, con el tiempo se pudre; con el dolor ocurre igual. Guardamos demasiados tuppers dentro de nosotros», señala Esquerda, que como psicóloga aconseja a los padres no reprimir el llanto delante de sus hijos porque, al expresar lo que sienten aunque sin descontrolarse, dan permiso a los hijos para que hagan lo mismo. «Ocultar los sentimientos que la muerte provoca no es una forma de proteger a los niños. Al contrario, los protegemos al mostrarles que la pérdida forma parte de la existencia y que esta continúa pese al dolor que nos inflige».

La reacción de los adultos a las manifestaciones de duelo de los niños son cruciales para que estos puedan entender lo que sienten. «Por ejemplo, ante rabietas y problemas de comportamiento, en vez de reñirlos con frases del tipo te estás portando fatal últimamente, es más conveniente un comprensivo sé que estás triste. Al identificar sus emociones, l0s ayudamos a lidiar con ellas», sugiere Montse Esquerda. «La rabieta no va dirigida a los padres subraya Anna Maria Agustí, psicopedagoga especialista en acompañamiento al sufrimiento y coautora de El niño ante la muerte. La rabieta es una expresión de cómo le cuesta asumir la realidad». Valorar su esfuerzo también ayuda. Cuando un niño muestra apatía, desgana, o se niega a salir de la cama para ir al colegio, por ejemplo, «hay que decirle claramente, añade Agustí, que sabemos el esfuerzo que está haciendo, y reconocer que a ti [padre o madre] también te está costando».

Los abrazos, besos y caricias son una manera de recompensarlo, además de reforzar el amor hacia el niño, esencial para que este se sienta seguro. Asimismo, en el colegio también es necesario el apoyo del maestro favoreciendo situaciones en las que el niño exprese sus sentimientos jamás hay que presionarlo para que hable de lo que no quiere, dejando que se desahogue, y apaciguando sus temores y angustias. «La clave no es olvidarlo, es superarlo insiste Agustí. No se entra en el dolor para removerlo, sino para que uno pueda salir curado». La especialista recalca, además, que los problemas en el rendimiento escolar son una de las manifestaciones previsibles del duelo. «No hay que reducir la exigencia, pero es que el niño no está para eso», enfatiza la psicopedagoga.

Las autoras de El niño ante la muerte subrayan, además, que para abordar el tema de la muerte no hace falta esperar a que al niño le toque de cerca. Dicen que esto no evitará su sufrimiento más adelante, pero sí que dispondrá, al menos, de una estructura mental donde ubicar la experiencia, lo cual lo ayudará mucho. Películas como Bambi, Up o El rey león pueden ayudarnos a introducir al niño en el complejo concepto de la muerte. «Por muy terrible que sea una realidad concluyen Esquerda y Agustí, aquello que se ven obligados a imaginar es aún peor».

¿CÓMO REACCIONAN ELLOS?

No es lo mismo comunicar una muerte a un niño de dos años que a uno de diez. Y no puede, obviamente, esperar de ellos las mismas reacciones. En todos los casos serán necesarias la comprensión y la paciencia.

De 0 a 2 años. Sus reacciones a la pérdida tienen tres fases: 1.ª) Gritos, llanto e irritabilidad: es muy difícil calmarlos. 2.ª) Respuesta exagerada a los estímulos externos. 3.ª) Apatía y mal humor. Alteración del sueño.

Reacciona también así si su madre, por ejemplo, sufre por la pérdida de alguien cercano. Los bebés son muy sensibles a los estados de ánimo de los demás. Mantenga intactos los horarios y rutinas y el ambiente que conoce. Le dará seguridad. Evite pasarlo de brazo en brazo entre quienes visitan a la familia. El cuidador debe ser siempre el mismo.

De 3 a 5 años. Adquieren el concepto de justicia inmanente: toda mala acción será castigada. Y son egocéntricos: creen que todo lo que pasa tiene vínculo con algo que hicieron. Es muy frecuente el sentimiento de culpabilidad.

Antes de los nueve años difícilmente entienden la irreversibilidad. Creen que las personas viven, mueren y vuelven a vivir. Las dudas sobre la muerte se centran en cuestiones biológicas, si el muerto siente dolor, si come, si siente frío... Dé explicaciones muy concretas. Si el niño no muestra curiosidad, esté atento porque algo lo bloquea: miedo, temor a que sus padres lloren...

De 6 a 11 años. Adquieren conciencia de lo que es la enfermedad y la entienden el concepto de muerte. Empieza a temerla y que algo les ocurra a sus padres.

Necesitan conocer la causa de las cosas. Preguntan por el significado de la muerte, adónde van los muertos, si los padres también se mueren, si él va a morirse... También se preocupan por el futuro: temas económicos y de organización. Hay que ser paciente: repiten mucho las mismas preguntas.l Los cuentos y ejemplos sobre el ciclo de la vida son muy útiles; ya captan las metáforas.

A partir de los 11. Época caracterizada por la omnipotencia: sabe que la muerte existe, pero cree que a él no le sucederá, lo que explica su comportamiento de riesgo.lEs crucial que disponga de una persona de referencia que lo acompañe durante el duelo. No necesariamente del círculo familiar por el distanciamiento que propicia la adolescencia.

Le cuesta expresar su tristeza, no rompe a llorar por miedo a que los demás vean debilidad. Empieza a elaborar ideas filosóficas sobre la muerte. Suele ser crítico si se habla de cielo o alma al abordar el tema de la muerte. Mejor usar referencias a la naturaleza, el arte o el cine.

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