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Opinión

Cristina VallejoTwiter

Contra el paro, trabajo cívico

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Acabábamos un artículo hace unos días afirmando que España (en realidad, el mundo) se encuentra ya en un momento poslaboral y, quizás, prebélico, como apuntaba alguien en algún comentario. Pero, también, que esta situación no es irreversible. Reseñábamos un libro de Ulrich Beck publicado hace una década: "Un nuevo mundo feliz. La precariedad del trabajo en la era de la globalización". Y hace unos días escuchábamos a uno de los mejores y más lúcidos sociólogos de España, José Félix Tezanos, decir algo similar. De hecho, en 2001 publicó un libro que desconocíamos y que se titula "El trabajo perdido: ¿Hacia una civilización poslaboral?". Un resumen rápido de su planteamiento es que aunque la crisis está agravando el problema, en realidad, la pérdida de puestos de trabajo es sistémica. En definitiva: confiar en el fin de la depresión económica para recuperar el trabajo es una vana ilusión.

Nos quedamos justo en el punto en que tocaba hablar de alternativas. Hemos tardado demasiados días en contarlas. Quizás por nuestro escepticismo y falta de esperanza. Quizás porque faltaría un giro copernicano en las mentalidades de todos. No sólo del poder. Y no creemos que se produzca.

"Una Europa de los ciudadanos sólo puede surgir en una Europa del trabajo cívico"

Aunque Beck, a diferencia de las fuerzas del bipartidismo reinante que proponen parches y pactos de Estado, no nos engaña: "Toda política es falaz si no reconoce que ya no puede haber pleno empleo para todos y que el trabajo ya no es el punto de gravedad de la vida y ni siquiera la principal actividad del individuo". Pero añade: "La desaparición de la sociedad laboral y la construcción de Europa conforman un binomio que se puede armonizar". "Quien quiera salir del círculo de la sociedad laboral debe apostar por una nueva sociedad política que encarne para Europa la idea de los derechos civiles y de la sociedad civil transnacional y de esta manera reactive la democracia", explica. 

Según su opinión, el trabajo cívico sería el primer paso. Los derechos cívicos sólo se materializarían si hay quien trabaja para desarrollarlos. Para poner en práctica la idea de Europa que nos metieron en la cabeza sus progenitores, las economías deben crear otros empleos más allá de los convencionales, puestos de trabajo que hagan realidad los derechos que, hoy por hoy, sólo están por escrito. 

Estos empleos, dice Beck, no se pagarían propiamente, sino que se recompensarían con el dinero de los ciudadanos. Sólo de esa manera lograrían ser valorados socialmente. ¿No sería mucho mejor financiar el trabajo cívico en lugar del paro? 

Que nadie se confunda: lo que describe Beck es algo muy diferente a lo que se planteó el verano pasado por ciertos sectores "liberales": eso de que los desempleados podían ser reclutados para limpiar el monte. "¡Ya que cobran, que trabajen!", argumentaban. Hay una diferencia sutil muy importante. El trabajo cívico no es trabajo comunitario. Porque quienes se dedicaran a estas nuevas actividades no serían receptores de ayuda social y tampoco serían parados. El trabajo cívico no es un sustituto, sino un complemento al trabajo convencional. No sería actividad para parados, pero podría acabar con el desempleo. 

Los trabajadores cívicos estarían allí donde hay problemas y donde saltan chispas, se interesarían por asuntos que suelen ser desdeñados o silenciados y se alimentaría de los derechos civiles de las minorías y de los marginados.

Renta básica, un nuevo derecho

Todo esto, además de profundizar la democracia o convertir en una realidad algunos de sus más fundamentales principios, supone un cambio sustancial de valores. Según Beck, su desarrollo sólo podría ser posible si el trabajo se desliga de la preocupación por el sustento cotidiano y por el futuro personal. ¿Creando una renta básica? Beck no lo dice, pero algunos de los que comentaron el artículo previo a éste apuntaban esta idea que nos parece elemental para que podamos hablar de un concepto de "ciudadanía" que no excluya a nadie porque se convertiría en algo verdaderamente interclasista. El único modo de que la democracia sea verdadera y que todo el mundo sea libre e igual (o todo lo libre e igual que sea posible) es garantizando una renta básica, un mínimo vital. Es el modo de poner murallas a un sistema que cada vez expulsa a más gente por el mero hecho de perder su puesto de trabajo. 

Todo esto es revolucionario, como también lo es otra idea que lanza Beck: que se desligue el trabajo de su tradicional orientación al crecimiento económico. Sí, Beck seguramente es partidario de las teorías del decrecimiento, del "slow movement" y del antiguo "trabajar menos para trabajar más" que se puso de moda hace unos años, coincidiendo con la campaña por la jornada de las 35 horas semanales... 

Pero todo esto contradice el planteamiento de otro artículo que escribimos hace muchos meses en referencia a un informe de la OIT que nos gustó mucho porque decía que la mejor manera para salir de la crisis y crear empleo pasaba por subir los salarios

Propuestas contrarrevolucionarias

¿Hemos escrito hace unas líneas la palabra "revolucionario"? Pues no. En realidad, no es nada revolucionario. Todo lo contrario. Serían las medidas que se habrían de adoptar para evitar una revolución de las de verdad. José Félix Tezanos dice que la conciencia de sentirse maltratado y agraviado que está calando en el 60% de los jóvenes que no tienen trabajo y también en sus padres y abuelos es lo que pone en aprietos a este modelo de civilización. La opinión pública ya no sólo tiene la percepción de que tenemos problemas, sino que empieza a apuntar a sus responsables y donde verdaderamente reside el poder: su casa no está en los parlamentos. "Ése es un síntoma de quiebra del sistema", afirma Tezanos. De profunda deslegitimación. El sistema se quiebra porque no da trabajo a todo el mundo. Y tampoco sustento. Si no buscamos alternativas, adiós al "statu quo".

Cristina Vallejo Redactora de Inversión

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