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Opinión

Cristina VallejoTwiter
Cristina Vallejo

La decepción Hollande

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François Hollande lleva poco más de cien días en la presidencia de Francia. Y ni dentro ni fuera las cosas le van bien. Dentro, su popularidad ha caído hasta su nivel más bajo para un presidente con sólo cien días al frente del Gobierno de los últimos 33 años, por debajo incluso de las pocas simpatías que despertaba Jacques Chirac nada más llegar al Gobierno en el año 2002 y muy lejos del arrollador François Mitterrand con quien tanto se le ha comparado, que cien días después de comenzar su mandato, contaba con un respaldo del 66%.

Fuera de sus fronteras, los países de la periferia europea tienen derecho a sentir la decepción de las promesas incumplidas. Su propuesta socialdemócrata ha resultado ser un fraude. O quizás las expectativas fueran demasiado elevadas. Pero es que él mismo las alimentó al subrayar que su victoria en las elecciones de mayo sería también la victoria de una nueva Europa. Él mismo decía en sus mítines que muchos jefes de Gobierno de Europa esperaban el resultado de las elecciones francesas para abrir negociaciones en el continente con algo más de aire, con menos presión. ¿Se refería a Grecia? ¿O a España e Italia?

Con Hollande, la austeridad, aunque no desaparecería de las políticas del continente, al menos se matizaría con políticas de estímulo. "Renegociaré el tratado fiscal europeo negociado por el presidente saliente (Nicolás Sarkozy)", dijo Hollande. "Si seguimos por ese camino (el de la austeridad), aumentará la desconfianza entre el norte y el sur. ¿Queremos dejar a nuestros hijos una Europa dividida?", se preguntaba. Philippe Aghion, asesor de Hollande, en un artículo publicado en "Financial Times" el 14 de mayo explicaba, para tranquilizar a los inversores, que comenzaban a verlo como un radical: "Los observadores internacionales están preocupados por el uso de la palabra 'renegociación' en boca de Hollande en relación con el pacto fiscal. Pero la cuestión es sólo semántica. Su uso de la palabra 'renegociación' en realidad significa que deben combinarse los acuerdos presupuestarios existentes con un paquete de crecimiento".

Hollande llegó a pedir incluso que los países del norte permitieran una inflación por encima del 2%, para que los países del sur ganaran en competitividad. ¡Y Merkel, de los nervios!

Los analistas más optimistas esperaban que el triunfo de Hollande y la tozudez de los hechos (las medidas de austeridad han dado a luz enfermos crónicos en el sur de Europa y recesión en el conjunto de la zona euro) provocarían un cambio de rumbo en Berlín y en Bruselas. A Berlín, a la canciller alemana Angela Merkel, no le cabría más remedio que abrir la mano.

Los inversores, los analistas, de hecho, temían que se produjera un choque de trenes entre Berlín y París que desembocara en una fuerte inestabilidad en los mercados.

En las primeras reuniones que comenzaron a celebrarse en Europa ya con Hollande presidente comenzó a fraguarse un "frente" anti-Merkel. Los países débiles y Hollande. "Con la austeridad no basta para salir de la crisis". Ése era su leitmotiv. Pero llegó un momento en que España e Italia se quedaron solos. Y Grecia, todavía más.

Tras ese primer impulso, todo ha quedado en nada. No hay plan de crecimiento en Europa y tampoco se ha levantado la mano en términos de austeridad. Sigue siendo férrea. Lo estamos viendo en España, donde, a cambio del rescate de los bancos y, posiblemente, del conjunto del país, la condicionalidad pasa por los recortes por todos los frentes. Quien pensara que el rescate de España sería más blando gracias a Hollande, se ha equivocado.

Y tampoco los griegos se han visto favorecidos porque fuera un socialdemócrata quien ganara las elecciones. Hollande la semana pasada no intercedió por Grecia ante Alemania en su petición de más tiempo para cumplir con los recortes y aprovechar para hacer reformas estructurales que puedan aumentar el crecimiento potencial del país. El discurso de Hollande sobre Grecia fue idéntico al de Merkel.

Hollande ha dimitido del papel que había adquirido como contrapoder en Europa. París vuelve a ser el vértice obediente del eje franco-alemán. Un vértice irrelevante, incluso. Pero igualmente culpable. Como el mariscal Petain, si optamos por la exageración. Y eso que Hollande era contrario a que Francia y Alemania fueran los países que decidieran el rumbo del conjunto de la zona euro, quería una unión más participativa, más democrática. Pero serán los ministros de Finanzas de ambos países, el implacable Wolfgang Schaube y Pierre Mostovici, quienes decidirán cómo se hará la unión fiscal y la bancaria. 

¿Era lo de Hollande puro electoralismo? Fiarse de la socialdemocracia lleva siendo un error durante demasiado tiempo. Que se lo digan a los alemanes también.

También fue electoralismo (y más: jugar con el miedo de la gente) lo que sucedió en Grecia. Dentro y fuera del país advirtieron de que la victoria del izquierdista Syriza en las elecciones de junio llevaría al país a salir del euro inmediatamente, aunque los planes de su líder, Alexis Tsipras no pasaban por ahí. Finalmente, ganó Nueva Democracia. Para poder formar gobierno, se unió con el PASOK. Gobiernan los partidos de orden, aquéllos que anclarían a Grecia en la moneda única. Entonces, ¿por qué se sigue especulando con su exclusión de la Unión Monetaria?

Cristina Vallejo Redactora de Inversión

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