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Opinión

Los mercados van mal por los intereses políticos

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En la semana que ha transcurrido se han puesto en escena la falta de determinación de los políticos del mundo, en cuanto a decisiones económicas se refiere. Con pocas excepciones, aunque de importancia, como es el caso de Estados Unidos, en el resto del mundo, la llamada clase política no transmite con claridad cuál es el objetivo de su labor.

La reuniones de los G7, los siete países más ricos del mundo, y la del G20, terminada el sábado pasado, pone de manifestó lo que comento. Sus comunicados no pueden ser más ambiguos. No logran salir de las zonas comunes, y como si tuvieran miedo a molestar o, quizás por no querer comprometerse en demasía, eligen las palabras a utilizar con tanta minuciosidad que al final no dicen nada.

En lo referente a la guerra de divisas que era el tema que, presumiblemente, iban a tratar de manera principal en estas reuniones, todo acabó como empezó. Ningún cambio en la trayectoria bajista del yen y, por supuesto, ninguna condena ni advertencia a las políticas monetarias expansivas que afectan de manera tan negativa a las divisas.

En realidad, todo tiene sentido, si tenemos en cuenta que el principal usuario de estas políticas es Estados Unidos y, además, las utiliza sin remilgos, algo que me parece bien. Cada uno hace lo que estima más oportuno para su país, pero en un mercado global tan interrelacionado se deberían tener en cuenta ciertas consecuencias.

Lo principal que tiene una devaluación competitiva es que empobrece de manera relativa a sus socios comerciales, y con ello vemos como países emergentes que vienen creciendo a un buen ritmo, se ven desbordados por presiones inflacionistas que le hacen ir perdiendo competitividad. 

Todo debería ser algo más equilibrado, y para eso deberían estar los políticos de este mundo globalizado. Las decisiones no son nunca absolutas. Echamos de menos a grupos como G7 o G20 que se dediquen a tener una perspectiva amplia y acuerden medidas en favor de un desarrollo armónico global. Por el contrario, lo que nos encontramos es que cada uno de ellos va barriendo para su casa sin percatarse que, al final, los problemas se van amontonando, y lejos de desaparecer, cada vez se van haciendo más grandes.

El ejemplo más claro lo tenemos con el presidente del Bundesbank alemán que, sin ningún reparo, el viernes pasado y, a pesar de la desastrosa cifra de PIB publicado para la Eurozona, incluido su propio país, se atrevía casi a advertir al Banco Central Europeo de que no se atreviera a bajar tipos de interés y de que no existe necesidad de intervenir sobre la divisa única, que un euro fuerte es síntoma de la credibilidad y fortaleza de la zona euro. Hacía tiempo que no oí tantas incoherencias juntas dichas por un mandatario de un Banco Central.

Miguel Ángel Rodríguez Analista de XTB

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