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Opinión

Cristina VallejoTwiter

Adiós a los impuestos... redistribuidores

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Los Gobiernos, en particular el español, están rompiendo unos de los consensos más importantes a los que llegaron liberales, conservadores y socialdemócratas después de la Segunda Guerra Mundial cuando se apostó por un sistema económico mixto que fue el que puso las bases e hizo posible la construcción del Estado del Bienestar. En un ejercicio de malabares casi perfecto se llegó a combinar el "a cada cual, según sus necesidad; de cada cual, según sus capacidad" comunista con el "laissez faire, laissez passer" liberal y casi todo el mundo se quedó contento. Las izquierdas, porque conseguían muchas de sus reivindicaciones. Las derechas, porque enfrente estaba una aún poderosa e ilusionante URSS que podía servir de referencia a los obreros de occidente si se les seguía machacando.

En España, es verdad, este modelo llegó bastante más tarde, a partir de 1977, con la firma de los Pactos de la Moncloa, quedó inacabado y parece que ya jamás vamos a verlo completo.

El Estado del Bienestar fue posible gracias a la construcción de un esquema impositivo cuya finalidad era la de redistribuir la riqueza y, a partir de ahí, la financiación de los servicios que comenzó a proporcionar el Estado y cuyo objetivo era igualador, fundamentalmente la sanidad, la educación y la justicia.

El Gobierno español se está plegando a los intereses de los lobbys formados por las empresas más poderosas del país y está buscando, e imponiendo, vías alternativas a los impuestos para financiar estas actividades. El consenso que consideramos se está rompiendo es el de la función redistribuidora de la tributación. Eso es lo más peligroso del "repago" farmacéutico, que pronto, nos tememos, también será hospitalario. Y también de las nuevas tasas que el ministro Alberto Ruiz Gallardón ha diseñado para la justicia.

Un problema de ingresos... de los que aportan las rentas del capital

Con estas decisiones, el Ejecutivo admite, aunque no directamente, que el problema de España no es de gasto, sino que es de ingresos. De los ingresos procedentes de las rentas del capital, más concretamente. Las empresas aportan poco. Muy poco. Muy por debajo de sus posibilidades y de lo que se consideraría justo. Como contaba hace unos pocos días el profesor Vicenç Navarro reinterpretando un artículo del economista Manuel Lago, de Fedea, entre 2007 y 2011, las empresas financieras, industriales y de servicios, declararon 851.933 millones de euros de beneficios, por los cuales tributaron 101.421 millones, es decir, un 11,9%, un porcentaje que está muy por debajo de lo que a usted le quitan por sus rentas del trabajo. "Si hubieran pagado el 28,5%, que es lo que la Agencia Tributaria considera como el tipo nominal medio, el Estado hubiera ingresado 242.801 millones de euros".

Las grandes empresas saben que el Estado necesita más y saben que el Ejecutivo, después de haber subido el IVA y el IRPF, que "van contra" los asalariados, el siguiente objetivo sería el Impuesto de Sociedades, al que sólo se ha maquillado con la reducción de algunas deducciones. Por eso, las empresas desvían la atención y dicen eso de que el Estado, no sólo tiene que gastar menos, sino que se tiene que financiar por otras vías que no sean los impuestos. 

Los impuestos nos igualan, porque son progresivos, porque se basan en el principio de que quien más tiene, más porcentaje de lo suyo aporta. Estas tasas con las que ahora nos castiga el Gobierno no tienen en cuenta las rentas de cada cual y son, en realidad, barreras de entrada para quienes menos tienen. Además, recortan derechos amparados por la Constitución a la que tantas veces se abrazan para defender las cuestiones más banales que en ella se recogen.

El mayor enemigo del capitalismo: el capitalismo mismo

Si por muchas cosas el capitalismo tiene la semilla de su propia destrucción, ésta es la más importante de todas ellas. Como escribe Ulrich Beck en "Un nuevo mundo feliz", "nadie cuestiona actualmente el capitalismo. Quién se iba a atrever... El único enemigo potente del capitalismo es precisamente el capitalismo de 'sólo beneficios'". Porque éste provoca una evolución hacia la economía política de la inseguridad, que Beck describe así: "Lo que en los buenos tiempos se complementaba y reforzada de manera recíproca (pleno empleo, pensiones más seguras, elevados ingresos fiscales, márgenes de maniobra de la política estatal) se ve ahora en recíproco peligro: el trabajo se torna precario, los cimientos del Estado asistencial se vienen abajo, las biografías personales se tornan frágiles, la pobreza de la vejez se programa anticipadamente, de las vacías arcas municipales no se puede sacar dinero para financiar el volumen cada vez más hinchado de la asistencia pública". 

Como solución a estos problemas, la receta que se impone es la flexibilidad, que es, precisamente, el principal alimento de la espiral destructiva que describe Beck. Flexibilidad para que los empresarios puedan despedir más fácilmente a sus trabajadores y flexibilidad para que el Estado y la economía traspasen sus riesgos a los individuos.

Aunque parezca una paradoja, será esa flexibilidad la que refuerce el capitalismo de sólo beneficios y la que terminará por estallarlo.

Camino de regreso

El progreso económico, la creación del Estado del Bienestar, la cobertura de todas las necesidades materiales básicas hicieron que incluso las clases trabajadoras nos comenzáramos a preocupar de otras cosas, de los llamados valores posmodernos, de la calidad de vida, en definitiva, un proceso que Ronald Inglehart explica muy bien. Por eso, nos separamos de los sindicatos y de los partidos de izquierda (de la real) que pensábamos anclados en reivindicaciones que creíamos del pasado y con las que ya no nos identificábamos. ¡Muchas de sus demandas se habían hecho realidad! Y, ¿para qué queríamos la nacionalización de los bienes de producción si el sistema nos vendía la ilusión de que incluso nosotros, en un momento dado, nos podíamos convertir en sus propietarios? Llegamos a pensar que la lucha de clases se había terminado y pocas veces en la historia ha sido tan cruenta y nos ha pillado tan despistados. 

Nos descuidamos y ahora estamos desandando el camino que nos llevaba hacia la posmodernidad y hacia el feliz fin de la historia. La cobertura de las necesidades materiales más primarias está comenzando a peligrar. Y pronto empezaremos a buscar amparo en quienes, hace años, cuando gobernaban Thatcher y Reagan, o cuando en Europa se firmaba el Tratado de Maastricht (de esos polvos, estos lodos), ya alertaban de las cosas que ahora nos están pasando. Si no cuidas lo que tienes, lo acabas perdiendo.

Estos capitalistas no saben dónde se están metiendo. A veces son torpes, muy, muy torpes.

Cristina Vallejo Redactora de Inversión

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